El impacto de la pandemia en las emociones y en la forma de comer
La alimentación es otro aspecto de lo cotidiano que fue afectado por la crisis sanitaria, económica y social. Dos especialistas del Perrando contextualizan rasgos regionales.
Para quienes tienen acceso al alimento, el confinamiento aportó un 40% de sobrepeso. A las tensiones, angustias y sentimientos de impotencia que se enfrentan a diario se suma el comer de más: sea por aburrimiento, estrés, tristeza o para celebrar algo.
En una reciente charla la licenciada en Psicología Mariana Gasko describió cómo las emociones condicionan este momento tan particular que vive la población mundial.
“Esta crisis modificó positiva o negativamente de una forma distinta a cada persona en varios aspectos”, dijo en el inicio de un tercer encuentro virtual organizado por el servicio de Nutrición y Diabetes el hospital Perrando.
Lo cultural y social
“Hay un festejo o un encuentro y lo primero que se planifica es qué se va a comer. Decidimos juntamos a la tarde y pareciera que no se puede visitar sin llevar bizcochos o chipacitos”.


Gasko fue de lo general a lo particular para explayarse en que se come por muchos motivos y que en todos el factor emocional es importante y que no se limita solamente a la comida sino también a la bebida: se trate de gaseosas, bebidas azucaradas y el alcohol.
Mientras que en los momentos fijos, de las comidas del día, propone reflexionar si en cada uno realmente hay ganas. Si hay una real necesidad y qué estados de ánimo predominan.
La especialista también plantea que es importante preguntarnos ¿cómo nos sentimos cada vez que comemos? Si se está disfrutando el momento, sea en una reunión o en soledad en la casa. Cómo se siente cada persona mientras se alimenta y después.
Y para los casos en los se tuvo una mala mañana o un mal día, evitar complacerse o aplicar restricciones severas: “Que la comida no se convierta en un premio o en un castigo”, subrayó.


Poner en palabras lo que se siente
“Ahora que la heladera está más cerca, el quiosco está cerca y también tenemos un tiempo con límites en la vida social, en la actividad física y la recreación; mientras estamos en casa podemos tomarnos un tiempo para analizar y organizarnos”, propone Gasko.
Con una rutina que se fue transformando a partir de la declaración de pandemia, para muchas personas la crisis asestó un duro golpe en varios aspectos de la vida: en lo sanitario, en lo político, social y económico.
“Cambiaron las formas de relacionarnos, de trabajar, de circular, y a seis meses todavía estamos viviendo una gran incertidumbre porque todavía no sabemos cuándo termina esto”, continuó.
Sin embargo apeló a pensar que las crisis también afectan de manera personal, y producen un impacto distinto en cada ser humano para actuar de una manera diferente a la habitual. “Emociones como felicidad, tristeza, sorpresa, enojo, desagrado o miedo nos ponen en una situación de alerta, de exaltación, de defensa, nos permiten concentrarnos, a movernos a poner límites o a pedir ayuda. Esos estados nos pueden afectar de manera positiva o negativa en nuestro equilibrio”, describe.
En consecuencia recomienda: “Poner en palabras lo que sentimos, aprender a escuchar nuestro cuerpo, identificar nuestras emociones, cuidar nuestra salud mental y pedir ayuda”.


Diferenciar hambre real o de origen emocional
En la misma charla la licenciada en Nutrición Cecilia Chandía dio algunas indicaciones que permiten comparar y saber si efectivamente el cuerpo pide alimento o se trata de estímulos de orden emocional.
Mientras el apetito fisiológico aparece de a poco, puede esperar y acepta cualquier alimento; el de origen emocional es repentino, exige “comer ya mismo, ahora”, no queda satisfecho con una porción razonable y busca un antojo muy preciso, no otra cosa.
Más señales. Si hay hambre real, la sensación se localiza en el estómago, es progresiva y una vez satisfecha se percibe bienestar. En contraste si hay una demanda más del orden de las emociones la premura responde a detonantes, se suelen buscar productos ricos en grasas, sal y azúcares, y una vez consumidos generan culpa por haber comido de más o por saber que no fue una comida saludable.
“Es importante que cada persona tenga su propia estrategia de control, no existe una fórmula para todos”, planteó Chandía. La organización es la clave: respetar horarios de las cuatro comidas diarias, beber agua, elegir verduras y frutas frescas. “Es importante hidratarse porque se suele confundir sed con apetito. Elegir un plan muy riguroso no es conveniente porque genera más ansiedad aunque sí la actividad física, que contribuye a contrarrestarla”.










