Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/198830

La huelga de los agricultores

El Mandiyú es un hervidero de gente. Carros y camiones llenan los patios de las fondas y hoteles. Junto a las aceras se alinean toda clase de vehículos. La colonia se ha volcado en pleno para asistir a la reunión que se realizará en el salón del Cine, presidida por el mismo Gobernador y un funcionario del Ministerio de Agricultura que ha venido especialmente desde Buenos Aires a este centro algodonero, dadas la gravedad de la situación y la insistencia de los afectados.

Al iniciarse la cosecha, la cotización del algodón estaba en doscientos cincuenta pesos la tonelada, en bruto. Precio discreto que dejaba cierto margen al agricultor, quien invertía aproximadamente ciento setenta pesos en el cultivo de una hectárea incluidos los gastos y la manutención. En una cosecha normal el rendimiento medio por hectárea es casi una tonelada; y así después de trabajar toda la familia durante un año, se obtiene lo necesario para subsistir y amortizar los créditos del Banco y del comercio.

chaque2.jpg

Todos los años, al entrar la cosecha en su apogeo, se produce una baja de las cotizaciones. Dicen que es porque aumenta la oferta en el mercado; y de acuerdo a las intrincadas leyes del comercio, de la oferta y la demanda, que los chacareros no comprenden pero sienten en carne propia, una rebaja de 20 a 50 pesos es ya corriente. Pero esta vez algo anda mal en el engranaje de las cotizaciones, mal para los agricultores, que disponen cada día de más algodón cosechado y el precio se viene abajo en catastrófica caída, hasta llegar a los 120 pesos por tonelada.

Nunca se ha visto caída semejante. No alcanza ni a cubrir el costo de la producción. Un año de trabajos y sacrificios da como premio un déficit, que hace endeudarse a todos los colonos y los sume en la desesperación.

El campo se agitó en un movimiento popular, para atraer la atención de las autoridades y conseguir algunas medidas de gobierno que resolvieran la crisis.

Las cooperativas agrícolas lo encabezan. Aunque sus socios obtienen siempre precios superiores en cinco a diez pesos, en relación con los del acopiador privado, en esta emergencia nada pueden hacer las cooperativas. Ellas protegen los intereses de sus asociados, eliminando a los intermediarios, obtienen mejor precio para su fibra, pero no son las que lo fijan. Allá en Buenos Aires, a mil trescientos kilómetros de distancia, se halla la Cámara Algodonera, los altos copetes de la exportación y de la industria textil son los que manejan las cotizaciones, y el alza y la baja se producen de acuerdo a sus intereses y conveniencias.

La intensa propaganda del gobierno y las facilidades que da para ocupar y cultivar sus tierras han conseguido que hombres venidos de todas las playas se instalen en las abras y pampas de la selva del Chaco, y cultiven algodón. Ahora, checos, eslovacos, búlgaros, yugoeslavos, polacos, rusos, españoles e italianos y algunos pocos argentinos se congregaron en magna asamblea para solicitar la intervención del gobierno y la fijación por decreto de un precio mínimo, que si no compensa los sacrificios del hombre de campo, por lo menos le permitirá subsistir y continuar produciendo.

El comercio de la plaza, solidario con el productor, cerró sus puertas para concurrir a la asamblea. El espectro de la quiebra rondaba en las estanterías, y si la acción conjunta de todos no conseguía la oportuna acción gubernativa, muchos tendrán que cerrar definitivamente, ante la imposibilidad de cobrar sus cuentas dispersas por todos los ámbitos del agro.

El gobernador, abogado inteligente y prestigioso, progresista y conocedor del problema, bajó desde Resistencia para ponerse en contacto con el hombre del campo, para escucharlo y sobre todo hacerse escuchar. Abrió el acto con la sala repleta. Mucha gente quedó afuera, por falta de capacidad del local. Pronunció un discurso hábil y lleno de simpatía y respeto por el esfuerzo del campesino, y de promesas de intervención del gobierno. Explicó las complicaciones del mercado algodonero mundial, e hizo saber a los presentes que la producción argentina era tan pequeña que no gravitaba para nada. Que los precios dependían de Norteamérica, y que, cuando había buenos precios, se debía a la suerte de que allí fracasara la cosecha; pero en cambio este año, millones de fardos abarrotan los puertos de aquel país, y el exceso de producción ocasionó la caída vertical de los precios. Prometió interceder personalmente ante el Presidente de la República para conseguir remedio a esta situación.

