El desafío de construir sociedades más justas
El creciente nivel de desigualdad que se observa a nivel global deteriora la cohesión social en la mayoría de los países y pone en evidencia la falacia de las teorías que promueven una fe ciega en la autorregulación de los mercados. El Manifiesto Internacional por una Economía Solidaria, que lleva las firmas de expertos de distintas nacionalidades y se difunde por estos días, se suma a las voces que plantean la necesidad de promover una economía más humana.
El documento lleva las firmas de investigadores, profesores y representantes de instituciones estatales de América Latina, África, América del Norte, Asia y Europa. Está previsto que sea publicado en los próximos días en matutinos de todo el mundo, aunque el texto ya comenzó a circular por Internet. Se trata de un llamado a dar un mayor protagonismo a aquellos espacios que pueden ayudar a construir un nuevo orden económico, con reglas distintas a las del modelo actual que privilegia la especulación financiera en detrimento del trabajo y la producción. En ese sentido, se destaca el rol de los actores de la llamada economía solidaria (asociaciones civiles, cooperativas, mutuales, entre otros), donde se valora la participación democrática, la solidaridad, el cuidado del medio ambiente y el trabajo colaborativo en sus diversas modalidades. “Es una economía que necesitamos para el mañana, en un momento en que el agotamiento del sistema dominante se vuelve más evidente”, señala el manifiesto que, en otro párrafo, advierte sobre el grave problema del aumento de la desigualdad y el impacto negativo del avance desmedido sobre los recursos naturales en todo el planeta.
Esta postura se agrega a otras voces, como la del economista estadounidense Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía 2001), que en su libro “El precio de la desigualdad” advierte que los mercados por sí solos no son ni eficientes ni estables y tienden a acumular la riqueza en manos de unos pocos más que a promover la competencia. En esa misma obra, observa que el uno por ciento de la población disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, la mejor asistencia médica y el mejor nivel de vida. Pero, advierte Stiglitz, hay una cosa que el dinero no puede comprar: la comprensión de que el destino de esa minoría privilegiada está ligado con cómo vive el otro 99 por ciento de la población.
Por su parte, el economista serbio Branko Milanovic, autor del libro “Desigualdad mundial. Un nuevo enfoque para la era de la globalización”, sostiene que la desigualdad se ha convertido en uno de los principales problemas a resolver en este siglo y plantea que el fenómeno de la concentración de la riqueza en muy pocas manos terminará siendo una amenaza para las democracias, ya que lo que se puede comprobar en los países con altos niveles de desigualdad es que la concentración del ingreso refuerza el poder político de los que más tienen, y eso hace que se reduzca notablemente la probabilidad de que se generen cambios en política tributaria, en el financiamiento de la educación pública y en el gasto en infraestructura a favor de los sectores más postergados. Un simple ejercicio es suficiente para comprobar que Milanovic no exagera: en nuestro país basta con tomar un lápiz y un papel y anotar los nombres de los economistas que desfilan por los principales medios nacionales. Se podrá comprobar así que, en primer lugar, son siempre los mismos. Segundo, comparten la misma orientación ideológica (argumentan siempre a favor de la posición de los más privilegiados) y por lo tanto no dan lugar a un debate verdaderamente democrático sobre las alternativas para construir una sociedad más justa y equitativa. “Fueron –y siguen siendo– la mejor expresión del poder económico argentino”, sostiene el politólogo y periodista José Natanson en el libro “Buenos muchachos - Vida y obra de los economistas el establishment”, en el que repasa la trayectoria de los integrantes de este elenco estable de formadores de opinión que, por lo general, no están de acuerdo con las nuevas voces que proponen alternativas para avanzar hacia una economía sólida y estable que permita resolver los problemas más acuciantes, como la pobreza y las desigualdades extremas. Será saludable escuchar estas nuevas voces, como las del Manifiesto, y realizar un análisis crítico de lo que plantean para ver cuáles son las medidas que pueden ayudar en la construcción de sociedades más justas y solidarias.










