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ELECCIONES CUESTIONADAS Y CRISIS INTERNA Y EXTERNA

EEUU: la guerra civil de los demócratas, anuncio de lo que vendrá

El partido Demócrata ganó una elección histórica, pero las pérdidas en el Congreso enfrentan a progresistas y centristas, que se culpan mutuamente. Anticipo de un gobierno mucho más débil que el de su antecesor y de una crisis en expansión. 
 “Otra victoria como esta y estaremos perdidos”.Pirro, rey de Epiro

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Derrotado Trump, el establishment Demócrata ha determinado que su primer enemigo está dentro del propio partido y son los progresistas “socialistas”.

Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, y su equipo, supieron la misma noche del 3 de noviembre que iban a tener que enfrentar a muchos demócratas enojados y decepcionados por la elección.

Por eso, antes de que se difundieran los boca de urna de los principales estados, acordaron una estrategia clara y terminante: había que poner en caja a la izquierda del partido, o la frágil mayoría de su sector interno se perdería en las próximas elecciones.

Tras los resultados dudosos de la elección, una segunda vuelta en Georgia decidirá el destino del Senado, en enero. “¿Queremos ganar, queremos gobernar, o queremos ser celebridades de Internet?”, dijo el presidente del bloque Demócrata de la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries (NY), haciéndose eco de un sentimiento extendido entre el establishment Demócrata.

“Creo que es una conclusión útil para nosotros, porque el mensaje del socialismo no fue útil”, agregó Jeffries. Gran parte de la bancada Demócrata sigue conmocionada, si no completamente furiosa, por los resultados de las elecciones a la Cámara. Los demócratas moderados, muchos de los cuales apenas sobrevivieron a sus propias batallas de reelección y vieron caer a más de media docena de colegas, están furiosos con su liderazgo por no haber visto venir el golpe.

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Solo entre marzo y abril se destruyeron 25 millones de empleos en EEUU. Las débiles “recuperaciones” posteriores no mellaron la enorme desocupación.

Los moderados centran el problema a nivel de la base, y atacan a los socialistas porque creen que el perfil de sus campañas costó demasiados escaños Demócratas. Los progresistas, sin embargo, han aumentado su representación en el Congreso. Justicia Demócrata, el músculo detrás de la victoria de Ocasio-Cortez en 2018, respaldó a los tres candidatos más exitosos, y varios otros liberales prevalecieron sobre los moderados, quienes sin embargo fueron atacados por sus rivales Republicanos como si fueran de “extrema izquierda”.

Los miembros más moderados están furiosos porque el partido no supo defenderse con éxito de lo que consideran “excesos” de los progresistas, que habrían favorecido los ataques macartistas del partido Republicano. “Tenemos que dejar claro que no estamos a favor de quitarle fondos a la policía ni permitir que sigan diciendo esa mentira”, dijo el representante Greg Meeks (NY). “No estamos a favor de quitarle fondos a la policía y no somos socialistas. El lenguaje tiene que ser claro”.

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Gita Gopinath, la economista jefa del FMI, advirtió al gobierno de los EEUU que las billonarias emisiones de dólares de este año no llegaron en su mayor parte a los ciudadanos y en cambio fueron a actividades financieras e inmobiliarias especulativas.

El partido Demócrata experimenta el tipo de drama interno que se esperaba después de que la “gran carpa” partidaria se ampliara en 2018, fundamentalmente por el ascenso de la izquierda socialdemócrata. Pero durante los últimos cuatro años, el partido disimuló sus divisiones con un enemigo común: Donald Trump.

“Debido a la amenaza de Trump, lo que representó... hemos tenido que ocultar muchos sentimientos”, dijo el representante Gerry Connolly (Virginia). “Así que ahora que seguro volverán a la superficie, tenemos que estar preparados cuando salgamos a tomar aire”. Es que Pelosi presidirá una de las mayorías más reducidas de la Cámara en décadas, un grupo fracturado que todavía está procesando quién tiene la culpa, y cómo avanzar junto con la administración de Joe Biden y probablemente con un Senado nuevamente Republicano.

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Milicianos armados de ultraderecha bloquearon las salidas del Capitolio de Michigan cuando se votaba una ley sobre la cuarentena.

Los Demócratas moderados dijeron que no había forma de eludir la campaña Republicana que los acusaba de apoyar “ideas de extrema izquierda”, como desfinanciar a la policía y prohibir el fracking. Progresistas prominentes como la representante Alexandria Ocasio-Cortez (NY) respondieron rápidamente: “Los centristas tienen la culpa de no hacer lo suficiente para ganar en sus propios distritos. Son incapaces de diferenciarse de los Republicanos, ni siquiera son capaces de gastar más en publicidad en internet”.

