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Cementerios en los montes, la memoria que perdura

Los vi dos veces, no dejaron de sorprenderme. Me contaron que en los parajes de Taco Pozo también existen restos de algunos. Los cementerios en medio del monte. Los antiguos pobladores de estos lugares, llenos de respeto por sus seres queridos, forzados por las grandes distancias pero no por eso menos respetuosos de los ritos de la muerte, sepultaban a sus muertos en improvisados cementerios.

El primero que conocí fue cerca de Vinal Suní, cerca de San José de Boquerón, en el monte de Santiago del Estero. El último y más reciente fue en Miraflores. Los cementerios de las localidades pequeñas imponen un respeto casi sagrado; aunque parezca una contradicción, exhalan vida, quizás la vida de esos seres alojados ahí que han sido, que son, queridos y que viven en el corazón de los que siguen sobre la tierra, recordándolos.

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Esos cementerios guardan ese respeto que encierra muchas emociones. Siempre habrá velas, flores y recuerdos dedicados a ese ser querido. Porque los muertos nunca están solos mientras vivan en el recuerdo de sus seres queridos. El cementerio de Fuerte Esperanza es también muy particular, con sus pequeños nichos de tejas rojas, como jugando con la construcción castrense de toda esa localidad.

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El cementerio de Vinal Suní, todavía recibe visitas, se observan gastadas flores de plástico, peleando a la adversidad del sol y su cruz mayor, hecha de dos postes labrados, ilumina el pequeño lugar.

El otro en Miraflores, en el paraje El Retiro, ya ni siquiera cuenta con un camino de acceso. Fui al lugar acompañado por unos lugareños, que una vez en el lugar se detuvieron ceremoniosamente, me indicaron las cruces entre los matorrales y todos guardamos respetuoso silencio.

Luego comenzamos a caminar por el camposanto, poblado de cruces caídas y lapidas despintadas, el monte se cierra sobre ellos, montículos en otros sectores, quedan apenas vestigios.

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Un lugareño se puso en cuclillas, examinó largo rato una inscripción y dijo como para sí mismo: “hace mucho años que nadie viene, capaz ya no vengan nunca”. Se refería a los familiares de esas personas. Poco queda, en algunas cruces ya ni quiera se identifica el nombre de la persona sepultada. Así como llegamos nos fuimos, costeando el alambrado.

Los años eran otros, los parajes y colonias estaban poblados de verdaderos campesinos, dueños indiscutidos de la tierra, debido las grandes distancias y los muchos pobladores, también eran necesarios los cementerios. Poblaron hace tantos años en esos montes que ni sus descendientes recuerdan bien hace cuánto tiempo llegaron sus bisabuelos.

Las mentiras del progreso individualista llegaron a los campos y destruyeron su realidad de días de trabajo, quizás repetitivos, pero con esa inmensa libertad de poder decidir sobre sus vidas. La fantasía de una vida mejor en las ciudades, la oferta de dinero en mano, hizo que los campesinos se fueran yendo. Alguno dirá “nadie los obligó a vender sus campos”, es cierto, pero a un hijo de un verdadero lugareño le costaba muchísimo seguir en sus campos, conseguir título de propiedad, o conseguir más tierra, partiendo que desde el mismo Instituto de Colonización los envolvían con burocracias engorrosas, cero créditos, una atención disociada de la realidad del campesino.

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La gente del campo gastó sus esperanzas tratando de alcanzar las exigencias, pero la burocracia les dijo que todo esfuerzo era en vano, y el capitalismo les susurró que todo era mejor en los centros urbanos. Y en realidad, a la mayoría los destruyó, solo algunos pocos se pudieron adaptar a la selva de cemento.

Todo quedó en el olvido. También estos santuarios de respeto, quedaron solos, y quizá acá sí esa frase puede ser empleada como un epitafio, “Qué solos quedaron los muertos”. Ojalá alguna vez la luz de una vela, o un ramito de flores silvestres de una anciana vuelvan a iluminar y a ofrecer el perfume a esas tumbas que no por olvidadas, desaparecen. Siguen ahí, como un testimonio que se niega a silenciarse. Casi nada queda, solo se lee en algunas lapidas inscripciones borrosas; quizás es cierto que del polvo venimos y al polvo volvemos, o quizás el monte en su celo o amor, los guarda para siempre y los acuna en el arrullo de sus hojas, y de sus ramas.

Entonces, como una madre celosa, los cobijará para siempre en su seno y cuando desaparezcan los restos de esas cruces; solo queden pequeños montículos de tierra y se conviertan en leyendas; esos muertos vivirán para siempre en los árboles, serán compañeros de los pájaros y en la suave brisa del verano volverán a vivir frescos, y hasta podrán trotar con energía cabalgando sobre el viento norte tan característico de nuestra zona.

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