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Pedrito Montenegro, acordeonista desde la más tierna edad

Hace muchos años, me llamó Polito Castillo para que fuéramos a visitar a Pedrito Montenegro, que vivía en el Barrio La Paloma, cerca de Panamericana y 202. Allí, mientras preparaban un lechón a la parrilla, rescaté estas vivencias del querido músico chamamecero nacido un 19 de mayo de 1930 en el paraje “Caabí Arroyo” a 15 km de Yaguareté Corá (Corral de Tigres), actualmente Concepción. Su madre, Ramona Montenegro, tuvo cinco hermanos y, a pesar de haber nacido todos en el mismo pueblo, ninguno conoció a su padre.

Me comentó que cuando tenía tres años, más o menos, un tío, hermano de su madre, le trajo de regalo desde el Chaco un acordeón Fidelio, muy pequeño, que constaba  solo de dos hileras, 19 teclas y 8 bajos. Durante un año trató de desentrañar sonidos del instrumento aprendiendo de oído, hasta sacar sus primeros temas. Al poco tiempo empezaron unos pequeños dolores en su espalda y tras consultar al médico le prohibieron el uso del acordeón, pues podía desviarle la columna y complicar sus pulmones. Tuvo que esperar un par de años para retomar su práctica.

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No obstante, confesó que algunas veces se pegaba unas escapaditas adonde había un acordeón y una guitarra, casi siempre rodeado por sus tíos y músicos lugareños como los hermanos López. Comentaba que también había aprendido y ejecutado el bandoneón pero optó definitivamente por el acordeón. Sus primeras armas musicales las realizó a los 11 años en las grandes fiestas de su pueblo, y comenzó a actuar en los espectáculos de la región.

Poco tiempo después se trasladó a Mburucuyá y tuvo la posibilidad de mostrar sus dotes musicales a Eustaquio Miño, quien le dio palabras de aliento y elogios por su virtuosismo que ya comenzaba a asomar. Compartió momentos musicales junto a Miño, Fortunato Fernández y Antonio Niz. Con elementos locales formó un conjunto que, inspirado en el viejo patriarca chamamecero, denominaron Trio Los Gauchitos.

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De regreso a su pueblo formó el Trio Concepción, presentándose por primera vez en LT7 Radio Provincia de Corrientes en 1947 como Pedrito Montenegro junto a  los Hermanos Tejeda. Luego, este trio se convirtió en Cuarteto Concepción, con el ingreso del legendario bandoneonista Marcos Bassi. Así, recorrieron caminos polvorientos del Chaco para cumplir con su vocación musical.

Hecho el servicio militar y actuando nuevamente en la ciudad de Corrientes, decidió probar suerte en la Capital Federal. Llegó un viernes 9 de marzo de 1951 junto con su madre y sus hermanos. Luego de establecerse, fue en busca de su viejo compañero Antonio Niz, y lo encontró en el Salón Verdi junto a Montiel, que en esa época regenteaba el popular salón junto a Pedro Mendoza.

Inmediatamente le pidieron que ejecutara su acordeón; y lo hizo tan bien que lo contrataron para tocar en el Verdi. Aprovechando el momento le comentó a Montiel que también tocaba bandoneón. Montiel le prestó un acordeón marca Loro de 3. Allí estuvo tocando varios años. Cuando Montiel se alejó de esa sociedad, organizó bailes en un salón en Constitución llamado “Un rinconcito de Corrientes”. Pedrito lo acompañó nuevamente en ese emprendimiento, comprándose para la etapa un acordeón Anconetani de tres hileras. Durante el año que estuvo en el lugar fue acompañado por las guitarras de los Hermanos Cejas (José y Herminio)

Un día llegó la oportunidad de salir de gira con los Hermanos Cejas y se desvinculó  de Montiel. En la época, Pedrito ya había decidido qué estilo musical lo iba a acompañar el resto de su vida. A la manera de Cocomarola, que aggiornó  con su impronta. Al regreso de la gira, comenzó a trabajar en el Salón Princesa de don Armando Nelli, quien lo ayudó para comprar una de cinco hileras.