La sala aplaudió con entusiasmo. Por primera vez un gobernador del territorio descendía de su sitial y se mezclaba con los trabajadores de la tierra. No está ajeno, como los anteriores, a los problemas de los campesinos. Muy pocos de los presentes lo conocen; pero es el señor gobernador y su palabra es la del gobierno. Es cierto que ellos no lo han elegido. Que ha sido designado gracias a sus vinculaciones con el viejo caudillo de una provincia vecina. Pero está con los agricultores. Vino a hablarles y a ayudarles. Es elocuente y sabe utilizar las palabras sencillas que el pueblo comprende. Por eso aplaudieron con entusiasmo. El aplauso traería la ansiada solución.

. . .

Enseguida habló el presidente de la cooperativa. Español por el acento y por el físico, don Damián Pérez aclaró que no es orador, pero que estaba obligado a dar su opinión, que era la de la cooperativa. Que ellos pedían la fijación del precio mínimo en doscientos cincuenta pesos la tonelada y que el gobierno compensara la diferencia de precios del mercado con lo que obtenía en el control de cambios, como lo venía haciendo ya, con el trigo y el maíz. Fue corto, concreto, sencillo, preciso y claro. Se expresó con la sencillez y claridad con que ven sus propios problemas los hombres del campo. Sin retórica y sin complicaciones, interpretó el pensamiento de los presentes y también sus deseos. Por eso los aplausos tuvieron esta vez el calor y el entusiasmo que no tuvieron antes.

chaque.jpg

En el estrado se halla también el periodista del pueblo que edita un semanario muy difundido en la colonia, por lo que goza de prestigio entre los chacareros. Sabe plantear los problemas en sus editoriales, y por eso el gobernador lo invitó para que hablara.

Alto, moreno y entrecano, oriundo de la provincia de Santa Fe, improvisó su discurso con acento criollo. Habló de los extranjeros que fecundaban nuestro suelo con el sudor de sus frentes y dan hijos a la patria; de los sacrificios y penurias de los hombres, mujeres y niños del campo. Del abandono de los poderes públicos hasta ese momento; y de la esperanza que nacía ahora, cuando el mismo señor gobernador -hecho sin precedentes- venía a presidir una asamblea de chacareros. El señor gobernador -dijo- conseguirá que se fije el precio mínimo solicitado y la prosperidad reinará nuevamente en los hogares de argentinos y extranjeros que elaboran la grandeza del Chaco. Fue la reedición de uno de los tantos editoriales. La gente quedó conforme y lo aplaudió también.

El comercio hizo oír su voz, en la persona de don Pedro Catsals, desmotador y comerciante en ramos generales, quien con el acento catalán y atropellándose las palabras habló de la situación del comercio, que hacía una verdadera obra de fomento al otorgar créditos cuantiosos a los colonos, que ni siquiera estaban arraigados en la tierra, que se encontraban al borde de la ruina y si no venía la salvación a tiempo se hundirían todos. Se quejó de las cooperativas que le hacen la competencia a los comerciantes y acopiadores, pero -aclaró- el precio mínimo solicitado remediará la situación de todos por igual. Don Pedro cosechó los aplausos de sus colegas. Con su discurso terminó el acto y la asamblea se disolvió en orden. Las palabras y los discursos siempre despiertan esperanzas.

. . .

Los días fueron pasando y no había ninguna noticia del gobierno. Los colonos que traían el algodón al pueblo, tenían que venderlo a ciento veinte pesos o llevárselo de vuelta para que se pudriera en la chacra. Telegrama tras telegrama se cursaron a Buenos Aires, al Ministro de Agricultura, al Presidente mismo, sin obtener respuesta. En todos los pueblos se repetían las asambleas y reuniones de agricultores y comerciantes, y salían más telegramas. El algodón cosechado se acumulaba en las chacras, desbordando galpones y cobertizos, y el precio seguía anclado en los ciento veinte pesos. No bajaba ni subía. Alguna fuerza muy poderosa lo había fijado allí y todos los agricultores juntos no podían moverlo.

El tiempo apremiaba y cundía la desesperanza y la desilusión. Pero el movimiento estaba iniciado. Los trabajadores de la tierra habían asumido la defensa de sus intereses. Pudieron ver en las concentraciones que son muchos y ya en la calle nada podía detenerlos. Creyeron que la fuerza que da la unión podría contrarrestar aquella otra que daba tanto peso al ancla que sujetaba el precio. Toda la colonia circunvecina a El Mandiyú se agrupó en un Comité Agrario. Su comisión directiva estaba integrada por siete miembros, cinco extranjeros y dos criollos. Entre ellos figuraban don Clemente Prokopiuk, Laureano Cabral y Juan Carlos Pereyra, el periodista.

chaque4.jpg

El correntino y el ruso se encontraban ante el mismo problema. Estaban cosechando su algodón y no podían venderlo a ese precio. Juntos habían participado de todas las asambleas y reuniones, y cuando se eligió la comisión del Comité Agrario, fueron propuestos ambos, aunque por diferentes motivos. Don Clemente Prokopiuk era un viejo colono, conocido en la zona, solvente y de prestigio en la colonia eslava. Cabral, desconocido y principiante, era un criollo, uno de los pocos criollos con chacra y siempre es conveniente -decía el periodista- que un criollo esté en la dirección de un movimiento popular como ese.

