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A 116 AÑOS DEL NACIMIENTO DEL GRAN POETA CHILENO

Neruda esqueleto de palabras

Nació en el Maule, donde una de las primeras influencias que formaron su carácter fue el “arte de llover, que se ejercía como un poder terrible y sutil, porque en la Araucanía la lluvia no tiene las rachas impulsivas de la lluvia caliente que cae como un látigo y pasa dejando el cielo azul. Por el contrario, la lluvia austral tiene paciencia y continúa, sin término”.

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Ilustración: elfinancierocultura.mx

Mucha de esa constancia infinita brilló en su arte poética, de prestidigitador de palabras sencillas a las que hacía relumbrar o evocar la sombra, según el reflejo de su ánimo.

GABRIELA

Cuando tenía 15 años conoció en Temuco a la grandiosa Gabriela Mistral, “una señora alta, con vestidos muy largos y zapatos de taco bajo. Iba vestida de color arena. (…) La vi muy pocas veces porque yo temía el contacto de los extraños a mi mundo. (…) Gabriela tenía una sonrisa ancha y blanca en su rostro moreno por la sangre y la intemperie. (…) No me extrañó cuando de entre sus ropas sacerdotales sacaba libros que me entregaba y que fui devorando. Ella me hizo leer los primeros grandes nombres de la literatura rusa, que tanta influencia tuvieron sobre mí”.

Por su parte, Mistral escribiría en sus memorias: “Una vez me prohibieron desde allá (Chile), y por orden de González Videla (presidente entre 1946 y 1952), recibir en el consulado a Neruda. Qué poco me conocen. Me hubiera muerto cerrándole la puerta de mi casa al amigo, al gran poeta y, por último, a un chileno perseguido y a quien en sus primeros pasos influí con lecturas que le seleccioné y que afirmaron su recio espíritu. Yo fui perseguida. Y cómo. También fui echada de revistas y diarios. Y lo serán muchos escritores que gritan las verdades. ¿Anonadarse o callar? ¡Semimuerte! Allá se persigue o se les hace sombra a los escritores mientras están vivos y son valientes. O se atreven a declarar sus ideas y sus anhelos”.

ME GUSTA CUANDO CALLAS

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El senador Pablo Neruda fue perseguido y exiliado por un gobierno que al principio su partido integraba.

Neruda ya tenía cuatro libros publicados, entre ellos el renombrado “20 poemas de amor y una canción desesperada”, cuando en 1927, a los 23 años, inició su extensa carrera diplomática en el consulado chileno de Birmania (hoy Myanmar). Luego le seguirían Ceilán, Java, Singapur, Buenos Aires, Barcelona, Madrid, París y México. En “Confieso que he vivido” cuenta, con tono anecdótico, un estremecedor suceso durante su estadía en el país de los tamiles, ocurrido con la sierva encargada de limpiar sus heces, sin que él la advirtiera por varios días.

“Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba. Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes. Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

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Padre mar, ya sabemos / cómo te llamas, todas / las gaviotas reparten / tu nombre en las arenas / ahora, pórtate bien, / no sacudas tus crines, / no amenaces a nadie, / no rompas contra el cielo / tu bella dentadura.

“Era tan bella, que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.

“Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

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Con la inspiradora de sus “Cien sonetos de amor”, Matilde Urrutia: “En ese nombre corren navíos de madera rodeados por enjambres de fuego azul marino.”

El oscuro relato, donde no relucen sus floridas metáforas ni certeros adjetivos, es el de una violación. Pero hay más: al ultramachista concepto de la mujerobjeto, Neruda agrega el supremacismo blanco-occidental que ve como inferiores a otros pueblos (“un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado”), en este caso reforzando la anacrónica opresión local, donde la joven estaba confinada en la casta de los parias. Elementos, todos estos, que buscan justificar el abuso sobre el más débil, quizá corriente entre los círculos dominantes de la época, aunque sorprendente en una figura de su intelecto y posición política.

