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La plaza central de Resistencia (1885)

El proyecto de trazado de la colonia Resistencia, contenido en el Informe de la Comisión Exploradora del Chaco contemplaba la existencia de una plaza central de cuatro manzanas y dos de la misma dimensión que se ubicarían en los ángulos Norte y Oeste del perímetro de las quintas.

Cuando en septiembre 1884, el agrimensor Carlos Tassier dio por terminado el trazado de la que hoy es nuestra ciudad, quedaron reservados espacios para cuatro plazas equidistantes de la que se situó en el centro de la ciudad. En dicho documento se especificaba puntualmente las coordenadas geográficas en que se ubicaría la plaza central. Del centro de la misma partirían cuatro avenidas de treinta metros de ancho que dividirían la ciudad en cuatro zonas. Tal es la característica actual de nuestra plaza mayor.

Según una carta del señor Felipe S. Velásquez, intelectual e historiador puntano, fechada en 1935 y publicada en la revista El Chaco de la Asociación de Fomento de los Territorios de Chaco y Formosa en la década del cuarenta, fue él, enviado por el Gobierno Nacional, quien, emplazando un teodolito en la tierra indicada, señaló el punto matemático donde debía estar el centro de la plaza. El sitio elegido era una planicie alejada del bosque que presentaba una pequeña elevación respecto del suelo del entorno. Los pocos residentes en las cercanías daban al lugar el nombre de Modesto Cué, presumiendo el autor de la carta que así se habría llamado alguna persona que tuvo algo que ver con dicho sitio. Este punto sería la pauta de referencia en base a la cual se delinearía la colonia.

El trazado propuesto para la plaza principal, contemplaba también los espacios necesarios para la ubicación de la iglesia, escuela, jefatura, cárcel municipalidad en torno de las cuatro manzanas. Este es el origen de nuestra plaza mayor y afortunadamente, la evolución de este importante sitio de la ciudad puede ser reconstruida hoy en base a las actas de los Concejos Municipales y a otros documentos de dicha dependencia.

En principio, desde 1890, la plaza fue solamente un amplio espacio cercado con alambre y 16 molinetes en sus extremos y en los puntos medios, colocados para impedir la introducción de animales y permitir, en cambio, la entrada de personas. Todo ello en un ambiente signado por una casi total oscuridad. Aunque en 1887, la Comuna dispuso la adquisición de faroles alimentados a carbón que se hallaban colgados de una columna de hierro y se bajaban para reponer el combustible, dicha iluminación era totalmente insuficiente. Con estas características, la plaza permaneció por más de cuarenta años. El alambrado perimetral fue retirado recién en 1925.

Había, en el interior, algunos árboles y plantas y, en ocasiones, altos y tupidos pastizales que, según comentarios periodísticos y de algunos viajeros, solían sobrepasar la altura de un metro. Se menciona el hecho de que, en cierto momento, se llegó a sembrar alfalfa en el predio.

En 1886, en coincidencia con la asignación de nomenclatura a las calles, se le dio el nombre de 25 de Mayo de 1810, justo homenaje a tan significativa fecha. Con el transcurso del tiempo se fue eliminando la mención del año y sólo se la llamó 25 de mayo. Hasta 1889 el cuidado del lugar estuvo a cargo de la Gobernación del Territorio, pero a partir de ese año, tal obligación se incorporó a las que tenía la Municipalidad de Resistencia. En ese momento se proyectó la construcción de una pirámide en homenaje al suceso patrio que recordaba el nombre impuesto, pero tal iniciativa no se concretó. Para entonces ya se habían levantado los edificios de la Iglesia y de la escuela y algunos locales comerciales rodeaban las cuatro manzanas.

La falta de estética y cuidado de la plaza central comenzó a remediarse en la primera década del siglo XX. En 1906 y con el objeto de facilitar el tránsito interior, la Comuna se abocó al trazado de diagonales, calles internas y caminos en forma circular, tal como hoy los vemos con las obvias diferencias que el progreso trajo. Ese mismo año se autorizó el funcionamiento de un kiosco en el centro, el que a su vez estaba rodeado de un alambrado, razón por la cual, en ocasiones la prensa local lo denominó “gallinero”.

Para esta época ya la plaza se veía más limpia y desde 1909, la instalación de cuatro focos en columnas de ocho metros de altura quebró en forma muy tenue, la tremenda oscuridad que se apoderaba del lugar durante la noche. Desde ese mismo año hubo en el lugar, canillas públicas a raíz de perforaciones realizadas para proveer de agua a los edificios del entorno.

Sin embargo, años después de producidas estas mejoras, nuestra plaza se convirtió nuevamente en víctima del descuido de las autoridades.