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Un mundo con una economía más verde

La propagación a escala global del coronavirus ha generado alteraciones políticas, económicas y sociales en todo el planeta, con repercusiones en la salud, el trabajo, las finanzas, la educación y otras áreas no menos importantes del quehacer humano. También dejó en evidencia el grave problema de la degradación ambiental y la necesidad de pensar un nuevo modelo de producción que respete los equilibrios ambientales y de diseñar políticas públicas que ayuden a reducir la creciente desigualdad social.

Desde organizaciones ambientalistas como Greenpeace hasta instituciones como el Fondo Monetario Internacional han alzado la voz esta semana para alertar sobre la necesidad de generar cambios profundos y así evitar lo que algunos expertos llaman el colapso ecológico al que marcha el planeta por la sobreexplotación de los recursos, la contaminación ambiental y las grandes cantidades de residuos que genera el alto consumo en todo el planeta. Greenpeace, por ejemplo, presentó el documento “Darle la vuelta al sistema”, a la que define como una propuesta transformadora para que el planeta pueda reponerse de los estragos provocados por el coronavirus y, a la vez, afrontar mejor la crisis ecológica.

El Fondo Monetario Internacional, por su parte, lanzó la iniciativa bautizada “El Gran Reinicio” (The Great Reset, en inglés) en colaboración con el Foro Económico Mundial con el objetivo construir una sociedad más justa. El documento de Greenpeace asegura que cada vez hay más evidencias científicas que apuntan a la estrecha relación entre la salud del planeta y la humana, y esto hace que sea imprescindible repensar el modelo económico actual, para salir fortalecidos de esta crisis. Por eso propone replantear todas las prácticas, especialmente las económicas. Desde el Fondo Monetario, su titular Kristalina Georgieva, coincide en señalar la necesidad de generar cambios estructurales, remarcando que el mundo después del coronavirus “debería ser verde, inteligente y justo”. Advierte que 170 países terminarán este año con una economía más pequeña que a principios de año y se proyecta que habrá más deuda, mayores déficits y desempleo. Por eso remarca que existe un riesgo muy alto de más desigualdad y más pobreza, a menos que se adopten medidas para evitar esos problemas, como por ejemplo orientar las inversiones públicas en proyectos verdes, dar incentivos a la iniciativa privada para apoyar el crecimiento bajo en carbono y resistente al clima, a la vez que contribuyan a la recuperación de empleos. En opinión de la titular del FMI, para lograr un crecimiento más inteligente de la economía, también hace falta que la inversión pública se enfoque a reducir la brecha digital, para que las personas que aun no tienen acceso a las nuevas tecnologías puedan integrarse a la economía digital y entre todos los gobiernos, asegurarse que el salto en el crecimiento y la rentabilidad en el sector digital genere beneficios compartidos en las sociedades.

El FMI también propone un crecimiento más justo en donde los esfuerzos estén orientados a promover la inversión en las personas, en el tejido social, en el acceso a oportunidades, en la educación para todos y en la expansión de programas sociales para cuidar a las personas más vulnerables. ¿A qué se debe este giro en las opiniones del FMI, un organismo duramente criticado por las políticas de ajuste que aconsejó durante muchos años? El cambio de postura en el organismo pudo anticiparse, de alguna manera, en la Conferencia sobre Nuevas Formas de Solidaridad, Inclusión e Integración que se realizó en febrero pasado en el Vaticano, a instancias del Papa Francisco, y que contó con la presencia de la propia Georgieva, el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz; el ministro de Economía argentino, Martín Guzmán, entre otras personalidades y funcionarios de distintos países. En el encuentro, organizado por la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, el Papa puso la lupa sobre un sistema que apuesta por “recortes de impuestos para las personas más ricas, justificados muchas veces en nombre de la inversión y desarrollo”, mientras permite la existencia de “paraísos fiscales para las ganancias privadas y corporativas, y corrupción por parte de algunas de las empresas más grandes del mundo, no pocas veces en sintonía con el sector político gobernante”.

El mundo tiene una oportunidad para cambiar. Es de esperar que los líderes de la comunidad internacional comprendan la importancia de construir un nuevo contrato social que honre la dignidad de cada ser humano.

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