“MALVA MARINA, QUIÉN PUDIERA VERTE”

En 1930 fue destinado a Java, donde conoció a la neerlandesa Maryka Antonieta Hagenaar Vogelzang. Se casaron, y para 1934, cuando ya Neruda había sido trasladado a Madrid, nació su hija Malva Marina Trinidad. Sufría de hidrocefalia, y moriría en el país de su madre, en 1943. Pero Neruda ya se había separado de ellas en 1936, y no se conoce que alguna vez volviera verlas, ni haya nombrado públicamente a Malva.

En “Confieso que he vivido” su nombre aparece solo una vez, en la cronología final, hecha por el editor. El verso que encabeza este párrafo pertenece a Federico García Lorca, quien saludó a la recién nacida con un poema triste en el que sin embargo la imaginaba homenajeada en las tierras de sus padres: “El elefante blanco está pensando / si te dará una espada o una rosa / Java, llamas de acero y mano verde / el mar de Chile, valses y coronas”.

Nada de eso ocurrió. De parte de Neruda, Malva recibió abandono y omisión; de parte de su madre, una vida de sacrificios para mantenerla, que la obligaron a alejarse de ella. Cuando la niña murió el poeta no respondió al telegrama que lo anoticiaba. Neruda se divorció de Maryka en 1942, cuando era cónsul general en México, pero la Justicia chilena nunca reconoció ese trámite.

EL WINNIPEG AL RESCATE

En 1937 había publicado “España en el corazón”, donde canta los horrores de la guerra civil —“Y una mañana todo estaba ardiendo / y una mañana las hogueras / salían de la tierra devorando seres (...) venían por el cielo a matar niños, / y por las calles la sangre de los niños / corría simplemente (...)”—, y se declara republicano —“Generales traidores: mirad mi casa muerta, mirad España rota (…) pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos / pero de cada crimen nacen balas que os hallarán un día el sitio del corazón”.

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Su casa de Isla Negra es hoy un museo. Sala de los mascarones.

El 1939 lo nombraron cónsul para la emigración española en París. Allí advirtió que las democracias occidentales no se oponían al nazismo como luego se verían obligadas a hacerlo en la guerra: “Todo el mundo la esperaba. Hitler se había ido tragando territorios y los estadistas ingleses y franceses corrían con sus paraguas a ofrecerle más ciudades, reinos y seres”.

Los republicanos ibéricos, derrotados por el fascismo franquista en 1939, se habían refugiado en Francia. Pero ahora estaban nuevamente amenazados por la ocupación nazi y el gobierno colaboracionista de Vichy: “Cada hombre que llegaba de la derrota y del cautiverio era una novela con capítulos, llantos, risas, soledades, idilios. Algunas de estas historias me sobrecogían”.

En una situación política que no era cómoda –había adherido al Partido Comunista cuando estaba en España, y los funcionarios de la embajada en París eran conservadores opuestos al gobierno progresista que había triunfado en Chile--, Neruda realizó intensas gestiones durante meses en favor de los refugiados, hizo un arduo y a veces desagradable trabajo de selección, y finalmente consiguió embarcar a miles de ellos en el buque “Winnipeg” y enviarlos a Chile a fines de año.

“En el mismo sitio de embarque se juntaron maridos y mujeres, padres e hijos, que habían sido separados por largo tiempo y que venían de uno y otro confín de Europa o de África. A cada tren que llegaba se precipitaba la multitud de los que esperaban. Entre carreras, lágrimas y gritos, reconocían a los seres amados que sacaban la cabeza en racimos humanos por las ventanillas.

Todos fueron entrando al barco. Eran pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una muestra de la fuerza, del heroísmo y del trabajo. Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso”, cuenta Neruda en sus memorias.

POLÍTICO CHILENO

“Deshechas van las invasoras manos / triturados los ojos del soldado / están llenos de sangre los zapatos / que pisaron tu puerta, Stalingrado. / Honor al combatiente de la bruma / honor al comisario y al soldado / honor al cielo detrás de la luna / honor al sol de Stalingrado”. Con su celebración de la primera derrota de los nazis, que marcaría el punto de inflexión de la II Guerra Mundial, en 1943 Neruda volvió a Chile, donde en marzo fue electo senador por Antofagasta, y en julio se afilió al Partido Comunista. En 1945 recibió el Premio Nacional de Literatura, el mismo año en que escribió “Alturas de Machu Picchu”.

