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EE.UU.: electorado dividido

La victoria del exvicepresidente Joe Biden sobre el presidente Trump no fue un repudio humillante, apabullante, como los demócratas esperaban y deseaban. El resultado de las elecciones del 3 de noviembre no llegó a ser una ola azul como pronosticaban las encuestas.

Rubén Perina
Por: Rubén Perina

Biden ha ganado con 79.3 millones a 73.4 millones en el voto popular (98 % computado) y 306 a 232 en el voto del Colegio Electoral. La diferencia tampoco es poca cosa; no es común en la historia electoral norteamericana que un “challenger” desaloje a un presidente en ejercicio que busca re-elección, con todos los recursos del estado en sus manos. Pero los comicios sí muestran que el país sigue dividido en dos grandes bandos o “tribus” políticas.

¿Quienes conforman estos campos? Datos publicados en recientes libros y encuestas en el Washington Post y el New York Times nos dan una idea aproximada: Tradicionalmente votan por los Republicanos (“Reps”) sectores socio-económicos conservadores que en su mayoría prefieren bajos impuestos y menos interferencia del estado regulando la economía o limitando libertades personales (portar armas, usar barbijo, etc). Pero la demagogia de la campaña y presidencia de Trump trajo al partido un componente populista: una mayoría en sectores de obreros mal remunerados o desempleados, frustrados y disgustados con la globalización, la automatización y la emigración de industrias a México o China, particularmente desde estados pendulares cruciales para el Colegio Electoral como Michigan, Ohio y Pennsylvania. Trump reconoió el poderío electoral de los “descontentos,” y les dio voz.

Este sector de “descontentos,” mayoritariamente mujeres y hombres blancos entre 40-60 años, sin educación universitaria, estancados en ciudades o zonas des-industrializadas, en 2016 se sentían sin futuro, ignorados, relegados o despreciados por las élites tradicionales del país. De allí surge su desdeño, desconfianza e impaciencia con el “establishment” político, burocrático, tecnocrático, financiero (“Wall Street”), con los medios y con la meritocracia de profesionales urbanos y cosmopolitas de las grandes metrópolis --percibidos como elitistas y arrogantes, “progre” (liberales) y hasta socialistas. En la tribu “Rep” también predominan tendencias autoritarias y autocráticas, nacionalistas, evangélicas, anti-inmigrantes, aislacionistas y unilateralistas. La mayoría de esta coalición “conservadora/populista” reside en ciudades con menos de 1 millón de habitantes y en estados mayormente rurales y agrícola-ganaderos, desde el centro norte, pasando por el mero centro hasta el sur --casi todos menos prósperos que los estados post-industriales de las costas del oeste y nordeste.

Por su parte, los votantes del Partido Demócrata son tradicionalmente mas diversos que los “Reps.” La tribu incluye una mayoría de blancos pudientes (más mujeres que hombres) con educación universitaria y con preferencias progresistas (liberales) y globalistas. Pero el partido también atrae una amplia mayoría de afroamericanos y una mayoría menor de latinos (cubanos, puertorriqueños, centro y sud americanos residentes de Florida, Nevada, Arizona, Texas, New York, Illinois) y asiáticos. También ahora parece haber recuperado el apoyo de una mayoría del sector obrero blanco post-industrial en Michigan y Pennsylvania y de empleados del sector servicio, éstos en su mayoría sin educación universitaria y con bajos salarios. Los votantes jóvenes (menor de 30 años) prefieren los “Dems”, mientras que los votantes mayores de 65 años dividen sus preferencias 50-50. En su mayoría, los “Dems” residen en los estados prósperos de las costas del oeste y del noroeste y en centros metropolitanos con más de 1 millón de habitantes.

El margen electoral entre Biden y Trump refleja ese mundo político polarizado, dividido, pero no es desdeñable. Biden gana el voto popular por casi 6 puntos porcentuales y también gana el voto del Colegio Electoral, a diferencia de lo que pasó con Bush (h) en 2000 y con Trump en 2016 que perdieron el voto popular pero ganaron el voto electoral. Sin embargo, se mantiene un equilibrio tenue en el Congreso. Los “Dems” redujeron su mayoría en la Cámara de Representantes, y en el Senado los “Reps” necesitan ganar la segunda vuelta (5 de enero) de las dos bancas del estado de Georgia para mantener su mínima mayoría.

Pero lo perverso de la situación es que Trump no reconoce la victoria de Biden, rehúsa comenzar el proceso de transición requerido por ley, denuncia fraude sin evidencias y judicializa la revisión de resultados sin logro alguno en las Cortes hasta ahora. La probabilidad de irregularidades es mínima y de fraude mucho menos, dado los controles cruzados, la máxima seguridad y transparencia del proceso electoral. Lo que busca Trump es deslegitimizar a Biden como trató de hacerlo con Obama, mintiendo sobre su ciudadanía. Todo un despropósito. Se socava así la confianza en el proceso y en la democracia misma, y se pone en peligro la seguridad del país.

Este inaudito clima post comicios es el reto inmediato que enfrenta Biden y su intención de unificar el país, como lo expresó en su reciente, moderado y conciliatorio discurso de aceptación.

El desafío es mayor; porque se trata de construir puentes entre los bandos y retornar a la convivencia cívica tradicional de la democracia estadounidense --marcada ésta por valores y prácticas como la negociación para consensuar (compromise), la moderación, el respeto mutuo, el pragmatismo, el profesionalismo y la idoneidad en políticas públicas. Todo lo contrario, a lo observado en los últimos 4 años. Además, tendrá que contrarrestar las voces que desconocerán su presidencia (Fox TV y 75% de los “Reps”) y ganarse la confianza de la otra mitad de país. Pero su mayor desafío es fortalecer el debilitado y paralizado sistema político democrático y restaurar el prestigio y el liderazgo de Estados Unidos en el mundo liberal.