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El concepto de belleza: ¿somos o parecemos?

La presentadora de noticias Romina Malaspina se vistió con un top transparente que dejaba ver su busto salvo los pezones, cubiertos por “pezoneras”. En redes sociales, ella se define como “conductora, TV host, actriz e influencer”.

Malaspina porta una de esas bellezas indiscutibles que cumplen todos los requisitos que exige la hegemonía: juventud, cuerpo torneado por el ejercicio, rostro espectacular. Su aparición en cámara con el top en cuestión generó revuelo: que si corresponde que una mujer se muestre de esa manera, que si ostentar ese cuerpo no es “operar en favor del patriarcado”, que si la “buena presencia” que se recomienda en el trabajo significa ir con la ropa planchada o semidesnudas. También se puso en cuestión la capacidad de la presentadora: “¿Cuáles son sus competencias para ocupar ese puesto?”. Los nombres propios, sin embargo, no interesan. En ese lugar ya estuvo una cantante pop y la chica del clima.

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Ruth Centurión, artista y modelo chaqueña.

Naciones Unidas señala hace tiempo la influencia que tienen los medios de comunicación para erradicar o perpetuar la desigualdad y la violencia de género. “No reproducir estereotipos es un deber en los medios. Promover la igualdad es un deber de los medios”, me dijo una colega como síntesis de la obligación de los periodistas en esta cuestión que nos debe comprometer a todos y a todas.

Lo de la chica y el top no es una polémica pasajera. Se trata de un debate que involucra a mujeres (sobre todo), varones y disidencias, las imposiciones del mercado de trabajo (y del deseo) y al ideal de belleza (buscado o heredado). Y además discute con el discurso del autoamor, tan en boga, que afirma: “Me acepto y quiero como soy”.

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Oriana Sabatini, cantante y actriz.

En esa marea brava (a veces en altamar y a la deriva) de discursos contrapuestos, surfeamos. Porque lo que está en crisis no son los cuerpos, sino una cultura. Y la cultura no tiene nombres propios. Es un mandato a debatir. Lo que está en crisis no son los cuerpos, sino una cultura. Y la cultura no tiene nombres propios. Es un mandato a debatir.

La mujer ideal

En la década de los noventa, la modelo Kate Moss (o el marketing, siempre listo) creó el heroin chic, concepto que marcó la época. La belleza estaba asociada a los excesos, en el sentido inverso: mujeres demasiado flacas al punto de parecer “consumidas”, noche, pucho, maquillaje corrido, grounge blanco, hetero y occidental.

El nuevo milenio se vistió con el jean tiro bajo. ¿La abanderada? Britney Spears y su cintura mini y el pupo al aire, caderas anchas y cara redonda. Se impuso la mujer curvilínea: muslos a lo columna romana, pechos imponentes. O pechos naturales. Como cantaba Shakira en 2005, las caderas ya no mentían, se movían.

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Britney Spears, cantante.

De 2010 a esta parte la que va es el cuerpo fit, saludable. Pero la maratón de entrenados no corre sola: los y las gordas dicen “Ey, acá estamos, esto somos”. La batalla se inició en los probadores, con la pelea inagotable por la Ley de Talles, y siguió en redes sociales. Hoy es un movimiento. Las personas trans también pelean por su lugar en la sociedad.

Tamara Tenenbaum, filósofa y autora de “El fin del amor: querer y coger en el siglo XXI”, advierte que hoy la belleza está asociada al control sin misterios (qué como y qué uso, cómo me entreno: te lo muestro en redes) pero que las nuevas generaciones tienen un ideal diferente, incluso “más interesante”.

“El capital erótico no está distribuido de manera equitativa y a la vez es un poco azaroso, una lotería genética en la que no hay posibilidad de elegir. Durante mucho tiempo se culpabilizó a las mujeres que usaban su belleza para ocupar espacios. En un capitalismo precario y difícil, no me corresponde criticar a quien usa lo que tiene a mano. Habría que discutir las reglas de acceso a la arena pública, sí. Y en ese sentido, me pregunto, ¿qué diferencia hay entre que yo use una educación privilegiada para conseguir un trabajo y que otro use su belleza?”, plantea Tenenbaum.

El amor propio

“Todas las Navidades y los cumpleaños cerraba con fuerza los ojos y deseaba ser flaca”, cuenta María del Mar Ramón en su libro “Comer y coger sin culpa”. Ella es escritora y cofundadora de la organización no gubernamental argentina Red de Mujeres, entre otras actividades. De niña y de adolescente su peso era el comentario de la almacenera y de la tía. María del Mar sufrió trastornos alimentarios por exigencias sociales.

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Carla Vizzotti, funcionaria nacional.

El discurso del autoamor (“Soy así, me acepto y me quiero”) es reparador en un punto, pero colapsa por fuera de las individualidades. Así lo explica ella: “Esta lógica del ‘me quiero como soy’ la esgrimen, por lo general, corporalidades hegemónicas. Es cruel porque, si igual te sentís mal, da a entender que no nos hemos esforzado lo suficiente para querernos. Es una afirmación mentirosa, porque parte de la base de que el amor propio es una cuestión individual y no colectiva. Pero nuestra subjetividad está hecha de las miradas y los criterios de los otros. Lo que hay que cambiar son los estándares”, dice Ramón.

