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CARTA DE LECTORES

Sobre la identidad de los Institutos de Educación Superior

Señor director de NORTE:

En el marco de las discusiones que se iniciaron este año, en nuestro país y en nuestra provincia, en relación con la posibilidad de una nueva ley de educación superior, quiero compartir algunos pensamientos. Lo hago como egresado docente de un Instituto de Educación Superior, el IES de Villa Ángela, y como trabajador docente del nivel superior público chaqueño. 

Todo indica que nuestros IES o, como tradicionalmente han sido conocidos, nuestros “institutos terciarios”, están desvanecidos en el discurso público. Cuando nuestros funcionarios refieren a la formación académica y profesional del nivel superior, solo se los escucha hablar de las universidades. Por caso: “Tenemos que fortalecer la formación superior. Nuestras universidades han sido el faro de la patria”, leo por ahí; “Vamos a implementar una red de wifi de última generación en las universidades que llegaría a más de 2 millones de estudiantes”, escucho en otro lado, cuando en los institutos del Chaco no tenemos garantizada la conectividad, ni docentes ni estudiantes. Dudo de que, como receptores de esos discursos, los estudiantes de institutos del país, que son cerca de un millón, o los casi 70.000 del Chaco se sientan interpelados. 

En los discursos se manifiestan representaciones, concepciones, formas de ver y evaluar el mundo. ¿Cuáles son las representaciones que subyacen a la ausencia de los institutos en el discurso público, que solo los recupera cuando hay que reducir gastos con la excusa de “transformaciones ineludibles y urgentes” planteados desde perspectivas economicistas, resultadistas y utilitaristas?: 

1) Para el imaginario social mayoritario, el sistema de nivel superior argentino estaría conformado únicamente por las universidades. Pero nuestro sistema superior es binario y está constituido por dos subsistemas: el subsistema de las universidades nacionales y el subsistema de los institutos de educación superior. Ambos tienen, por ley, la función social de formar profesionales en distintos campos del conocimiento. Es cierto que la fundación histórica de los institutos respondió a un mandato particular: la formación de docentes. Por eso es que a veces son llamados “Institutos de Formación Docente”, aunque cuenten también, en muchos casos, con carreras de formación técnica. No olvidemos que la Escuela Normal de Paraná, creada en 1870, fue el primer paso en la institucionalización de la formación de docentes en nuestro país. Ahí, hace ciento cincuenta años, empezó el recorrido de nuestro sistema, que ha sido el encargado de formar a la mayor parte de los docentes desde entonces. 

2) La idea de que en los institutos se forman “semiprofesionales”: debido a un cúmulo de prejuicios muy asentados gracias a políticas públicas volubles, pero también gracias a un discurso mediático sensacionalista que obtura los procesos de pensamiento profundo, los docentes y los técnicos que se forman en nuestros institutos no están revestidos del prestigio social del cual sí parecen beneficiarse los profesionales universitarios. Esto resulta muy paradójico, si se considera que, muchas veces, los planteles docentes de los IES están conformados por docentes que han egresado de la universidad o que estudian o trabajan también en ella. 

3) En línea con lo anterior, el prejuicio que instala la idea de que en los institutos “se exige menos que en la universidad”. Como toda frase que se arroja impunemente al éter, sin fundamentos más que la imaginería personal de quien las pronuncia, esta idea hace aguas por donde se la mire: no tanto porque sabemos que las experiencias formativas, en cualquier institución, son tan heterogéneas como las personas que las hacen posibles, sino también porque implica un concepto restringido e intelectualmente deleznable sobre lo que significa aprender. El aprendizaje profundo, no meramente memorístico sino crítico, situado y complejo, es incentivado en muchas aulas de nuestros institutos, desde siempre, aulas en las que se han formado grandes educadores: desde Pablo Pizzurno y Luis Iglesias, pasando por Olga y Leticia Cossettini, hasta Marina Vilte y Rubén Cuccuza. 

4) Como grave evidencia de un problema mayúsculo, nos encontramos con quienes piensan que “los institutos no expiden títulos de grado”. Pero todos nuestros institutos ofrecen títulos de grado por lo menos desde hace treinta años, cuando se determinó una formación de cuatro años como mínimo para todas las carreras docentes. Además, los institutos expiden títulos docentes para todos los niveles del sistema, incluido el propio nivel superior, porque cuentan con carreras de cinco años de duración. Tal vez en este cuarto preconcepto se funde el éxito que han tenido los llamados “ciclos de complementación curricular” que, desde la década de 1990, las universidades venden a los docentes egresados de los IES para darles el grado de “licenciados”: al parecer, los devaluados títulos de los IES merecen ser “complementados”; de lo contrario, carecerían de “calidad”. 

5) El preconcepto que insiste en que la formación docente será mejor cuando se vuelva universitaria. Sobre esto, lo primero que hay que decir es que quien pronuncia estas ideas olvida que alrededor del 20% de la formación docente en Argentina ya es universitaria y que los docentes egresados de las universidades trabajan en los niveles obligatorios y en los propios institutos. ¿En qué se basan, quienes propalan este preconcepto, cuando la experiencia internacional ha demostrado los problemas que genera forzar el pasaje de la formación docente a las universidades, cuando se lo plantea como una solución absoluta para la mejora?, ¿acaso sugieren que los resultados educativos de todos los niveles del sistema se deben a sus malos docentes? De nuevo, nos encontramos con cuestiones no probadas o que sólo reflejan la aspiración de calcar modelos foráneos, con otros recorridos históricos y con otros sistemas sociales. 

El inventario podría seguir. Sin duda, usted estará completándola mentalmente, porque conoce bien el discurso circulante, o incluso porque alguna vez se habrá encontrado reproduciendo alguno de los preconceptos enumerados. Pero con esta lista resulta suficiente para advertir que hay cuestiones que necesitamos modificar desde los propios institutos, desde su interior, no con imposiciones externas: quienes nos formamos en ellos, quienes trabajamos en ellos, quienes aprendemos y enseñamos en ellos somos quienes, en buena medida, debemos actuar para comenzar a derribar prejuicios. 

No debemos olvidar que los discursos nos constituyen: somos quienes somos, en buena medida, por el discurso, por el lenguaje. Nuestra identidad es un discurso, es puro lenguaje. Por lo tanto, podemos y debemos actuar sobre ese discurso para cambiarlo, con praxis y con otros lenguajes, para mostrar cómo hacemos las cosas, verdaderamente, en los IES.

 

PABLO F. GARRIDO

(Docente en IES San Fernando Rey)

Resistencia 

 

 

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