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Por esa  época se le despertó la veta de la enseñanza. Era natural que un músico prodigioso, noble acordeonista y compositor, autor de obras memorables del repertorio musical chamamecero correntino, dejara su legado a todos aquellos que supieron admirarlo y aprender de él. Cumplido los 26 años se le presentó la oportunidad de grabar sus primeros temas en 78 rpm: “Las teclas” y “Kahaguazu arroyo”. Con mucho cariño recuerda aquel tiempo en el que se entremezclan momentos gratos y amargos; donde el artista debe soportar diversos vaivenes musicales. “Hay ocasiones en que a uno lo atienden tan bien, pues cae en manos de personas cuyas actitudes son realmente impagables; pero hay otras en que al músico le hacen pasar malos momentos, como el que viví en mi época de Music Hall con un director artístico”.

“Toqué en peñas, lugares bailables, dónde me llamaran. Grabé para varios sellos, y también realicé algún trabajito que, si salía rápido, lo realizaba. Siempre dentro de Buenos Aires, ya que estoy radicado hace más de 50 años. Grabé para Polito Castillo, Hermanos Cena y varios con mi nombre. Me acompañaron muchos amigos que me dio la música como Blasito, Isidoro Iturri, Antonio, Los Hermanos Vallejos, Puchot, Los Cejas y tantos otros”.

“En mí hay un estímulo muy grande, porque veo mucha gente joven que está levantándose con fuerza, pensando en nuestro chamamé desde el corazón. Respeto a toda esa gente y los quiero muchísimo, ya que me animan a mí también. Me dan fuerza para seguir andando en todas estas cosas, porque es la juventud la que tiene la fuerza en este tiempo, ¿no es cierto? Y nosotros quedamos nada más que con la experiencia, tratando de poner nuestro granito de arena, para que esta gente que está creciendo puedan seguir adelante haciendo cosas buenas con nuestra música, sin desmerecer a otras, por supuesto”.

De todas las obras que compuso, su preferida es “Noemí Aída”, canción que le ha dado mucha satisfacción porque fue grabada por uno de los grandes chamameceros: Tránsito Cocomarola. El tema en cuestión está registrado también a nombre de Luis Mendoza. En realidad, es autoría ciento por ciento de Pedrito, sólo que como conocía poco el manejo de SADAIC, se lo dió para registrar y compartir a quien más confianza tenía.

Me comentaba que cuando tocaba el acordeón sentía que su música tenía sentimiento y vida. No solo dominaba temas del litoral sino que, en su largo peregrinar, ejecutó  pasos dobles, tangos y música folclórica. “Bueno, el acordeón que yo toco es cromático sistema italiano, tiene cinco hileras y 140 bajos, es supergrande, tanto que estoy viendo de vender por kilo porque... (risas) es muy pesado”.

“El mensaje que puedo dejar a los jóvenes es lo que dije más de una vez: a mí me gusta todo tipo de música folclórica, de todos los países. Pero no se debe olvidar  lo que es nuestro, lo que nos pertenece, y a todos los que quieran otras melodías, que se acuerden que somos de acá, que esto es nuestro y que lo nuestro jamás podremos despechar por algo que viene de afuera. Porque por más que nos aferremos a ello, lo de afuera no es nuestro. No nos pertenece. Por ello, digo queramos lo que es nuestro, aunque nos gusten otras cosas, de corazón lo digo”.

“También les recomendaría que siempre mantengan su gusto musical. Que no permitan que le pongan obstáculos, como, por ejemplo, querer imponerles estilo, títulos o modos de tocar. A mí me paso, y la verdad que no lo pasé bien”. Luego del asado comenzó la música. Acompañado por mi papá, Alfredo Vallejos, Pedrito se lució recordando grandes éxitos. En diciembre de 2016 fuimos nuevamente a visitarlo con Polito, Marcianita Avalos y mi papá. Fue la última vez que hablamos con él. Pedrito falleció en febrero del año siguiente.

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