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Carta de Lectores

Capitanich no tiene quien le escriba... en contra 


Señor director de NORTE: 


Se extraña una oposición que jerarquice la institucionalidad, se nota demasiado la falta de ideas y de propuestas serias, y esto repercute negativamente en nosotros, ciudadanos de a pie. Veamos. 


La pandemia vino a desbaratar los planes en todo el orbe, sea el gobierno que fuere, de izquierda, derecha, populista, o neoliberal, debió salir con medidas de emergencia mientras observaba cómo y cuánto caía la actividad económica. Decir que el virus reveló que la “normalidad” existente era un mundo de injusticia y desigualdad, se ha convertido en lugar común, de ahí que la mayoría de los dirigentes y de las voces de todas las actividades reflexionen en torno a una “nueva normalidad”, que incorpore los datos y la experiencia adquirida en una agenda centrada en procesos equitativos de integración social, de producción y consumo respetuosos del ambiente, de generación de trabajo de calidad, de acercamiento entre las instituciones, sus representantes y el pueblo, y en el rol del Estado como organizador y promotor de la actividad  económica (ante la flagrante evidencia de la devastación producida por el régimen acaparador y fugador financiero, capaz de disponer a escala planetaria quiénes serán parte de la minoría ganadora y  quiénes están condenados a sobrevivir penosamente o perecer).  


Ante la evidencia de que la acertada respuesta del gobierno nacional, permitió moderar el impacto de la emergencia, tanto en lo estrictamente sanitario como en lo económico, un sector de la oposición optó por acompañar el esfuerzo con los medios correspondientes, otro, minoritario, sin responsabilidad de gestión y con oportunismo rufianesco, prefirió el camino de la confrontación, amparado en las instrucciones de la prensa guerrera, la de la difamación y las mentiras (que no se dirige a un gobierno en particular, sino a minar las esperanzas y las acciones de los sectores populares; recordemos al imputado por préstamos fraudulentos a Vicentin, González Fraga, cuando se dirigía al conjunto de la ciudadanía “les hicieron creer que podían comprarse celulares, plasmas, autos y viajar al exterior”). 


A medida que el horizonte tiende a despejarse, que no significa relajarse, en cuanto a hábitos de prevención y protocolos de actividad, las demandas recuperan su dinámica y el gobierno acelera definiciones, como la negociación con los acreedores de la deuda externa, o la contribución especial de las mayores riquezas para acompañar el esfuerzo colectivo, entre otras medidas que decantarán en el fin del transitorio “romance” con la oposición civilizada, asistiremos entonces a la lógica habitual de las confrontaciones, bajo el bombardeo “noticioso” mediático.  


En el Chaco, la comprensión de la realidad provincial impulsó al gobernador Capitanich a disponer el reequipamiento y fortalecimiento del sistema de salud provincial, a diseñar la asistencia a todos los sectores sociales y a las actividades económicas, y a suplir con gestión y con su impronta, los déficits de acompañamiento de muchos colaboradores, seguramente sobrepasados por la situación y por su práctica previa. Ante esto, y las dificultades originadas por la cuarentena para el encuentro y el contacto directo, las necesidades de sectores pauperizados, así como la vocación solidaria de las organizaciones sociales, tuvieron serios obstáculos para canalizarse. Dos rasgos evidentes de esa falencia fueron las expresiones en las redes sociales de insatisfacción por la respuesta estatal, y la búsqueda infructuosa de espacios de aquellos que pretendían colaborar en tareas de prevención y en el diseño de protocolos, por citar algunas de las áreas en que las fuerzas más organizadas a nivel social están disponibles para protagonizar el esfuerzo en cuarentena. 


Esa práctica institucional en la que coinciden gran parte del oficialismo y casi toda la oposición, se ampara en el precepto constitucional que dice “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”, que no solo resulta anacrónica, sino que además relativiza la participación ciudadana e impone desde hace años un verdadero ASPO, aislamiento social entre gobernantes y gobernados, que debilita la calidad institucional y la democracia. Son esos hábitos, funcionales a una democracia de baja intensidad, los que avalan la retirada ciudadana, los que naturalizan que el Poder Judicial mire para otro lado sin involucrarse en la respuesta a la pandemia, los que dejan pasar las declamaciones de dirigentes, concejales, y diputados, que parecen estar en una charla virtual con la estratósfera, mientras la ciudadanía, expectante, encara sus actividades. 


La debilidad de los mecanismos habilitados para que corporaciones y representantes sean legítimamente  interpelados por el pueblo, da cabida a un hato de negociados y charlatanes, mientras las corporaciones usufructúan un status especial que las aleja del escrutinio público (recordemos los tarifazos de la era macrista), los segundos, como voceros de esas grandes empresas, se sienten impunes de rendir cuentas a su electorado y saturan micrófonos y  pantallas. El pueblo pasea su mirada desde la incredulidad hasta el asombro, desde el aburrimiento a lo normalizado, cuando escucha que unos prevén fases para cuidar la salud y otros desestiman cuidados y prevenciones, y evitan referir que en Europa, por ejemplo, apoyan el rol activo del Estado, y la regulación creciente del gran capital (vía cumplimiento de obligaciones tributarias, vía inversiones productivas sustentables, vía control bancario y de movimientos financieros). La visita a los medios, como a Disneyworld, parece un viaje al reino de la fantasía, la falta de anclaje en la realidad de tantos opinadores, desarma las argumentaciones existentes en aquellos sectores que tendrían mucho para mostrar y decir, desde su resistencia histórica al neoliberalismo y con la resiliencia de actividades culturales, sociales, productivas, todas creativas y comunitarias, soslayadas por la organización política actual.  

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