Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/194683

Una vida en acción

En la Universidad Popular de Resistencia tuvo lugar la presentación del libro Una Vida en Acción, de José Hernando Pirota, de la Editorial Lumiere. Este libro cuenta la vida del autor, la que está marcada por el vértigo, la velocidad y los desafíos.

José Hernando Pirota relata con fidelidad cronológica los ciclos de su vida: deportes, función pública registral, política, justicia, Observación Electoral Integral en América Latina por la Organización de los Estados Americanos (OEA) en Paraguay, Perú, Venezuela, República Dominicana, consultorías internacionales por el Banco de Desarrollo sobre Registro Nacional Automotor, abuelazgo, viajes y raid como motoquero, compartió con el CILA el noble objetivo de desarrollar el derecho de seguros. Y finalmente el accidente con la moto Harley Davidson y posterior rehabilitación, venciendo así el diagnóstico concluyente de la silla de ruedas.

pirota2.jpg

Una Vida en Acción es una autobiografía que tiene los ingredientes para atrapar a quien lo lea.

La vida de José Hernando Pirota está marcada por muchos desafíos e historias. Fue un deportista múltiple, responsable y competitivo, que se destacó en el rugby mientras estudiaba abogacía en Santa Fe. Integró ocho equipos de rugby a lo largo de su carrera, incluido el de veteranos; a pesar de haberlo aprendido a los 22 años, con compañeros de estudios de la facultad que lo introdujeron en esta actividad con gráficos en un cuaderno.

Practicó otros deportes como remo, fútbol, atletismo (jabalina y disco), que influyeron en el rugby; extrayendo lo mejor para finalizar tras 16 años de actividad, fundando con los mayores de 35 años el equipo de Veteranos dorados.

Para evitar el confinamiento y como parte de su personalidad, adquirió una moto chopera con estilo Harley Davidson y comenzó una etapa de viajes para recorrer la hermosa Argentina.

pirota.jpg

A raíz de un accidente con la motocicleta debió luchar contra la adversidad y el diagnóstico médico del Hospital Italiano que quedaría en silla de ruedas. A los 65 años contra todo pronóstico decidió volver a caminar y festejó sus 77 años y los años complementarios desde el accidente ocurrido el 15 de Mayo de 2009. Es un ejemplo de superación y lucha y con legítimo orgullo de transmitir sus historias de vida.

También, despertó su vocación de servicios y puso en marcha la fundación Se Puede. “Dios y la Virgen de Shoenstatt me dieron la segunda oportunidad que hoy disfruto plenamente”, expresa José Pirota.

Martín Diego Pirota, su hijo, fue el responsable del prólogo de este libro en la primavera de 2019.

“…Si me pidieran que como hijo hiciera como una suerte de resumen fotográfico de los acontecimientos importantes en la vida de mi papá, las imágenes que primero aparecen en mi mente dirían que: nació en Capital Federal, el 11 de Diciembre de 1942, fruto de la unión de una maestra y un ferroviario (mis queridos abuelos: Haydée Esther Arca y José Pirota); sus primeros años los pasó en las ciudades chaqueñas de General Pinedo y Resistencia; estuvo pupilo junto a su hermano Alejandro Orlando Pirota en el Colegio Don Orione de Sáenz Peña; le tocó hacer el Servicio Militar obligatorio en esos tiempos; comenzó sus estudios de Abogacía en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste con sede en la ciudad de Corrientes, a la que asistía diariamente cruzando el río Paraná en un barquito (vaporcito), ya que no existía el Puente General Belgrano; continuando luego sus estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad del Litoral de la ciudad de Santa Fe, donde se recibió de Abogado, se enamoró de quien luego sería su esposa y compañera de vida, mi madre, Elda de las Mercedes Cattani. Jugó al rugby con gran suceso; ejerció su profesión en Resistencia fundando en el año 1968 el Estudio Jurídico Notarial Pirota & Asociados; fue Director del Registro Civil de la Provincia del Chaco, llegando a ocupar el cargo de Director Nacional de todos los Registros Civiles de la República Argentina; integró varias misiones electorales en países latinoamericanos como observador designado por la OEA; protagonizó un grave accidente de tránsito que puso en riesgo su vida y luego sus posibilidades de volver a caminar; y por último y en lo que hace a su descendencia, tuvo dos hijos que llevan su apellido: Martín Diego y Valeria Lorena, que a su vez lo hicieron abuelo –siempre presente- de cuatro nietos: Francisco, Miranda, Constanza y Juliana.

