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5 de julio de 1807, derrota inglesa en Buenos Aires

Batallas, guerras, contingencias, necesidades

El segundo capítulo de la resistencia porteña ante la prepotencia británica fue otro paso decisivo en el proceso que llevaría a la Revolución de Mayo.

Rubén Tonzar
Por: Rubén Tonzar
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Los ingleses se rinden por segunda vez ante los jefes criollos.

 

 

“Los detalles de este desastre, quizás el más importante que ha sufrido este país desde la Revolución Francesa, son terribles".

 

(Times, septiembre de 1807)

 

La guerra de los mares se venía gestando desde mucho antes, desde las revoluciones inglesa, antes, y francesa, después, pero en los primeros años del siglo XIX los hechos iban a precipitarse, como suelen hacerlo de vez en cuando. 

1804: la fragata de los Alvear 

El 9 de agosto de 1804 la fragata NSª de las Mercedes partió del Callao, junto con las fragatas Fama, Medea y Santa Clara, cargadas de oro, plata, telas de vicuña, quina y canela. La flota estaba comandada por el brigadier José de Bustamante, y su segundo era Diego de Alvear, quien regresaba a la península con su esposa y sus ocho hijos. Iba en la nave insignia Medea, junto al mayor, Carlos, y el resto de su familia viajaba en la NSª de las Mercedes.

Al amanecer del 5 de octubre, frente a la costa portuguesa, avistaron a cuatro fragatas inglesas que se dirigían hacia ellas. La flotilla formó a corta distancia y, contrariando todas las convenciones, sin aviso, sin provocación y en tiempo de paz, rompió fuego contra las españolas. 

En un momento del combate un cañonazo impactó en la santabárbara de la NSª de las Mercedes, que en parte se hundió y en parte voló: ante la mirada horrorizada de don Diego y de Carlos, perecieron la madre de familia y todos los hermanos. La Fama estaba desarbolada y los ingleses le tiraban a hundir. Los artilleros españoles, al contrario que los ingleses, no manejaban bien los cañones en la corta distancia. 

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La resistencia fue feroz, en cada calle, en cada casa. “Desde el hijo de España hasta el negro esclavo se armaron”, reconoció Whitelocke.

Así, la desventaja crecía a cada minuto, por lo que alargar el combate hubiera derivado en matanza: al mediodía, con 269 personas muertas y 80 heridos, el brigadier Bustamante rindió la escuadra. Las tres fragatas españolas que flotaban fueron capturadas con un botín de 500.000 monedas de oro y plata. El 14 de diciembre de 1804, España declaró la guerra a la Gran Bretaña. 

1805, Trafalgar

Desde 1796, por los tratados de San Ildefonso y Aranjuez, España y Francia eran aliadas: la primera procuraba recuperar Gibraltar y contener el tráfico inglés sobre la América hispana, y la segunda trataba de distraer a la flota británica mientras Napoleón acopiaba tropas para la invasión a la Gran Bretaña. Ambas aspiraban a librarse del bloqueo continental liderado por los británicos, con el apoyo de Austria, Rusia, Nápoles y Suecia. 

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Soldado de Patricios. El cuerpo, nacido en 1806, fue decisivo militarmente en las dos invasiones inglesas y políticamente en Mayo de 1810.

Pero además de que los británicos tenían ya la mejor de las flotas de guerra del mundo, algunas desinteligencias reiteradas entre el máximo comandante de la flota conjunta francohispana, el almirante francés Villeneuve, y su emperador, llevaron a las derrotas de Finisterre, en julio, y Trafalgar, en octubre. 

El almirante Nelson (herido y muerto en esta última batalla), al mando de una compacta flota de 27 navíos de línea y 4 fragatas con una dotación de 18.000 hombres, derrotó a un inconsistente bloque hispanofrancés con más de 40 navíos y 27.000 efectivos. Los británicos se dieron el lujo de capturar al propio almirante Villeneuve y su buque insignia, el Bucentaure, además de varias naves españolas y francesas.

Napoleón sobrellevó esos durísimos golpes en el mar con grandes victorias inmediatas en tierra, como Austerlitz, en diciembre de este mismo año. Pero para España, cuya flota venía en larga decadencia, las dos derrotas fueron demoledoras. De ahora en adelante, la comunicación entre la península y la América hispana y, sobre todo, el monopolio comercial que el imperio español pretendía mantener, estarían a merced de los navíos británicos.

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Invasiones inglesas a Buenos Aires, litografía de Madrid Martínez, 1807.

1806, Beresford 

Buenos Aires era todavía una aldea de doce manzanas de largo y ocho de ancho que conservaba, más de dos siglos después, la traza demarcada por Juan de Garay. Pero controlaba todo el comercio con el territorio interior del virreinato, incluyendo Potosí, la ciudad de la plata. Sin embargo, la desvencijada estructura económica colonial sufría ante el acoso externo, las guerras y conmociones de los imperios comerciales europeos. 

