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Donde mueren las teorías

Nadie discutiría hoy que la figura central de la política argentina es Cristina Fernández. Sus derrotas electorales de 2013, 2015 y 2017, sumadas al cúmulo de causas de corrupción en su contra, no permitían suponerlo. Pero la Argentina no es un país cualquiera.

La resiliencia política de CFK llegó al punto de que el actual presidente lo es sólo porque ella lo eligió para que encabezara la fórmula peronista en 2019. Es verdad que lo que muchos consideraron entonces como un “acto de grandeza”, pareció más bien una jugada empujada por las necesidades personales de CFK, a quien varias encuestas mostraban como la figura más apoyada y más rechazada al mismo tiempo.

Una realidad que podía alcanzarle para ganar en primera vuelta pero obligándola a un balotaje de destino incierto. El exjefe de Gabinete de su esposo, en cambio, permitía desarticular el armado alternativo que construía desde tiempo antes el peronismo no kirchnerista, unir el frente interno en el PJ y llegar a los comicios con pronósticos más cerrados.

Alberto, que venía de años de castigar a Cristina y sus muchachos en declaraciones públicas y posteos en redes sociales, evaluó que al fin de cuentas en este país todo se olvida y aceptó ser el piloto de la escudería dueña del mejor auto. ¿Qué dirigente argentino se hubiera negado al regalo de ver la bandera a cuadros bajando sobre su casco al módico precio de tener que desdecirse de todo su pensamiento político pasado?

UNA CONVIVENCIA COMPLEJA

Desde antes de las elecciones el interrogante principal era cómo iba a ser la convivencia entre una vice que en realidad sería la jefa y un presidente que desde su origen quedaba relegado a la subordinación. ¿Cristina iba a blandir el látigo en público cada vez que Alberto incumpliera alguna orden? ¿Alberto iba a dedicarse –lapicera mediante- a construir poder propio hasta domesticar a Cristina y su tropa?

Al cabo de un año no hay una respuesta terminante. Porque si bien está claro que Cristina no está conforme con la gestión de su presidente, tampoco se ha dedicado a avergonzarlo demasiado. Eso sí: está claro que si no hay guerra, tampoco hay armonía.

Como en cualquier matrimonio mal avenido en el que hay que guardar las formas, a la vista de todos no hay golpes directos, sino esporádicos tiros por elevación. Las últimas dos “cartas” de Cristina los tienen. En la primera, difundida en octubre (al cumplirse un año del triunfo de 2019 y diez de la muerte de Néstor), habló de “los funcionarios que no funcionan”. Un reproche del tipo que, en una sociedad política aceitada, se hacen a puertas cerradas.

En la segunda, conocida en la semana que pasó, a modo de balance del primer año de gobierno, Cristina demuestra estar de peor humor que en la primera. Algunos medios pusieron el acento en que en todo ese cúmulo de palabras Alberto no aparece mencionado siquiera una vez, pero podríamos suponer –pensando en positivo- que no lo citó para no involucrarlo explícitamente en el ataque verbal a machetazos que la vice emprende allí contra la Corte Suprema de Justicia. Sin embargo, en eso que podría entenderse como un gesto alivianador está el peso real de la carga que subliminalmente pone Cristina sobre el presidente.

Porque si ella habla de una cúpula judicial comprometida en hacer fracasar a la actual administración y en perseguir indebidamente a muchas de sus principales figuras, y adorna ese discurso con adjetivaciones que hacen pensar que estamos a pocos días de que los jueces salgan a decapitar niños, ¿en qué papel queda parado Alberto, que hasta aquí no se había pronunciado en términos equivalentes sino que muy de tanto en tanto soltaba apenas un sopapo blando hacia los tribunales, como para cumplir con la cuota societaria mensual del club oficialista?

Para la tropa propia –que es la que cuenta en estos momentos en que el peronismo vuelve a estar sumido en una interna altamente inflamable y de ramificaciones institucionales-, ese contraste entre la furia de la jefa y los relativos buenos modales de Alberto no lo convierten a éste en un hombre moderado, sino casi en un traidor a la causa. O, en el mejor de los casos, en un tibio de esos con los cuales se pierden todos los partidos importantes.
El primero en entenderlo es el presidente, que como sucedió con la primera carta, también ante la más reciente tuvo que salir a ensayar el incómodo rol de intérprete de los mensajes que la vice le dirige a él mismo.

