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El dilema Olivello

Jugar juegos a los que uno no está habituado puede llevar a descubrir nuevas habilidades propias pero también a frustraciones resonantes. 

En la experiencia de Jorge Capitanich de convocar a Gustavo Olivello para sumarlo a su gabinete y en la de éste de aceptar la propuesta hay mucho de eso. Aunque uno y otro pueden tener visiones muy diferentes acerca de cuál de esos destinos es el que le tocó en suerte.

Olivello, sargento de la Policía del Chaco, se volvió conocido desde antes de su llegada a la Subsecretaría de Prevención y Seguridad para el Abordaje Territorial, cargo que por otro lado fue creado al sólo efecto de que él aterrizara en el equipo de gobierno. Un caso poco habitual de un policía en actividad, de rango nada rutilante, convertido en funcionario público.

El sí no fue inmediato. Tras una breve comunicación telefónica, el gobernador recibió a Olivello en su despacho. Ambos se conocen desde hace mucho. Se extinguía el otoño y en el entorno del sargento dicen que aquella vez el gobernador fue directo: “Quiero que me limpies las calles”.

Se refería a las cotidianas manifestaciones de organizaciones sociales que convirtieron al entorno de la plaza 25 de Mayo en un piquetódromo que fastidiaba a diario a remiseros, taxistas y a los demás actores del tráfico vial capitalino.
Olivello aceptó, aunque puso como condición que se le asignara un presupuesto y apoyatura suficientes como para darles alternativas a los movimientos sociales. Se tenía fe. Llevaba años conociendo a la dirigencia piquetera y pensó que los desalojos violentos de la vía pública iban a ser una excepción.

Su condición de Rambo -en versión segunda marca- podía servir para que las organizaciones estuvieran más predispuestas a un arreglo medianamente satisfactorio antes que a una garroteada de manos vacías.


LA SOLEDAD

El nuevo subsecretario no tardó en advertir que la relación entre él y el resto del equipo gubernamental, salvo escasas excepciones, era tan fría que hubiese hecho estornudar a un oso polar. Muy poca sintonía con su superior inmediato, el ministro de Gobierno, Juan Manuel Chapo, y con la titular de Seguridad, Gloria Zalazar, que lo veían como un hombre explosivo, difícil de calzar en las cautelas oficiales.

Ni hablar del kirchnerismo envasado en origen. Los integrantes de las franquicias locales del cristinismo, para no morir asfixiados a raíz de una inflamación alérgica en las vías respiratorias, se inyectaban botellones de dexametasona cada vez que veían al sargento en el ejercicio de sus flamantes funciones.

Capitanich, en cambio, estaba conforme. Olivello tuvo su bautismo de fuego dos semanas después de su silenciosa asunción (no hubo ceremonia pública, ni transmisión en vivo ni fotos para los medios), con un primer desalojo de piqueteros instalados frente a Casa de Gobierno. En el oficialismo el runrún aturdía. En las redes sociales las ovaciones para el personaje del momento eran aluvionales.


PARA ARRIBA

La nueva exposición que logró con el cargo y sus operativos hicieron que Olivello incrementara fuertemente su popularidad previa, que no era menor. Aunque en sus más de veinte años como policía tuvo actitudes violentas con periodistas, a los que intentó impedirles coberturas totalmente correctas en la vía pública, paradójicamente lleva ya un buen tiempo trabajando como comunicador social, a veces con métodos más invasivos que los que antes repelía.

Su programa radial “Alerta Urbana” se ganó una porción asombrosa de la audiencia de cada mañana en el Gran Resistencia, y su página en Facebook tiene casi 90.000 seguidores.
Olivello tiene 46 años, está separado, y los descuentos de ley más la cuota alimentaria acordada con su expareja le dejan cada mes unos 23.000 pesos de su salario como sargento. Eligió seguir cobrando la remuneración policial en vez de percibir la que correspondería a su cargo en el Poder Ejecutivo.
Las opiniones sobre él, por parte de quienes lo conocen, son divergentes. Para algunos es un loco de la guerra, alguien que se creyó a pie juntillas el personaje que construyó para sí mismo. Otros, conocedores de su trayectoria policial, dicen respetar la audacia que siempre tuvo para enfrentar al delito. Y relatan episodios en los que el sargento se jugó la vida por atrapar criminales.

