Resistencia23°Min. 20° • Max. 31°

La sangre derramada

Es el 13 de diciembre de 1828 y hace un calor sofocante en el pueblo bonaerense de Navarro . Un hombre vestido con una chaqueta de tela escocesa, con la cabeza levemente inclinada hacia un lado, producto de una herida recibida en combate, conversa con el cura Juan José Castañar .

29.jpg
El monumento al coronel Dorrego es un bronce del artista argentino Rogelio Yrurtia emplazado en Suipacha y Viamonte de la ciudad de Buenos Aires.

Ese hombre es el coronel Manuel Dorrego, condenado a muerte por orden del general Lavalle. Con convicción, explica a su confesor: “No hay remedio, mis enemigos van a sacrificarme: estos ciegos ministros de Teutates, el bárbaro y cruel dios de la guerra, piden a gritos mi sangre y ella correrá muy pronto, pero no siento tanto mi muerte como el descrédito y los males que amenazan a nuestra amada patria. ¿Qué dirá el emperador del Brasil cuando sepa que ha sido fusilado como un criminal el jefe supremo de un estado, con quien acaba de restablecer las mejores relaciones de amistad y de comercio, firmando una paz que tanto me honra, aunque me cuesta la vida? ¿Qué dirán los señores ministros extranjeros, que me han dispensado sus afectuosas consideraciones, cuando vean que las leyes del país no protegen a un gobernador que por respetarlas va a ser sacrificado? Sé que la ley es la que autoriza al magistrado y que ella es la protectora de los desvalidos cuando se los oprime, porque el mayor de los abusos es el del poder. Los pueblos esclavos no pueden tener virtudes y sin ellas ni hay patria, ni puede haber república. Pues la anarquía y la arbitrariedad despótica son hijas de un mismo padre: el desprecio de la ley. Cuando la desprecia el súbdito se llama anarquía. Cuando la desprecia el superior: despotismo, arbitrariedad, tiranía. Una y otra cosa tienen funestos resultados, empero son peores, más duraderos los que causa la tiranía, porque es más poderosa, tiene más prosélitos y se cree más impune. Sé muy bien que atropelladas las Leyes con impunidad y trastornadas las formas legales por capricho, no hay Estado, no hay libertad, no hay patria; porque nada queda donde no hay gobierno. ¡Ah! ¡Si yo pudiera morir sin que se resienta el crédito de la república y especialmente de este gran pueblo al que debo mi existencia! ¡Si yo supiera que el borrón con que mis asesinos van a manchar la Historia habrá de caer solamente sobre su execrable conducta, al menos ese consuelo me haría descansar en el sepulcro!”.

30.jpg

Entonces llega junto a Dorrego la escolta que lo conducirá hasta el lugar del fusilamiento. El religioso le dice: “Ya es hora, Manuel”. El condenado a muerte mira a los soldados y exclama: “Ya estoy pronto”. A su vez, los soldados lo invitan a subir a un carruaje y Dorrego contesta con decisión: “No. Mis piernas están tan firmes como mi corazón”.

El coronel Dorrego es el legítimo gobernador de la provincia de Buenos Aires. A falta de presidente constitucional de los argentinos, él es el primer magistrado de la república y el encargado de las relaciones exteriores de la Federación. Todo lo ha hecho con intensidad. Ha sido patriota temerario y rebelde incorregible, fue amigo inquebrantable y adorable esposo. Hombre de pasiones profundas, solamente odia la Tiranía en cualquiera de las formas que ésta adopte.

Sus enemigos lo acusan de ser desagradecido por carácter, anárquico por interés, y díscolo por temperamento. Pero nadie jamás lo acusó de cobarde o de traidor a la patria. Por haber denunciado la entrega de parte del patrimonio nacional a manos de los portugueses del Brasil, fue condenado al exilio. Luego regresó a nuestro país en el caótico año XX para salvar a su querida Buenos Aires. Dorrego ha servido bajo las órdenes de los generales Belgrano, San Martín, Alvear y Soler. De espíritu contestatario, es enemigo de toda disciplina, pero incontables veces asumió la defensa de quienes no podían hacer oír su voz.

31.jpg
Fusilamiento de Dorrego, por Rodolfo Campodónico.

Justamente, por ser el jefe indiscutido del Partido Federal porteño, sus enemigos han decidido quitarle la vida. Ahora ninguna insignia decora su sencillo traje, y una corbata negra oculta las cicatrices de su cuello. Camina lentamente pero, sin vacilar, se dirige al lugar de la ejecución. El silencio impregna la atmósfera. Ningún ruido se escucha. Nadie habla. Ningún caballo relincha y un penetrante olor a estiércol vacuno y equino flota en el aire. Es un aroma muy apropiado para los tejes y manejes políticos de la logia tenebrosa que opera en el Río de la Plata.

