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CAMPO DOÑA IRMA: DIVERSIFICACIÓN DE PRODUCCIÓN EN EL PARAJE EL RETIRO

El gran patio, cobijando amigos desde hace más de 70 años

Tras un recorrido de más de 122 km se llega a Miraflores, pueblo del departamento General Güemes, en El Impenetrable chaqueño. Caminos de tierra, en esta época convertida en fino polvo por el peso de los vehículos que la machacan una y otra vez. Así, liviana, la tierra se levanta y se posa en los árboles a la vera del sinuoso camino. Está fresco, el invierno se insinúa en todo el recorrido, la sequía aprieta esta zona árida.

Solo trece kilómetros separan este oasis de paz en pleno monte del pueblo de Miraflores. Hace más de 65 años que don Pablo González surcó estos montes, proveniente de un lugar llamado Las Marmitas, en Salta, y en estos parajes conoció a doña Irma Luna.

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El monte chaqueño bordea el camino.

Con el tiempo la familia creció, nueve hijos trajo a este mundo, aunque don Pablo ya tenía otros. Antes había estado en el paraje El 71, “en medio del desierto”, cuenta su hijo Roberto, “y después se vino más cerca porque no había escuela ni agua en esos montes”. Don Pablo era hombre de bombachas camperas, de sombrero y alpargatas, según lo describen sus hijos.

El gran patio de la casa de los González me recibió esa mañana con ladridos de perros, balidos de cabras y ovejas. Más lejos, se escuchan trinos de pájaros; el viento norte frío recorre el campo. En la chacra se avistan sembradoras y cultivadoras antiguas, de tiro de caballo, que aún se usan.

En el campo las visitas se aprovechan. El oficio del habla es una práctica a la que nadie se niega. Y eso hacemos, contar experiencias y vivencias. Roberto se quedó en el campo, aunque también tiene su casa en Miraflores. Damián y Gregorio con sus experiencias y quehaceres dan cuenta de la pelea de este campo y de estos campesinos que decidieron diversificarse, reconvertirse, con tal de no perder la tierra. Aquí están los verdaderos campesinos, y el apego por la tierra y por sus cosas se siente en todo. La pelea ante el brutal capitalismo está presente, aunque no se lo llame así, y esa pelea sea pura práctica. Si antes bastaba con sembrar y criar animales para autosustentarse, ahora la exigencia demanda pensar en alternativas, y los hermanos lo hacen.

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Los cabritos, dueños del paisaje.

Esta tierra es hermosa. Y el gran patio de Doña Irma no lo es menos. Lo presiden dos grandes algarrobos, un palo borracho y otro árbol al que los lugareños llaman “lecherón”. Más allá, corrales para vacunos y cabras. Más lejos, una gran represa, y tres pozos de agua dulce, tradúzcase potable, o al menos bebible. Mientras la conversación avanza, el cabrito cruje en el horno de barro. Los anfitriones ofrecen un recorrido por ese campo agreste, duro, como es la geografía chaqueña, pero no desprovisto de belleza. En ese marco, la charla es amena. Y siempre los perros, inseparables compañeros.

“No pensamos en vender, nunca”, es la frase más escuchada de boca de los hermanos González. No es una frase menor, en una zona donde las familiares agricultoras y criadoras han ido vendiendo sus campos y yéndose a vivir a los centros urbanos. Al mediodía, la mesa, muy antigua, ofrece la comida bajo n algarrobo: la chanfaina es la entrada, el pan con chicharrón y el cabrito, dorado y sabroso, la coronan. Después, la larga sobremesa.

LA LÍDER, DOÑA IRMA

“Cosechen amigos, nunca dejen a los viajantes sin techo; nunca dejen de reunirse y nunca dejen que alguien que llegue se vaya sin invitarle, aunque sea mate, porque nunca se sabe de quien se necesitará el día de mañana’, nos dijo la mamá”, cuenta Roberto. Gregorio agrega: “Mamá siempre atendía a la gente que llegaba a la casa, a los troperos (que venían arreando vacunos de Misión Nueva Pompeya y de otros parajes) y mucha gente se quedaba a hacer noche y al otro día ella le daba una torta y un pedazo de queso o quesillo para el viaje y siempre en el zarzo había unos cuantos quesos de cabra y vacunos”.

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Doña Irma y Don Pablo.

“Era una líder natural la mamá”, dicen los dos, y a Roberto se le llenan los ojos de bellos recuerdos. Es fácil imaginarse a doña Irma.