“Es una carta valiosa, en un momento muy especial para Cristina, ella en esta época no la pasa bien nunca”, dijo luego del mensaje de octubre, en un intento –fallido, si se saber leer entre líneas- de desdramatizar las cosas. Como ese hombre que recibe una estruendosa reprimenda de su esposa delante de sus amigos y luego del portazo de ella intenta explicarles que así se quieren ellos y que luego de cada uno de esos episodios ambos se mueren de la risa recordándolos.
Ahora, con la cancha marcada por la segunda misiva, Alberto volvió a acatar el mensaje de fondo y atendió el viernes a una radio del palo para decir que la Corte actúa con “un nivel de discrecionalidad pasmoso que no puede tolerarse y debe ser corregido”.


UN PAÍS SIN IGUAL

Lo desalentador es que toda esta movida que hace crujir las vigas de la ya de por sí precaria convivencia democrática argenta se echó a rodar a partir de la decisión de la Corte de ratificar la condena –de cinco años y diez meses de prisión- a Amado Boudou, el exvice de Cristina durante su segundo mandato, en la archiinvestigada Causa Ciccone, que pasó por las manos de una decena de magistrados y en la que se comprobaron los delitos de corrupción que se le habían imputado por una operatoria que consistió nada menos que en adquirir de manera irregular, mientras era ministro de Economía, la empresa adjudicataria de la impresión de billetes de nuestra moneda nacional.
Esta defensa en bloque a Boudou (que no se vio ni en los momentos de su detención a raíz del mismo expediente, años atrás) no es casual: pese al cambio de vientos que hubo en los tribunales luego del regreso del peronismo al poder, hay varias causas sensibles para el kirchnerismo que siguen con vida. Una de ellas es la que investiga el pago de sobornos en la adjudicación de obra pública, que involucra a Cristina.

Por eso, la pregunta que resuena en toda la carta más nueva de la vicepresidente y la que corean en su entorno es: ¿Qué pasa que ganamos las elecciones y continuamos teniendo un Poder Judicial que en lugar de absolvernos nos mantiene en el banquillo de los acusados?

Esta ofensiva contra la Corte y los jueces no alineados, vestida de Cruzada santa, no tiene debajo del disfraz más que intereses personales y sectoriales. Algo difícil de aceptar en el contexto actual del país, seriamente comprometido en su presente y en su futuro. No sólo por la herencia que dejó el gobierno anterior y por la pandemia, como repite Cristina en su carta, sino por una dilatada decadencia nacional que la incluye en una larga lista de responsables. También a las autoridades actuales, que nos harán concluir este inolvidable 2020 entre las naciones con mayor derrumbe de su PBI.
“La Argentina es ese extraño lugar en donde mueren todas las teorías”, define Cristina en la que probablemente sea la frase más verdadera de todas las de su texto reciente. Si consideramos que una teoría es –de acuerdo con la Real Academia Española- una “serie de las leyes que sirven para relacionar determinado orden de fenómenos”, ¿se preguntará ella por qué nos hemos vuelto tan inexplicables?

Un país de capitalismo culposo, que quiere inversiones pero odia a los inversionistas, que reparte nuevos derechos todos los días sin saber cómo los va a solventar, que demoniza el mérito pero adora el nepotismo, que era envidiado por su clase media ilustrada y entonces se dedicó a empobrecerla sistemáticamente y a poner fuera de su alcance la educación de calidad, que siempre habla de insertarse en el mundo y cada vez está más desprendido de él, que como no sabe administrar sus gastos se endeuda y luego acusa a quienes le prestaron el dinero que necesitaba y pedía.

Hay que bajar dos o tres cambios. O dos o tres rayitas en el ego de quienes nos dirigen. Los que estuvieron antes, los que están ahora. Los que lo hicieron mal y los que lo hicieron peor. Los que con nuestro silencioso consentimiento nos trajeron hasta aquí y ahora tienen la obligación de poner el interés colectivo por delante para conducirnos en la apertura de un camino diferente.