CLASES Y POLÍTICAS

La crisis de los Demócratas, agobiados por un triunfo pírrico que les augura un gobierno débil y problemático, es apenas un reflejo de la crisis de los EEUU. Como ya hiciera Hillary Clinton en 2016, la campaña Demócrata eligió asuntos “políticamente correctos”, como el cambio climático, pero eludió prolijamente otros, como el empobrecimiento de los ciudadanos, los once millones desocupados y la profunda caída salarial (los trabajadores pasaron de recibir el 70% del ingreso nacional en 1995 a menos del 50% en 2018).

La campaña Demócrata no interpeló a los ciudadanos más postergados cuando la pandemia castiga fuertemente a EEUU. La izquierda que los Demócratas moderados llaman “socialista” agitó estos asuntos y obtuvo algunos réditos para su sector, pero su sumisión a la campaña conservadora de Biden (“el mal menor”) impidió que se reflejaran en todo el partido.

Justamente de allí se toman los moderados para acusarlos de haber perjudicado al conjunto de la organización. Con una pandemia fuera de control y un sistema de salud agotado y quebrado, el candidato presidencial Biden no quiso comprometerse con los intereses de trabajadores ocupados y desocupados, que más que nunca serán los más expuestos a la enfermedad y a la carísima asistencia médica.

UNA CUESTIÓN DE ACTITUD

Por el contrario, Trump hizo toda su campaña alegando que la pandemia no importa, que “pasará, como pasa todo”, que lo importante es la producción y que, si ganaban, los Demócratas iban a “cerrar otra vez la economía”.

Sacó 72 millones de votos, no demoró en cuestionar los 78 millones de Biden, y se apresta a acudir a la Corte Suprema para reclamar una inexistente victoria. Si lo hiciera, el gobierno de EEUU se encontrará en un difícil equilibrio entre la decisión de la Corte, con mayoría ultraconservadora de 6 a 3, y los estados mayores de las fuerzas de seguridad y los militares, quienes hace tiempo se han apartado del trumpismo, sobre todo por su política exterior de repliegue en muchos frentes (desfinanciamiento de bases en Corea del Sur y Europa, por ejemplo).

A ello aludía Biden cuando respondía las bravuconadas de Trump manifestando su fe en que “los funcionarios federales lo escoltarán fuera de la Casa Blanca con gran rapidez” si se negara a reconocer su derrota electoral.

Todavía tal extremo no ha sucedido, pero los abogados de Trump ya presentaron decenas de litigios judiciales (con suerte diversa) en estados como Wisconsin, Nevada, Michigan y Pensilvania, entre otros. La economía y las instituciones Hace pocas semanas, Gita Gopinath, la economista jefa del FMI, se quejó en la prensa de que los u$s 12 billones que el gobierno inyectó en la economía en lo que va del año para evitar quiebras generalizadas no sirvieron para impulsar la demanda. “

La masa de dinero fue absorbida casi totalmente por negocios financieros”, dijo, y agregó que otro tanto sucedió con los rescates de la Reserva Federal a las compañías en crisis, que fueron derivados a la especulación inmobiliaria. Solo en las primeras semanas de la pandemia, el desempleo y la caída de ingresos sacudieron a millones de trabajadores.

La incertidumbre sanitaria desequilibró profundamente al mayor capitalismo del globo, y la restricción a la actividad económica desató una crisis política entre el gobierno federal y los gobernadores. En más de una ocasión durante la pandemia, las protestas generalizadas en centenares de ciudades contra la brutalidad policial saltaron por encima de las restricciones sanitarias y en alguna ocasión obligaron a la custodia presidencial a esconder a Trump en los sótanos de la Casa Blanca.

A continuación se vieron impensadas y audaces provocaciones de milicias de ultraderecha que ganaron las calles en nombre de la “libertad”, o en nombre del “orden”, como sucedió en Kenosha, Wisconsin, durante las protestas contra la violencia policial; o asaltando las sagradas instituciones de la democracia estadounidense, como cuando el parlamento de Michigan debatía una extensión de la cuarentena.

La proyección internacional de las elecciones presidenciales estadounidenses no se limita a los restringidos intereses que representan los dos candidatos. Mucho más allá se proyecta la crisis institucional y económica de la primera potencia mundial, que por serlo expande globalmente sus catástrofes locales.

La crisis del régimen político estadounidense está obligada a explotar hacia afuera del país, en primer lugar a América Latina. Cuando después del sitio de Asculum en rey de Epiro evaluó la victoria sobre los romanos, no pensó en la fama provisoria que obtenía, sino en las pérdidas definitivas que su ejército había sufrido. El modesto triunfo de los demócratas, a la luz de los golpes recibidos por la economía y todo el sistema político estadounidense, en un contexto mundial que no es mejor en absoluto, debería evaluarse con el mismo método.

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