En lo que hace a las cualidades personales del protagonista de estas memorias, tengo para mí que es un luchador incansable de la vida; buscando siempre el lado positivo de las cosas, con una palabra de aliento y esperanza necesaria en aquellos momentos de dificultad. Decidido a emprender y dar el primero paso -y ayudar a otros a hacer lo propio- con asombrosa simpleza y practicidad.

Adentrándonos en la estructura de esta obra de vida nos encontramos con que se compone de quince capítulos, que se completan con un anexo fotográfico, lo que se traduce en una narración cronológica y coherente de sucesos, recuerdos y vivencias que el autor logra rescatar de su memoria, develando sus emociones, pensamientos y sentimientos más profundos. En el capítulo primero el mentor de la obra detalla las características generales de su signo zodiacal regente: Sagitario, destacando entre ellas la virtud de asumir riesgos y desafíos como ADN personal irresistible e indomable. Seguidamente el capítulo segundo se avoca a la etapa de la infancia, niñez y adolescencia, junto a su hermano menor Alejandro -de quien José se define como su ángel protector-, en la que aparece el período de educación formal: la escuela primaria, de pupilo en el Colegio Don Orione; la secundaria, comenzando en el Colegio Don Bosco y terminando en el Colegio Nacional José María Paz; y la universitaria, primero en la Universidad Nacional del Nordeste y luego graduándose en la Universidad Nacional del Litoral; su primer trabajo; el cumplimiento del servicio militar obligatorio; y la decisión de continuar los estudios universitarios en Santa Fe –aun con el desacuerdo de sus padres-, etapa que José evoca como la más linda de su vida.

En la sección segunda aparecen los primeros rasgos de la personalidad del autor, a quien le incomoda la rutina y la injusticia, acentuándose palabras como rebeldía, callejero y soñador.

El apartado tercero se encarga de describir los múltiples deportes en los incursionó, entre los que adquiere relevancia mayúscula su favorito: el rugby, que lo aprendió a jugar durante su ciclo universitario en Santa Fe junto a sus amigos entrerrianos con quienes compartía la residencia bautizada El Consulado, donde con mateadas interminables se repartían las horas entre el estudio y las charlas sobre la pasión por la ovalada. A propósito debo confesar que emociona la crónica del periodista Manuel Arrías, rescatando los valores de mi padre; su cambio de apodo por el de Batata en el ámbito rugbístico; y las vivencias e ilusiones de jóvenes universitarios, siempre con la amistad como valor supremo. Por lo que entiendo el desconsuelo sufrido por papá al momento de regresar a Resistencia –a pesar de haber obtenido el título de Abogado- dejando en tierras santafesinas los amigos, el rugby y el amor de su novia Elda, alias Bonne, a quien luego siguió visitando. Seguramente en no pocas ocasiones habrá pensado en estirar un tiempo más la carrera universitaria y así su estancia en la ciudad que lo cobijó y en la que aprendió un estilo o forma de vida más allá de los límites geográficos de una cancha de rugby”.

Continúa su hijo Martín dándonos pistas de los que se relata en este libro autobiográfico, y en las últimas líneas se detallan algunas singularidades de José Hernando. “El último acto es un canto a la vida en el que mi padre se reconoce con humildad como un sobreviviente bendecido por Dios, dispuesto a que su experiencia traumática con recuperación exitosa pueda servir a otros a superar situaciones o trances difíciles, con un anhelo de esperanza coronado por su decisión de crear una fundación con ese objeto y con el nombre: Se puede, inspirado en esa amorosa arenga diaria de su Bonne, al bajar papá las escaleras de la sala de rehabilitación del Instituto FLENI, que con abrazos y besos le decía: ¡Viste que se puede! En suma, celebro que mi padre haya tenido el coraje, la voluntad y el valor de compartir su aventura de vida tan colorida y cargada de matices que merecen ser contados; constituyendo un legado imborrable para la familia, los amigos y las personas de bien; ganándole la pulseada al olvido y logrando la premisa bíblica de transcender por sus obras”.