Aunque se abra el juego a las distintas corporalidades la “belleza hegemónica” sigue vigente. No vale solo para conseguir un trabajo, también toma fuerza en lo vincular.  “No hay un dilema entre ‘aceptate como sos’ y el mandato de la belleza hegemónica, que es un dispositivo disciplinante que nos ubica como consumidoras de productos y de nuestros propios cuerpos. Nos aliena en esa obligación de encajar como sea en el modelo, porque nos posiciona en el mercado del deseo y en el mercado de trabajo. O sea: o encajo, o tengo que autoaceptarme. No es un problema que yo haya creado, pero me corresponde resolverlo. Y sola. ¿Y quién es capaz de empoderarse en soledad?”, reflexiona Lala Pasquinelli, del colectivo Mujeres que no fueron tapa.

La imagen deseada

Recientemente se cumplieron 10 años del fallecimiento de la actriz Romina Yan (36 años, hija de Cris Morena y del director de programación de Telefé, Gustavo Yankelevich), sucedido en plena vía pública por “muerte súbita”, luego de salir de una exigente sesión en un gimnasio. Entonces se desató un debate sobre hasta dónde “la imagen es todo”. La joven ya había confesado anteriormente que en su adolescencia había sufrido bulimia y anerexia por buscar “ser como las demás y trabajar en un medio tan exigente como la tv”.

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Tamara Tenembaum, filósofa y escritora.

Un mes atrás, la actriz y cantante Oriana Sabatini (hija de Catherine Fullop y Osvaldo Sabatini, actual pareja del futbolista Paulo Dybala) mostró en redes, mediante fotos y videos, su “cuerpo real”. Con solo 24 años tiene una figura envidiable, pero destaca “orgullosa” su celulitis, estrías y otros males abominables para la mujer de hoy”, contando que su aspecto actual es fruto de las estrictas dietas que se impuso en su adolescencia.

Ruth Centurión, joven artista de nuestro medio, iniciando una incipiente carrera como modelo, nos deja su opinión: “Somos imagen y semejanza de Dios. Creo que algo de divinidad inevitablemente existe en nosotros, lo cual va más allá de la imagen o apariencia externa. La búsqueda de la belleza y perfección va de la mano del anhelo del hombre por la eterna juventud. Es como si en el fondo buscáramos el cáliz de la juventud eterna, por el cual pagaríamos cualquier precio, hasta descubrir cierta maldad en el corazón”.

Centurión nos confesó que en su niñez y adolescencia sufrió bullying y discriminación por su figura, sobre todo en el ámbito escolar. Las autoridades deberían tener en cuenta a la hora de incorporar contenidos que eviten ese tipo de prácticas, que en muchos casos marcan para siempre a las personas, generando trastornos alimentarios como bulimia, anorexia y otras afecciones, tanto físicas como síquicas.

Un informe de 2018 de la Asociación Lucha contra la Bulimia y Anorexia indica que la predisposición a sufrir esas enfermedades responde en un 60% a “La influencia social, ejercida por las imágenes a la que los jóvenes se exponen”. El resto, genética. Las más afectadas son las mujeres de entre 13 y 15 años.

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Romina Yan, actriz.

“El varón también es exigido. Se eligen cuerpos en peso, con tono, caras bonitas... E incluso tienen más chances los de cabello abundante que los calvos. Las canas no importan. Y ahí está la clave: fijate George Clooney o Antonio Banderas, tipos protegidos por el lema ‘los años los ponen mejor’. Los varones no tenemos que pelear contra el tiempo”, expresó un conocido productor de modas.

Géneros y diversidades

Según un informe de Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de la Argentina y Fundación Huésped de 2014 (el último disponible), sólo el 18% de las personas travestis y trans han tenido acceso a trabajos formales.

La Agencia Presentes informa que hay al menos once proyectos de ley que proponen la inclusión laboral travesti-trans. Mientras los debaten, la inclusión de ese colectivo es lenta en el espacio público. Lo mismo sucede con las personas no videntes o de talla baja. Son los que siguen excluidos del paraguas que dicta la cultura, salvo que se trate de “un chiste”.

El rol de los medios

El 12 de julio, Jorge Lanata (periodista, otrora, con alta credibilidad, que hoy pierde en el “rating” con el más que obvio programa de viajes de Marley) incluyó en su stand up televisivo un comentario sobre “el look” de Carla Vizzotti, médica y secretaria de Acceso a la Salud de la Nación, funcionaria al frente del dispositivo que intenta frenar el impacto de la Covid-19.

Lanata denostaba la imagen de la joven funcionaria y científica, encargada de dar a conocer los “partes diarios” sobre el coronavirus en nuestro país. El conductor la exhibió en fotos: Vizzotti con anteojos, sin anteojos, el remate era otra imagen, de una mujer hipersexualizada. “Así se empieza, Carlita”, cerró Lanata con risas de fondo, grabadas. En realidad, “así” no se empieza, sino que se termina. O debería terminarse, definitivamente. De nosotros, como sociedad, también depende.

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