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El peligro de los discursos de odio

“El discurso del odio es en sí mismo un ataque a la tolerancia, la inclusión, la diversidad y la esencia misma de nuestras normas y principios de derechos humanos. En general, socava la cohesión social, erosiona los valores compartidos y puede sentar las bases de la violencia, haciendo retroceder la causa de la paz, la estabilidad, el desarrollo sostenible y el cumplimiento de los derechos humanos para todos”. La reflexión pertenece al secretario general de la ONU, Antonio Guterres, y forma parte del mensaje que brindó en ocasión de lanzar un Plan de Acción de Naciones Unidas contra los discursos que incitan al odio.

Esta iniciativa de la ONU, que acaba de cumplir un año, surgió a partir de la preocupación por la aparición de líderes políticos en distintas partes del mundo que, según las autoridades de Naciones Unidas, promueven ideas y utilizan un lenguaje alimentado por el odio. En la Argentina, lamentablemente, se han registrado casos de comunicadores que a través de medios audiovisuales de gran alcance no ocultan su antipatía hacia alguien apelando a un lenguaje cargado de violencia. Uno de los más recientes y conocidos es el del actor Baby Echetcopar. Invitado en un programa televisivo porteño dijo que la vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner es “el cáncer de la Argentina”. Esta semana la Defensoría del Público se pronunció en relación con esa y otras expresiones del comunicador a través de un dictamen en el que se señala que Etchecopar “se sirve de consideraciones ancladas en formas históricamente utilizadas para menospreciar a las mujeres que ocupan un lugar influyente en el escenario político. En este sentido funcionan las alusiones patologizantes y demonizantes que se advierten en el discurso”. El informe de la Defensoría del Público observa que el comunicador enfatizó la condición de Fernández de “señora sola” (“Todos nosotros tenemos una patología, todos somos de una forma. Creo que la señora es una señora sola, es una señora que el único poder que tiene es el poder”), como si su condición de mujer viuda y poderosa acentuara ese rasgo patológico que Etchecopar le asigna”. La Defensoría sostiene que son expresiones “que contienen violencia simbólica y mediática en relación con el ejercicio de derechos políticos de las mujeres. A su vez, los estereotipos negativos a los que aluden estas expresiones tienen la potencialidad de profundizar la subordinación y la desigualdad de las mujeres para participar y ocupar funciones de poder en el campo político”. Por último, el organismo recuerda que los medios de comunicación cumplen “un rol central en la prevención y erradicación de todas las formas de violencia contra las mujeres, incluyendo las formas de violencia que afectan el pleno ejercicio de sus derechos políticos, tal como establece la normativa nacional e internacional de los derechos humanos vigente”.

Cabe aclarar que la Defensoría del Público no tiene poder para sancionar, sino que ante las denuncias se pronuncia sobre los hechos y, de ser necesario, emite recomendaciones. Pero, más allá de la intervención de este organismo en éste y otros casos no menos polémicos, cabe preguntarse cuál son los motivos por los cuales un comunicador que no duda en decir “villeros asquerosos” a un grupo de personas de un movimiento social, o llamar “mugrientas” a mujeres, puede obtener mejores mediciones de audiencia que otros comunicadores. No faltará, probablemente, quien pueda plantear que exigir límites para esa intolerancia de alguna manera podría afectar el derecho a la libertad de expresión del comunicador. Como respuesta a ese argumento vale remitirse, una vez más, a las palabras del titular de la ONU cuando observa que “hacer frente al discurso de odio no significa limitar la libertad de expresión ni prohibir su ejercicio, sino impedir que este tipo de discurso degenere en algo más peligroso, como la incitación a la discriminación, la hostilidad y la violencia”.

Tal vez uno de los mejores remedios contra el odio que unos pocos intentan inyectar en la opinión pública pase no por la censura, sino por la promoción de lectores y audiencias cada vez más reflexivas y críticas.

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