Las presidenciales de 1946 llevaron al poder a la Alianza Democrática, coalición de demócratas, radicales y comunistas, con el radical Gabriel González Videla como presidente. Este reprimió con brutalidad a trabajadores mineros en huelga, y en 1948 desató una persecución contra sus exaliados comunistas. Neruda lo denunció desde el Senado y en la prensa extranjera, porque el diario comunista El Siglo estaba censurado.

Llamó “rata” al presidente, recordó su amistad con los nazis durante sus años de embajador en París, lo acusó de vender el país a empresas estadounidenses, y hasta aseguró que la primera dama, Rosa Markmann, ocultaba sus orígenes judíos en Europa durante la II Guerra Mundial y compraba diamantes a precio de liquidación a los europeos que huían.

González Videla promovió el desafuero del senador Neruda y luego consiguió una orden de detención que lo forzó a esconderse primero y a exiliarse después. En abril de 1949 estaba de vuelta en París gracias a la ayuda de sus amigos europeos, entre ellos Picasso. Vivió luego en Nápoles, donde publicó anónimamente “Los versos del capitán”.

Desde allí hizo muchos viajes, recorrió la mayoría de los nuevos “países socialistas”, entre ellos Checoslovaquia, Hungría, Polonia, la Alemania Democrática, Rumania, Unión Soviética, etc, y también viajó a India, Guatemala y México. En Europa conoció a Matilde Urrutia, y junto con ella volvería a Chile cuando terminaron la presidencia de González Videla y la persecución, en 1952.

ANTIPOESÍA

En su nueva etapa chilena publicó “Las uvas y el viento”, donde incluye la literariamente copiosa y políticamente lamentable “Oda a Stalin”, ejemplo del arte del “realismo socialista” impuesto por el tirano, en la que Neruda promueve el culto al líder después de muerto el líder.

Para muchos, un error temático, especialmente cuando al año siguiente el propio Partido Comunista de la Unión Soviética denunciaría algunos de los crímenes y de los vicios del dictador. Para otros, una sincera elegía al líder absoluto que los estalinistas, nacidos o convertidos bajo su imperio, siempre creyeron imprescindible. Neruda lo transmite así, con varios ejemplos, en su autobiografía.

Por ejemplo, atribuye a Stalin la derrota de los nazis y la defensa de la revolución, aun cuando en 1970 había muchos motivos y documentos históricos que permitían sospechar que la decisiva victoria soviética había tenido lugar más a pesar del dictador que gracias a él, y que, como hiciera Napoleón, su tiranía había conservado algunas conquistas revolucionarias acabando con todo horizonte revolucionario: “Un hombre principista y bonachón, sobrio como un anacoreta, defensor tiránico de la revolución rusa. Además, este pequeño hombre de grandes bigotes se agigantó en la guerra; con su nombre en los labios, el Ejército Rojo atacó y pulverizó la fortaleza de los demonios hitlerianos”.

Escribe esas líneas luego de reconocer que “en diversos aspectos del problema Stalin, el enemigo tenía razón”, aunque elude cualquier referencia a la tal diversidad. En 1958 publicó “Estravagario”, que marcó otro giro en su poesía. Después del amor romántico y la poesía política, adoptó algunas de las propuestas “antipoéticas” de Nicanor Parra, que enriquecieron su obra: “Voy a ver si a las otras gentes / les pasa lo que a mí me pasa / si son tantos como soy yo / si se parecen a sí mismos”.

