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A 34 años de la epopeya argentina en México 86

La gesta de México 86 supone una de las más luminosas de la historia del deporte argentino propiamente dicho, en la medida que reunió una gama de matices virtuosos cuya máxima expresión, Diego Maradona en sintonía celestial, se corresponde con la impronta que pudo haber sellado el guionista más ingenioso.

Fue el gran Mundial de Maradona, desde luego, pero también fue el gran Mundial de Carlos Bilardo y de unos cuantos jugadores para apuntalar la estrategia y facilitar el sublime despliegue del ‘Diez‘, del genio en su salsa.

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Una imagen inolvidable de Diego Armando Maradona levantando la copa en el Azteca de México.

Y fue, por cierto, el Mundial de Julio Grondona, en la medida que tuvo espaldas de sobra y convicción como para dar un simbólico puñetazo sobre la mesa y sostener presiones que, además de un sector de la prensa , emanaban de los dominios del presidente Raúl Alfonsín y en equis momento convirtieron a Bilardo en un entrenador con los días contados.

El rendimiento de la Selección, ciertamente, no había ayudado a disipar los fantasmas: fueron años de experimentación copiosa y un brumoso ensamble que derivó en una clasificación descolorida, sufrida y agónica.