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Olegario café-restobar y la historia de sus antecesores

Capuchino, de Francis Roldan, nació compitiendo con La Biela. Su inauguración fue con mozos de guantes blancos y toda la pompa.

Así y todo Capuchino no pudo con la ma- gia de su competidor de Güemes 183. De allí en más, debe ser el bar que más cambios de dueños y dise- ños tuvo. Los más famosos fueron el Alacris de Richard Rouss, Cerrudo y Chocolate Asayag. Richard fue quien continúo a sus socios. El Alacris tuvo su trascen dencia junto con el Veredes después del traslado de La Biela, pero con la particularidad de que Richard, dedicó mucho de su saber en gastronomía al servicio del cliente, con la inteligencia de tomar a muchos de los mozos de La Biela, que ya tenían escuela en lo suyo. Trabajaba a full con la gente.

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Richard Rouss se alejó de la ciudad para continuar con negocios de gastronomía en Neuquén y Posadas, y regresó a esta para renovar y hacerse cargo de La Biela.

Otro que incursionó en ese lugar fue el Tano Torre, con Titín Benítez como proyectista de un nuevo bar, y lo renovó de tal modo que parecía de otra historia. Lo pintó de rojo y lo adornó de cañas de bambú, todo en rojo. Pasada esta época, quien tomó la posta y le dio otro carisma fue el “Tano” To- nutti (en principio asociado al Gringo Freschi y después solo). Tras varios cambios de nombres y formas, el “Tano” abrió Ángelo, que también tuvo su trascen- dencia, por la gran atención y dedicación.

El “Tano” siguió con la mística del lugar, que entre cosas consistía en compar- tir la mesa con los habitués. Esto te daba un lugar y una comodidad que te hacía pensarte un poco dueño del bar. Al convertirse en restobar, como es actualmente, se distingue por la buena gastronomía, el buen café, la mejor compañía, la reunión de amigos, la mejor aten- ción y el clima distendido.

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Hace poco menos de cuatro años, en octubre de 2016, dos amigos tomaban la posta y le daban una tónica similar a la anterior, pero con un gusto refinado y revalorizando el lugar. Los emprendedores son Carlitos Rusconi y Santiago Sada. Le pusieron toda la onda y las mejores ideas, lo aclimataron con fotos viejas de la ciudad y con publicidades de antaño que le dan ese aire a bar vintage.

Tenían que ponerle un nuevo nombre y la idea fue gestándose. Carlitos se inspiró en un nombre tradicional de Resistencia y muy caro a sus sentimientos: “Pongámosle Olegario”, dijo, como la famosa sastrería, que por años vistiera a los resistencianos. “¿Y qué tiene que ver?”, dirá el lector.

Todo tiene que ver: el padre de Carlitos, Carlos Rusconi, era uno de los dueños de la sastrería Olegario, y como homenaje a su padre y aquel negocio emblemático de Resistencia el bar lleva ese nombre, para dar continuidad a la tradición de la ciudad. El gran valor comercial de aquella afamada sastrería era su atención personalizada y estar al día con el gusto de la moda.

En otro rubro la costumbre es la misma. El Olegario café-restobar dio continuidad a aquella historia que atesoraba el lugar, renovando su aspecto y recibiendo nuevamente a los habitué y a los nuevos amigos que se acercaron a compartir los desayunos mañaneros y aperitivos del mediodía, con almuerzos frugales y noches eternas de charlas con una buena cena y el maridaje del mejor vino. Hoy, por razones de pandemia, se ha reconvertido en delivery al mediodía y a la noche. Seguramente esta pesadilla pasará y los días que nos quedan por delante serán bienvenidos en Ole- gario café-restobar.

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