Laureano hablaba poco en las reuniones. Escuchaba a la gente y se iba dando cuenta que no sólo en el obraje se explota a los hombres que trabajan. Que no sólo los obrajeros roban en la provista y se aprovechan del trabajador, que a los agricultores se les roba también, aunque en otra forma. Una forma que no se ve claro el cómo y el por qué, pero que se siente el robo en el resultado final.

Un año de explotación vivido en El Fortín había despertado en él la rebeldía contra la injusticia. Ya no era el correntino manso que había salido de su provincia. El Chaco lo había cambiado. La rebelde sangre guaraní ardía en sus venas y la comprensión de sus problemas le hizo ver que con voluntad y decisión se podía luchar por los propios intereses. Si un gringo le enseñó cómo se le saca el jugo a la gente, otros muchos gringos le enseñaron cómo se trabaja la tierra y cómo se hace para defender el fruto de ese trabajo.

Su algodonal estaba rebosando de capullos. Ya tenía al alcance de la mano el ansiado algodón que iba a resolver todos sus problemas y podría cumplir todas sus ansias de tierra, de mujer y de hogar. Para ello había luchado contra la langosta y las plagas; pero entonces ignoraba que la peor plaga para el hombre, es el hombre mismo. Se vio de pronto ante el problema de los precios que le impedía conquistar definitivamente la Pampa del Tigre. ¡Ah! Si también esto pudiera resolverse con la carabina. Qué fácil sería para Laureano, con su pulso firme y su puntería de tirador premiado.

Pero esto era más difícil que cazar a los tigres. Un solo camino quedaba. Unirse todos y gritar hasta que las voces llegaran a Buenos Aires y el gobierno respondiera a ellas.

Los cinco extranjeros y los dos criollos tenían que dirigir el movimiento. Resolvieron como primera medida, realizar un acto público en la plaza. Ya se había hecho una costumbre y una necesidad el reunirse en masa. Eso por lo menos da una sensación de fuerza. Una multitud de campesinos retempla el espíritu de lucha. Se presta para aclarar el entendimiento, e informar a la masa del estado actual del problema y de las medidas a tomar.

Esta vez ya no están ni el gobernador, ni el funcionario del Ministerio de Agricultura. Tampoco el comercio cerró sus puertas. Pero el pueblo trabajador se volcó en la plaza.

chaque3.jpg

La tribuna se levantó junto al mástil, donde se iza siempre la bandera nacional. Los discursos se repitieron una vez más, pero con palabras nuevas y un tono distinto. Se criticó al gobierno, se atacó a los pulpos del trust algodonero, que rigen la fijación de los precios y los tiran abajo para acaparar la producción, cuando los colonos tienen que vender, y los suben cuando éstos tienen que comprar la semilla para la siembra.

El periodista, con su oratoria conocida —era el mismo disco de siempre— elogió al gobernador y expresó sus esperanzas, en medio de las remanidas frases y declamaciones.

Laureano —único chacarero criollo de la comisión— escuchaba desde la escalinata del mástil. Esa misma escalinata que pisó el primer día que vino a El Mandiyú. Desde allí se dominaba toda la plaza y se veía el hervidero de gente.

Al terminar su discurso Pereyra, alguien gritó:

-Que hable Cabral. Que hable Cabral.

La atlética estampa del correntino se destacaba en lo alto de la escalinata, entre los que lo rodeaban. Su cara morena, su negra cabellera y su aspecto todo, contrastaban con el de los hombres que estaban junto a él. En su vestimenta, físico y modales, se parecía a los trabajadores de blusa, pañuelo al cuello y alpargatas que habían concurrido desde todos los rincones de la ciudad. Allí entre esos extranjeros representaba a los morenos hijos de la tierra, que sufren, aún más que los colonos, la expoliación del trust algodonero, como cosecheros y operarios de las desmotadoras y aceiteras.

Pidieron que hable, y Laureano tuvo que hablar. Algunos sabían que ese correntino era el que había cazado al tigre de la Pampa del Tigre. Era un criollo valiente y guapo y querían oírle hablar. La palabra que saliera de sus labios tenía que ser la verdad entera, porque los valientes no mienten, como tienen que hacerlo los cobardes.