Entre estos últimos hay varios que hacen una salvedad: cuestionan la proximidad de Olivello con figuras del poder político desde la llegada de Capitanich a la gobernación en 2007. Un acercamiento que –le reprochan- le habría aportado comodidad en las siempre agitadas aguas internas de la policía.
En los tres meses que cumplió como funcionario, Olivello pudo confirmar cosas que sospechaba, como los vínculos muy lubricados que hay entre aquellos dirigentes que lograron convertirse en prósperos gerentes de la protesta social y autoridades con las que acuerdan el flujo de recursos entre el Estado y sus organizaciones. En el Chaco hay unos 600 movimientos sociales y alrededor de 800 cooperativas de trabajo. Muchas de esas entidades buscan legítimamente escaparle al hambre. Otras son intentos desesperados de repetir la buena fortuna de “los grandes” del sector. Muchas son sellos creados por familiares directos de los líderes principales. El mercado es amplio.
Ese trasfondo, conocido o intuido por el resto de la sociedad, es lo que alimenta la popularidad de las figuras como Olivello en el golpeado universo de la clase media. Nadie olvida que en los comicios del año pasado, Juan Bacileff Ivanoff sacó dos diputados provinciales y fue el segundo candidato a gobernador más votado en Resistencia. Y todo por su su política del bate de béisbol para los reclamos sociales. Olivello, en ese sentido, hacía rodar la cabecita de más de uno pensando en el duro proceso electoral de 2021.

Es verdad, hay una dosis de odio de clases en todo, pero lo que prima es la sensación de inequidad. La sospecha de que la Argentina de hoy coloca al trabajador y al empresario pyme en una posición sobrecargada de exigencias que se incrementan año tras año a cambio de nada, y que tanto arriba como abajo la vara no es la misma. El sacrificio diario que no tiene contraparte. Ni educación, ni salud, ni seguridad, ni futuro.


EL VIERNES

¿Qué sucedió el viernes? Las versiones no coinciden. Desde el gobierno afirman que Olivello recibió temprano la orden de no aparecer frente a los manifestantes que iban a volver a concentrarse junto a la plaza central para pedir la renuncia del subsecretario, que los había reprimido el día anterior por cortar calles y romper vidrieras.

“El gobernador no quiere que estés, porque la marcha es contra vos y no es razonable que seas quien se encargue de controlarla”, le habría dicho el ministro Chapo. Según ese relato, Olivello no dio señales de rebelarse a la orden y todo pareció quedar claro. Pero cuando la protesta se instaló en la calle, el sargento quiso comandar las acciones de seguridad.

El jefe de Policía, Ariel Acuña, avisó a Chapo (que cumplía actividades en La Rubita), y éste mantuvo una comunicación telefónica tormentosa con Olivello. La instrucción a Acuña fue que había que quitarlo de allí, y entonces llegaron las escenas escandalosas del subsecretario gritándose con el comisario mayor Ayala (a quien Acuña le encargó llevarse a Olivello) con sus rostros a cinco centímetros de distancia, como dos boxeadores a punto de iniciar el combate.

En el entorno de Olivello lo cuentan distinto. Sostienen que él jamás recibió orden alguna de desaparecer el viernes. Y que entonces acudió a realizar su tarea. “Yo cumplo con mi trabajo, por eso no pienso renunciar. Si me quieren echar, que me echen”, desafió en sus declaraciones de esos momentos marcados por la furia. “Nadie condiciona al gobernador”, dijo Chapo a los micrófonos casi al mismo tiempo.

Hasta anoche el destino de Olivello en el gobierno era incierto. “Creo que el gobernador lo va a remover durante el fin de semana”, arriesgaba una fuente que había hablado con Capitanich tras los hechos de anteayer. Pero en estas cuestiones el gobernador es difícil de predecir. Lo que está claro es que despedir al sargento no le saldrá gratis. Una parte relevante del electorado provincial hará una lectura crítica de la medida. Pero, a la vez, el frente interno pide un escarmiento.
Olivello, mientras tanto, prefiere no hablar. A algunos cercanos les dijo que sabe lo que se juega. Es un policía en actividad. Si sale de la subsecretaría, deberá volver como un uniformado más a su trabajo en la División de Investigaciones, luego de haber enfrentado abiertamente a su jefe (Acuña) frente a decenas de cámaras y periodistas. Es decir, en ese caso habrá grandes chances de que un traslado lo lleve a tramitar certificados de domicilio en Misión Nueva Pompeya.
Pero también puede suceder que vea el capital político que tiene entre manos, se tiente con tener algo más que miles de admiradores en las redes y el año próximo el GPS electoral tenga que ponerse a recalcular todo. Héroe o villano, su historia abre todas las posibilidades.