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Librería-Editorial Contexto

El libro chaqueño, de Esteban González

Más aún cuando las raíces de la especie humana se marchitan como flores a la inversa, mancilladas tal vez por efluvios que hubieran escandalizado a nuestros mayores, condición que proviene de un mundo que consideramos natural por el solo hecho de pertenecer a él en este tiempo de transición, por decirlo de un modo eufemístico.

Sin duda, todo libro es una confesión. Sus páginas hablan al lector y sin que este se percate entablan con él un diálogo que jamás podrá ser transferido, porque desde el instante en que toma el libro se concreta cierta unificación, simbiosis que, obviamente, no todos están en condiciones de aprehender en su debida trascendencia.

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Tuve, a los doce o trece años, un amigo que marcó mi existencia y a quien tengo presente aun cuando la perspectiva del camino se va reduciendo inexorablemente, porque soy, sigo siendo, como un escudero de los sueños que obsesionaban a aquel personaje. Por supuesto, estoy refiriéndome a El Quijote. Cuando a Miguel de Cervantes le preguntaron quién había sido su maestro, el genio respondió sin dudar: el libro.

Hace algunos años quiso el azar que me encontrara con alguien que había sido mi alumno tres o cuatro décadas atrás. Después del emocionado saludo me refirió que vivía en esta capital pero que todos los domingos debía trasladarse a Barranqueras a visitar a un burrito comprado hacía más de diez años. Se llamaba Platero. Me confesó que llevó a cabo tal compra en honor a Platero y yo, el inolvidable libro de Juan Ramón Jiménez que había sido texto obligatorio del año en que había sido mi alumno.

Quiero imaginar a los escritores y escritoras que forman parte de este volumen. Los veo durante las noches parpadeando ante la pantalla de la computadora a la caza de alguna expresión esquiva, un adjetivo dudoso, un sustantivo impreciso empecinado en no mostrarse. En ocasiones se golpean la frente ante el súbito  hallazgo o levantan el puño en señal de triunfo.

Gestos que sustentan lo que tal vez mañana será asombro de no pocos lectores, aunque en el momento de la creación no sean conscientes de las palabras que están sembrando en el tiempo. Pese a todo, los exponentes que conforman este compendio son solo uno en cuanto a la íntima satisfacción que supone ver su nombre en la lista de semejantes creadores, como si esta obra, más que un libro, fuera una tarjeta de identificación que en el futuro lucirán con orgullo, aunque no pueda ser visible a los ojos.

Consideración especial merece el autor de este tratado, Esteban González, a quien no tengo el gusto de conocer (omisión que en breve deberé subsanar). Tarea ímproba debió haber sido viajar a pueblos y ciudades de la provincia, clasificar y ordenar el material diverso, además de formular los comentarios de rigor. Es indudable que el despliegue físico debió estar acorde con la fuerza interior requerida para tal fin. Así lo certifican sus antecedentes de bibliotecario y  docente.

Estoy convencido de que este libro de acentuado peso físico será etéreo, ingrávido para los seguros lectores, por cuanto la consistencia de sus páginas se volverá simple aleteo en el momento de abordarlo, dado el interés que provoca desde el comienzo. Y esto, ciertamente, no es poca cosa si de literatura se trata.

En suma, congratulo al titular de Librería y Editorial Contexto, Rubén Duc, recordando lo que dijera Borges en la Feria del Libro del ’84: Todo aquel que ama a los libros seguramente estaría dispuesto a dar la vida por ellos.

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