Sin saber cómo ni por quién, fue empujado hacia el sitio del orador, los compañeros de comisión lo animaban y él se veía ante esa multitud, que aplaudía y gritaba: ¡Que hable! ¡Que hable! Arrugando el sombrero entre sus manos nerviosas, no sabía cómo empezar. Pero ya no podía zafarse. Habían hablado varios extranjeros en su media lengua y él, criollo, no podía ser menos. Haciendo un tremendo esfuerzo para vencer la emoción y la nerviosidad que produce la presencia de una multitud, Laureano Cabral habló.

—Compañeros agricultores —balbuceó con voz temblorosa y con claro acento guaraní— qué puedo decir yo que ustedes no sepan. Lo que yo sé, también lo saben ustedes. Sabemos que nuestro algodón que antes valía mucho, aura ya no vale nada. —Vencida la dificultad del comienzo, cede también la nerviosidad inicial y habla con ritmo pausado y voz bien timbrada —. El gobierno prometió hacer algo por nosotros y los días pasan y el algodón sigue sin valer nada. ¿Qué podemos hacer?

La plaza está llena de gente. Desde su puesto Laureano ve esa marea humana, y miles de ojos están fijos en él. La multitud apretada y silenciosa escucha, mientras el eco de las palabras resuena entre el follaje de los árboles de la plaza. El poderoso influjo de la multitud se hace sentir sobre el orador improvisado. Sin darse cuenta, va levantando la voz, como para hacerse oír allá lejos, en el borde de la plaza, hasta donde llega el público que rodea la tribuna. Continúa hablando ya sin dificultad, con el lenguaje común y llano de todos los días, como si estuviera comentando con Santos o con don Clemente las contingencias de su situación. Pero aquí no está solo con sus angustias y desesperanzas. Están junto a él millares de hombres castigados por la misma adversidad y que han regado sus campos con el sudor de sus frentes y hasta con su propia sangre, como cuando Santos empapó la tierra con la suya. El algodón está amasado con el sudor, la sangre y las lágrimas de desesperación de la gente de la tierra; y ahora no valía nada el algodón, ni las lágrimas, ni el sudor, ni la sangre de ellos.

Laureano siente todo esto, y aunque no sabe expresarlo todo, encuentra palabras que vienen solas a sus labios.

—¿Hay algo que se puede hacer para salvar el fruto de nuestro trabajo? Hay una sola cosa. Lo que dijeron mis compañeros de comisión. No entregar el algodón. Tenerlo hasta que nos paguen lo que vale. —Los aplausos de los miembros de la comisión que están a su lado, tienen rápido eco en la multitud y se oyen gritos: ¡Muy bien! ¡Muy bien!

—Si el gobierno nos hace esperar para fijar el precio mínimo, nosotros vamos a esperar también, antes de entregar nuestro algodón. –Pareciera que todas sus penurias vividas en la chacra hicieran afluir las palabras cada vez más sonoras y más firmes.

-Tenemos que jugamos por el fruto de nuestro trabajo y por nuestro porvenir. ¿Acaso no sabemos los criollos jugarnos a punta de cuchillo por una mujer, o por un amigo o contra una injusticia? ¿Y qué mayor injusticia que ésta de trabajar todo el año para quedarse después sin nada? No hay que entregar el algodón hasta que no nos den los $ 250 que pedimos y que vale.

El breve discurso de Laureano ha llegado hasta lo más hondo en la gente que lo escucha. Ese es el sentir de un auténtico hijo de la tierra. Los compañeros de la comisión lo felicitan entusiasmados y el periodista Pereyra lo mira asombrado. ¡Qué sencilla elocuencia tenía este correntino! Entonces ¿la elocuencia no es patrimonio de los oradores profesionales? ¿Un hombre del campo es capaz de hablarle al pueblo con tanta eficacia?

El periodista no sabe que todo hombre que defiende una causa justa por la cual está sufriendo es capaz de expresar lo que siente, con palabras que vienen del corazón y llegan al corazón de sus escuchas. Y como Pereyra es un orador que repite un disco siempre igual, guarda en un casillero preferido de su memoria la frase “acaso no sabemos jugarnos los criollos a punta de cuchillo, por una mujer, por un amigo o por una injusticia”, para utilizarla oportunamente en sus funciones de periodista y de tribuno de pueblo chico.

La multitud aplaude sin cesar. El nombre de Cabral corre de boca en boca, y todos quieren saber quién es ese correntino.

El acto terminó con breves palabras del Presidente del Comité Agrario don Nicolás Sauchuk, quien anunció ya oficialmente que, por resolución del mismo, ningún colono debía traer algodón al pueblo. Retenerlo en las chacras hasta que se fije el precio mínimo fue la consigna. Y así, quedaba declarada la huelga de los agricultores. La multitud se dispersó cuando en la plaza se prendían las primeras luces.

*Fragmentos del capítulo 4 de “¡Esta tierra es mía! Novela del Chaco argentino”