“En esos tiempos el fuego nunca se apagaba, una costumbre ancestral de los pobladores rurales, se tapaba el fuego con ceniza para que amanezcan brazas y así continuaba su ciclo interminable”, recuerda Diego Godoy, nieto de don Pablo González. Tan profundo fue el legado de doña Irma, que hasta el día de hoy todos los hermanos se juntan en el campo.

“Las frazadas las hacía ella misma hilando la lana de las ovejas y las teñía con plantas del monte y luego las tejía; dejó para cada uno de nosotros una frazada”, cuentan. “Ella andaba todo el día, que ya atendía las cabras, que ordeñaba, y así nunca estaba quieta”.

Gregorio añade más datos sobre doña Irma: “Mamá tenía una gran quinta, sembraba zanahorias, tomates, lechuga y morrones. A los morrones lo hacía secar bien en el horno, después los molía en el mortero y hacia pimentón casero”. Además, Gregorio invita a la gente a conocer el lugar.

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Un vuelo sobre los calantes.

DIVERSIFICAR LA PRODUCCIÓN DEL CAMPO

Hace tiempo, el campo familiar estuvo a punto de perecer, los nuevos vientos habían llegado y no eran buenos. Los hermanos González tejieron acuerdos avizorando los grandes cambios a los que los tiempos obligan para seguir.

“Y nos dimos cuenta de que teníamos que apuntar a varias cosas a la vez, el tiempo del ganado criollo y el chivo de poca raza había terminado, el trabajo en el monte tampoco rendía”, explican. Entonces, lo primero fue la producción de ladrillos: “Hace ya 12 años que producimos ladrillos, antes un excuñado nuestro nos propuso comenzar en la miel y así se inició con un pequeño apiario”, recuerda Roberto.

Son 660 hectáreas, todo bajo alambre. “Mejoramos la raza de los caprinos, la de los vacunos”, cuenta Roberto. “Nadie quiere vender, buscamos una mejor calidad de vida para todos”, así que Campo Doña Irma ofrece ahora también un lugar para eventos y los hermanos comienzan a incursionar en el ecoturismo. También planifican tener un criadero de cerdos y otro de pollos.

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Los hermanos y las frazadas tejidas por Doña Irma.

LA APICULTURA

Vicente Godoy, para los amigos “Cushico”, es uno más de la familia; incansable, recorredor de caminos, hombre de muchos recursos. Él se dedica a las abejas: “Comencé en el 2000 con 12 colmenas, de manera muy humilde, era muy difícil conseguir el material, pero el tiempo pasó y ahora tengo unas 200 colmenas”, cuenta Godoy. “Estamos agrupados y somos 40 personas que nos dedicamos a la apicultura; yo soy técnico práctico de campo, es decir, asisto a productores; y nos ha ido bien, aunque de manera exponencial con el corredor de la miel del Chaco e inclusive exportamos miel a Europa mediante una cooperativa de Santiago del Estero que nos compra miel (La copsol)”, cuenta, y remata: “Francia y Alemania recibieron miel de El Impenetrable”.

Además, explicó que ahora es miel certificada. Miel pura y orgánica. Se vende en tambores de 300 kilos. “Aunque también en pequeños envases en Miraflores y Castelli”. Y tienen ofertas de compras desde Ushuaia, inclusive. Vicente tiene ahora tres apiarios, en los que se ocupa particularmente de septiembre a octubre, cuando es la cosecha de miel para exportación.

Tiene en proyecto “salvar la melipona, que es la abeja sin aguijón (en la zona hay variedades conocidas por pobladores rurales como rubito, yana, moromoro y alpamiski, entre otras) porque su miel también puede ser comercializada”, aclara. “La gente tiene que cuidar de la naturaleza, porque del monte también se puede vivir”, recomienda Vicente. “Se puede; y es una oportunidad y una mejor calidad de vida” ratifica, antes del consejo: “Aprendamos a cuidar la abeja, ella ayuda a un mayor crecimiento de la flora y no compite con otra especie, es un activador de la polinización y por lo tanto un agente que facilita la reproducción de la flora”.

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Algarrobos tendidos y en pie.

EL ECOTURISMO

“No cortamos ni un solo palo más”, jura Gregorio. Los algarrobos son centenarios, y los años se han ido sumando en sus gruesos tallos. Muchos arbustos y palmas pueblan el campo. “Es otra oportunidad más, ofrecemos este servicio para quien quiera venir a pasar un día o dos a pleno campo, a sentir sus olores y sabores, podrán hacer senderismo, andar a caballo, podrán ver como se hace el pan casero y luego degustarlo con un rico cabrito al horno, vivenciar las viejas costumbres”, cuenta Diego, que es sobrino de los González y promociona la iniciativa del ecoturismo
o turismo rural en la que se embarcó la familia.

