Se cumplen 18 años del asesinato del joven remisero Omar Zayas
En la noche del 7 de octubre de 2002 se perpetró en Resistencia un crimen que tuvo una gran repercusión por sus características y sus derivaciones. Aquella vez, un joven remisero fue asesinado por dos sujetos que simularon ser pasajeros comunes pero en realidad eran parte de una organización que se dedicaba al robo de vehículos.

Omar Zayas, la víctima, tenía 33 años y se ganaba la vida manejando un Fiat Duna rojo. Trabajaba a comisión, ya que el vehículo no era de su propiedad.
Esa noche, los hermanos Sergio y Alejandro Romero, parados en la esquina de Mitre y Marcelo T. de Alvear, le hicieron señas para que se detuviera. Eran cerca de las 22 horas. Le dijeron al chofer que los llevara por calle Santa María de Oro.
Cuando cruzaron la avenida Alvear un par de cuadras más hacia el sur, le exhibieron un arma de fuego y le exigieron que les diera el vehículo. De inmediato le dispararon. El joven salió gravemente herido del vehículo y los criminales tomaron el control del coche, huyendo en él. Zayas fue auxiliado por algunos vecinos pero murió en los instantes siguientes.
UNA TRAMA OSCURA
Tiempo después la policía dio con el vehículo. Estaba escondido en el patio de una casa en la que Ricardo y Santos Romero (hermanos de Sergio y Alejandro) tenían un pequeño taller. Habían tapado el auto con una lona. A partir de allí se comenzó a correr el velo de una trama muy oscura.
El hallazgo y las confesiones de los Romero ante la policía llevaron a allanar una concesionaria de autos, Jisa SA, donde se hallaron partes de vehículos robados. Todo indicaba que los autos eran “reciclados” para ser vendidos con papeles fraguados.
Los Romero, evidentemente, robaban para ese circuito. La duda era si de él participaban los directivos de Jisa o sólo algunos empleados desleales. Se sospechaba lo peor. Sin embargo, la justicia del Chaco enjuició y condenó a los hermanos Romero pero no avanzó en la causa paralela abierta para esclarecer qué sucedía en Jisa.
Sergio y Alejandro Romero fueron condenados a prisión perpetua, y jamás dijeron para quién hacían lo que hacían. ¿Alguien tuvo suficiente dinero como para pagarles ese silencio? Ambos están cerca de recuperar su libertad. Ricardo y Santos están libres desde hace mucho, ya que fueron sentenciados a sólo cinco años de cárcel. La sensación es que los peces más gordos lograron mantenerse impunes.