En 1963 fue postulado al Premio Nobel de Literatura, y su nombre rebotó entre las portadas de la prensa mundial, que lo daba por ganador en grandes titulares que resultaron frustrados. Igual que los diplomáticos suecos en Chile, que llegaron a su casa con una cesta de bebidas y delicadezas: “La habían preparado para festejar el Nobel que consideraban como seguro para mí. No estuvimos tristes y tomamos un trago por Seferis, el poeta griego que lo había ganado. Ya al despedirse, el embajador me llevó a un lado y me dijo: —Con seguridad la prensa me va a entrevistar y no sé nada al respecto. ¿Puede decirme quién es Seferis? —Yo tampoco lo sé —le respondí sinceramente”.

Yorgos Seferis era diplomático, como él, y en su obra poética, aunque con menos exuberancia, reflejaba las mismas ansias cosmopolitas y nostalgias patrióticas que Neruda: “He viajado, me he cansado y escrito poco / pero pensé mucho en el regreso, cuarenta años. / El hombre en todas las edades es un niño / la ternura y la brutalidad de la cuna; / a lo demás le pone límite la mar, como a la orilla / a nuestro abrazo y al eco de nuestra voz”.

EL NOBEL

En octubre de 1971 estaba nuevamente como embajador de Chile en París, esta vez designado por Salvador Allende. El 21 de octubre, la Academia sueca anunció que le entregaba el Premio Nobel de Literatura: “Yo estaba recién operado, anémico y titubeante al andar, con pocas ganas de moverme. Llegaron los amigos a comer conmigo aquella noche. Matta, de Italia; García Márquez, de Barcelona; Siqueiros, de México; Miguel Otero Silva, de Caracas; Arturo Camacho Ramírez, del propio París; Cortázar, de su escondrijo. Carlos Vasallo, chileno, viajó desde Roma para acompañarme a Estocolmo”.

En diciembre, en Oslo, “El anciano monarca nos daba la mano a cada uno; nos entregaba el diploma, la medalla y el cheque (…) Se dice (o se lo dijeron a Matilde para impresionarla) que el rey estuvo más tiempo conmigo que con los otros laureados, que me apretó la mano por más tiempo, que me trató con evidente simpatía. Tal vez haya sido una reminiscencia de la antigua gentileza palaciega hacia los juglares. De todas maneras, ningún otro rey me ha dado la mano, ni por largo ni por corto tiempo (…) encontré una risueña semejanza entre aquel desfile de eminentes laureados y un reparto de premios escolares en una pequeña ciudad de provincia”.

SEPTIEMBRE

Por razones de salud, Neruda renunció a la embajada en Francia y volvió a Chile en febrero de 1973. Murió en septiembre, doce días después del golpe pinochetista contra Salvador Allende y el gobierno de la Unidad Popular. La cercanía de ambos hechos, tan conmocionantes dentro y fuera de Chile, llevaron a numerosas conjeturas sobre causas y autores relacionados. No está claro que haya sido así, y lo cierto es que el poeta estaba enfermo de cáncer. Pero también es conocida la vocación criminal y exterminadora de los fascistas, que después su muerte saquearon su casa e incendiaron sus libros. Por eso hasta hoy se siguen analizando elementos para establecer si esa mano negra aceleró lo que de todos modos estaba en proceso.

SU POESÍA LO ABSOLVERÁ

Le gustaba a las mujeres porque escribía poemas de amor y le gustaba al pueblo porque era comunista. “La multitud humana ha sido para mí la lección de mi vida. Puedo llegar a ella con la inherente timidez del poeta, con el temor del tímido, pero, una vez en su seno, me siento transfigurado. Soy parte de la esencial mayoría, soy una hoja más del gran árbol humano (…) Es memorable y desgarrador para el poeta haber encarnado para muchos hombres, durante un minuto, la esperanza”, escribió en sus memorias.

Es que como bien sabía el cartero Mario cuando asechaba con metáforas a la bella Beatrice, la poesía no es de quien la escribió, sino de quien la necesita. Por eso la obra de Neruda es un servicio trascendente. “De este servicio a la ciudadanía estoy consciente y este galardón no me lo dejo arrebatar por nadie, porque me gusta cargarlo como una condecoración. Lo demás puede discutirse, pero esto que cuento es la rotunda historia”.

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