A 82 años de la Noche de los Cristales Rotos
La noche que va del 9 al 10 de noviembre conmemoramos la Kristallnacht recordando las fatídicas horas en las que, en 1938, las hordas nazis salieron formal y organizadamente a matar judíos en Alemania y Austria recibiendo órdenes de quien terminó siendo la mismísima encarnación del mal, Adolf Hitler.
Nada fue casual por ese entonces. Alemania y Austria fueron los territorios primigenios que legalizaron los asesinatos de judíos y sus deportaciones hacia los campos de concentración, la quema de sinagogas y la destrucción de sus negocios.

Se llamó “la Noche de los Cristales Rotos” ya que estos grupos paramilitares organizados destruían las vidrieras de los negocios de los judíos como emblema salvaje de quienes marcan territorio y dejan la huella del terror a su paso como una huella indeleble.

Fueron incendiadas 267 sinagogas, que 177 de ellas fueron totalmente destruidas, que se dañaron casi 8 mil negocios de los que casi todos quedaron en escombros, que fueron arrestados y trasladados a campos de concentración 20 mil judíos, que fueron asesinados casi cien, que fueron profanados los cementerios judíos, que fueron humillados, golpeados y torturados decenas de miles ante la vista indiferente del público y las fuerzas del orden que habían recibido órdenes de intervenir solo si las llamas ponían en peligro edificios vecinos cuyos propietarios no fueran judíos.

Más allá de conmemorar esta noche, la Kristallnacht como el inicio formal de la Shoá, considero que tenemos la obligación de comprender que la misma empezó mucho tiempo antes. Su inicio, indefinido, tiene sus comienzos cuando todos los actores de la sociedad hicieron silencio ante cada uno de los avasallamientos de las libertades individuales y colectivas que fueron ocurriendo en aquella Europa y que permitieron que lo pequeño se transformara en grande, lo absurdo en normal, lo monstruoso en natural y lo regional en mundial.

Por eso, el mejor homenaje que podemos hacerle a tantos que murieron para que nosotros hoy podamos expresarnos libremente es no callar ante ningún hecho que cercene y avasalle cualquier tipo de libertades allí donde estén ocurriendo. Que el crujir de esos cristales de entonces sea el sonido que nos recuerde que levantar la voz ante las injusticias siempre es un acto de nobleza.