“En este momento, Buenos Aires forma parte del Imperio Británico”, publicaba el Times de Londres el 13 de setiembre de 1806. Era una noticia vieja: el 12 de agosto Beresford se había rendido y perdido la ciudad que controló durante un mes y medio. El héroe de la Reconquista fue un oficial francés, Santiago de Liniers (Niort, 1753), casado con la hija de Miguel de Sarratea, próspero comerciante porteño. Liniers se trajo 500 soldados desde Montevideo, desembarcó en las costas de Quilmes y sus tropas sumaron con un par de miles de milicianos antes de llegar a Los Corrales de Miserere. Allí derrotó a los ingleses y recuperó la ciudad. 

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Santiago de Liniers, primer virrey nombrado por un Cabildo.

Hay que anotar que Beresford no tenía una política específica para el Río de la Plata, solo trataba de ensanchar los dominios británicos recurriendo al sistemático recurso de la piratería, tan apreciado por su majestad. William Eden, barón de Auckland, escribió al primer ministro William Pitt: “Supongo que usted lamenta la catástrofe de Buenos Aires. Es extremadamente mortificante, pues nuestra guarnición estaba viviendo en los mejores términos con los españoles, nuestro comercio crecía rápidamente y, si hubiéramos decidido jugar el juego de la independencia, estoy seguro de que hubiéramos puesto en pie a todas las provincias españolas sin derramamiento de sangre ni convulsiones revolucionarias. Nunca me sentí más humillado. Muchos proyectos de la mayor importancia se han perdido para siempre”. 

O, quizás, no para siempre… El caso es que Buenos Aires empezaba a tomar autónomamente medidas que antes solo podía disponer régimen virreinal. Y, en esa medida, comenzaba a dejar de ser una colonia española. Solo dos días después de la Reconquista, un Cabildo Abierto denegaba la entrada al virrey Sobremonte, lo destituía y lo reemplazaba con Liniers. Más aún: los propietarios porteños tenían su propio regimiento, el de Patricios. Y, peor aún, de cuerpo armado iba a transformarse en partido político…

1807, en solo cuatro días

En el año de la segunda invasión hubo un hecho político inédito en la historia colonial: el 10 de febrero de 1807, la Audiencia de Charcas, el Cabildo porteño, jefes militares y vecinos notables hicieron un congreso y decidieron destituir definitivamente al virrey Sobremonte, además de ordenar su arresto. Solo cinco días antes, los ingleses habían capturado el puerto de Montevideo, derrotando a 6 mil soldados españoles que defendían la fortaleza. 

El almirante Lord Auchmuty y el general John Whitelocke mandaban 11 mil soldados y diez navíos de guerra, aunque con una táctica un poco diferente: traían más toneladas de productos de la industria inglesa que pertrechos militares. Whitelocke, al frente de 8 mil soldados y con veinte cañones, desembarcó en Quilmes el 1ro de julio. El 2 ya tomaba los Corrales de Miserere y el 3 sitiaba Buenos Aires. 

Whitelocke tenía la errónea información de que, tras la convivencia de más de un mes de las tropas inglesas con ciertos vecinos porteños en 1806, una parte considerable de la población lo recibiría bien. Por ello, en vez de mantener un sitio que rendiría en pocos días a la ciudad (bloqueada por tierra y por río), el 4 distribuyó su ejército en columnas y se lanzó al asalto inmediato. 

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Caricatura del Times en 1807. Whitelocke pregunta si han traído el chispero, y el diablillo le contesta: “Amigo, si te queda una chispa de coraje, toma esto”.

Y encontró una resistencia feroz, en cada calle, en cada casa. “Desde el hijo de España hasta el negro esclavo se armaron”, reconocería después ante el consejo de guerra que lo juzgó en Londres. Solo en el primer día perdió 2.400 hombres entre muertos, heridos y prisioneros. Al otro día, de madrugada, relanzó el ataque, solo para comprobar que al mediodía ya había sufrido otras 2 mil bajas y estaba rodeado. 

Al atardecer del 5 de julio de 1807, Whitelocke capituló en forma humillante. En el consejo de guerra posterior, el fiscal Richard Ryder fue terminante: “Fracasó completamente, lo que desvanece toda esperanza de abrir nuevos mercados a nuestras manufacturas”. El 14 de setiembre de 1807, la crónica del Times de Londres rezaba: “Los detalles de este desastre, quizás el más importante que ha sufrido este país desde la Revolución Francesa, son terribles”. 

La heroica resistencia del pueblo armado, que había consumado dos hazañas consecutivas, llevaría poco más tarde a la Revolución de Mayo. Este capítulo de la guerra anglo-española fue ganado por los que luego se llamarían argentinos. Pero los sucesivos capítulos serían todos de los ingleses, quienes recuperaron sus esperanzas de “abrir nuevos mercados”, y mucho más.