“La gente necesita salir del cemento y pasar un día de campo, tenemos las condiciones en distancia, comodidad, electricidad y rusticidad, paseo en bicicleta, o a caballo y caminar por el campo”, sigue Diego. “Estamos trabajando una excursión que se llama Chaco Manta, (junto a Tantanacuy –Un prestador de Ecoturismo con años de experiencia) por las mantas que hacia mi abuela. Es un viaje en el tiempo; la gente que venga sentirá el Chaco profundo; pueden disfrutar de una yerra, porque es parte importante de la cultura de los campos”, agrega Diego. “Que disfrute de la flora, de los algarrobos centenarios, de la fauna, ya que nosotros estamos cuidando siempre de no realizar acciones que pudieran dañar ese entorno, que trate de no influir en ese ambiente”. Diego apunta que, en esa libertad en medio de la naturaleza, caminando por el campo el visitante podrá avistar osos hormigueros, charatas, oso meleros. “La idea es que el turista pueda encontrarse con esa paz dulce, amena y rústica de los campos de la zona”.

El gran patio...

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Una escena típica del campo Doña Irma.

VACUNOS Y CAPRINOS

Damián y Roberto son los encargados de este trabajo; Roberto González recuerda: “En el 2005 fui a la exposición de chivos y cuando vine me di cuenta del cambio en genética, de que hay que invertir en genética. Antes esperábamos unos cinco meses para comer un cabrito de 5 kilos, en cambio, con la mejora de la clase de los animales, ese tiempo no alcanza el mes”, cuenta. Desde el 2005 invirtieron en un reproductor de raza Boer, “buena genética”, un puro de pedigrí Millenium.

“A los 25 o 30 días ya se puede degustar a un rico cabrito”. Cuenta “Quiero llegar a una genética de primer nivel como los cabañeros”. Los cabritos también se venden a particulares.

Roberto insiste en la necesidad de hacer cambios en la forma de producir: “Antes teníamos los corrales sin limpiar, y ahora los limpiamos; como el patio de la casa, limpio; se hace sanidad, a los siete días se les pone la primera vacuna, uno aprende de otros; del contacto, con capacitaciones de los veterinarios”. Ciertamente, la majada mejoró, se observan en el corral ejemplares de raza Boer y Anglonubian. También cría ovejas de excelente genética.

Damián González: “Primero comenzamos criando vacunos mochos negros (Brangus) y ahora con los mochos pampa (Braford). Este animal se adapta a la zona, es más manso y está adaptado más a campo; y hacemos sanidad tres veces por año”. Remarca: “estamos en pleno cambio”.

Damián se explaya hablando de una de las actividades que más gusta en el campo, la yerra (que suena ierra en la entonación de los lugareños). En el Campo Doña Irma se hace “Cada año por medio, y vienen musiqueros, se come asado, vienen los changos para el trabajo de pialada y marcada”, sonríe. “Hasta la noche nos quedamos; meta acordeón y algunos hasta bailan. Se hace un sábado para un domingo”, y deja entrever una costumbre arraigada en los lugareños: “Si uno tiene 100 terneros para marcar, cómo no vas tener uno para compartir con amigos”, acentúa Damián en su amabilidad.

“Mi padre siempre hacía yerra, siempre hubo hospitalidad, y descansaban acá los troperos, hasta Miraflores o Castelli se llevaban con arreo, corneta y acá se separaban los vacunos; comían se quedaban a dormir. Se comía asado y se tomaban algunos tragos. Mi padre era muy conocido en la zona. Siempre había una cama para el viajero en esta casa”, cuenta.

La noche llegó sin que nos diéramos cuenta. Era hora de volver. El sol bañó las viejas maquinarias agrícolas, se colgó en la represa y se perdió detrás de los algarrobales. Me fui, pero pensé que nunca se apaga el fogón de doña Irma, y creo que aun hoy persiste más vivo que nunca: el fuego de la vida y la amistad. Las frases golpean en mí, y una resume lo que es la vida y la práctica de los hermanos González en su resistencia rural: “No vender el campo y hacer varias actividades a la vez y que el campo genere un mejor pasar económico para todos los hermanos”. Hasta siempre, campo Doña Irma.

Informaciones sobre ecoturismo: 3644-593275; otras actividades: 3644-596571

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