En cada paso que da, se perfilan en su mente, como en secuencia cinematográfica, episodios de su tumultuosa vida. Un paso y recuerda cuando apresó en la catedral de Santiago de Chile al godo Figueroa, sublevado contra la junta de gobierno trasandina. Otro paso y aparecen las imágenes de la acción de Nazareno, cuando fue herido en el cuello al cruzar el río Suipacha. Otro más y aparecen las batallas de Tucumán y Salta. Luego se suceden Marmarajá, Arerunguá, San Nicolás y El Gamonal...

32.jpg
Manuel Dorrego, por El Tomi.

Cuando llega al final de su recorrido, allí la división está formada en cuadro y el pelotón preparado para cumplir su tarea. Dorrego saluda al oficial de la escolta con un afectuoso abrazo y le pide que transmita ese gesto al resto de la tropa. Como buen cristiano, fiel a la religión de sus padres, se pone de rodillas para recibir la absolución del cura Castañer. Entonces exclama: “¿Cuál es mi delito? ¿Qué Ley me condena?”.

El canónigo amaga darle una respuesta. “Pero no me diga usted nada. Mi Dios, a quien adoro, lo dispone, su santa religión me protege y me fortalece. Aprovechemos el tiempo. Pido perdón a Dios de mis miserias a los pies del ministro de reconciliación”.

Concluida la ceremonia, Dorrego se pone de pie y se dirige al punto en que debe ubicarse. El capitán Páez, jefe del pelotón, indica a un soldado que vende los ojos al condenado. El soldado respeta muchísimo a Dorrego, ¿Qué porteño no admira a este coronel, que allá en el año XX venció a los santafesinos aliados a los chilenos de Carrera y a los alvearistas, cuando amenazaban Buenos Aires? Al ver el pañuelo en manos del soldado, Dorrego, cuyos ojos brillan con una luz sublime, dice: “No hace falta”, indicando así que la proximidad de la muerte no perturba en lo más mínimo la paz de su espíritu.

El soldado duda. Luego mira al jefe del pelotón, que con un gesto indica que de todos modos le vende los ojos. Dorrego, con sonora voz grita: “No es Buenos Aires quien ha manchado su Historia con el feo borrón de este atentado”. Y al notar que ya es tiempo de concluir con todo, ordena desafiante: “¡Tirad! ¡Tirad!”.

El capitán Páez da la orden y las armas escupen su ráfaga mortal. Son ocho impactos, siete se abren paso en el pecho y un octavo perfora la frente del que es llamado Padre de los Pobres. El cadáver muestra una sonrisa de satisfacción por haberse comportado hasta el último instante acorde a la dignidad de su suprema investidura. Por si acaso alguien tenía dudas acerca del crimen cometido, hasta la Naturaleza misma manifiesta su horror ante el atentado contra el legítimo gobernador de Buenos Aires.

Espesas y negras nubes ocultan el sol, que poco antes relucía en todo su esplendor. Dicen que algo parecido ocurrió cuando Cristo fue crucificado. Los presentes se persignan, apiadándose del alma del bravío general Lavalle, condenada sin remedio después de haber cometido semejante sacrilegio. A pocas cuadras, en la estancia El Talar, están Lavalle y el mayor Elías, quien presenta notorio anonadamiento y consternación por lo ocurrido.

El héroe de Riobamba considera que es su obligación justificarse y, en el momento que le aprieta un hombro a su subordinado, le dice: “Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable”.

A continuación, se sienta a escribir: “Señor Ministro: participo al gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden al frente de los regimientos que componen esta división. La Historia, señor ministro, juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir, y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público. Quiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires, de que la muerte del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio. Saludo al señor ministro con toda atención. Juan Lavalle”.

Al conocerse en Buenos Aires el fusilamiento se produce una gran conmoción, pues el difunto era muy querido entre los asalariados. También tenía gran predicamento entre la gente decente y hasta quienes simpatizan con los unitarios, se sienten incómodos ante la injustificada ejecución del Loco Dorrego. Para Vicente Fidel López, hijo del autor del Himno, que tan sólo tiene 13 años de edad, el coronel Dorrego siempre ha sido una paradoja. Hombre educado, afable, cordial y generoso.

También patriota decidido, sobresalió en los campos de batalla por su valor y en el Congreso Nacional por la claridad de sus ideas. Sin embargo, era también un demagogo incorregible que con placer se entremezclaba con la gentuza de poncho y puñal, dispuesto a recorrer las calles de Buenos Aires en mangas de camisa, tomando mate en compañía de negros y mulatos.

*Fragmento del capítulo I de“El Tribuno de la multitud”.

Te puede interesar