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Antes de Mayo

En 1776 se habían independizado las 13 colonias británicas en América del Norte, en 1789 estalló la Gran Revolución francesa, en 1804 se produjo la Revolución Haitiana, donde la independencia de un territorio y el fin de la esclavitud se unieron en un acto. Era un tiempo de crisis, guerras y revoluciones. El Gran Corso dominaba en la Europa continental y las flotas de guerra y mercante de Su Majestad británica en los mares de todo el mundo.

En 1806 y 1807 los ingleses invadieron Buenos Aires y en 1808 las tropas Napoleón ocuparon España. Campesinos españoles y criollos rioplatenses se levantaron contra los ejércitos más poderosos de su tiempo y los derrotaron. La familia real borbónica iba a pasar los años de la guerra en una propiedad de Talleyrand en Valencia, reverenciando a Napoleón, mientras España lo resistía heroicamente… en nombre del rey. Los criollos rioplatenses habían formado sus propias fuerzas armadas, y exigían el derecho de autogobernarse… en nombre del rey. 

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En aquellos días, un grupo de agitadores autodenominado “La legión infernal” controlaba el acceso a la plaza del cabildo y alejaba a quienes se opusieran a un gobierno criollo (La Revolución de Mayo, óleo de Francisco Fortuny).

En ambos casos quedaba probada la impotencia y la vetustez del régimen monárquico español. En la península y en el Río de la Plata habían surgido respuestas políticas originales e inusuales para superar la crisis: Juntas que dirigían cuerpos armados de guerrilleros en España, fuerzas armadas que actuaban como partidos políticos en Buenos Aires. Y llegó el mes de mayo…

Mayo de 1810, la otra historia de nuestra Revolución fundadora

Por Felipe Pigna*

Martes 22 de mayo

En el día decisivo de la semana, la Plaza de la Victoria presentaba, según un testimonio anónimo, el siguiente aspecto:

En el día 22 se vieron porción de Patricios y otros con cintas blancas y el retrato de Fernando VII; y estos mismos al siguiente día aparecieron también con un ramo de olivo en el sombrero [...] habiéndose notado que una parte crecida de Patricios estuvieron armados de pistolas y puñales debajo de sus vestidos, los cuales sostenían que se depusiese al virrey.

Saavedra recuerda:

Las tropas estaban fijas en sus respectivos cuarteles con el objeto de acudir donde la necesidad lo demandase. La Plaza de la Victoria estaba llena de gente y se adornaban ya con la divisa en el sombrero de una cinta azul y otra blanca, con el primor que en todo aquel conjunto de pueblo no se vio el más ligero desorden.

Los muchachos estaban al mando de Eustaquio Díaz Vélez y con la ayuda de la Legión Infernal trataron de evitar el ingreso de algunos cabildantes partidarios del virrey. Y lo lograron, según lo cuenta el principal damnificado, Cisneros:

Había yo ordenado que se apostase para este acto [el cabildo abierto] una compañía en cada bocacalle de las de la plaza a fin de que no se permitiese entrar en ella ni subir a las Casas Capitulares persona alguna que no fuese de las citadas; pero la tropa y los oficiales eran del partido; hacían lo que sus comandantes les prevenían secretamente y estos les prevenían lo que les ordenaba la facción: negaban el paso a la plaza a los vecinos honrados y lo franqueaban a los de la confabulación; tenían algunos oficiales copia de las esquelas de convite sin nombre y con ellos introducían a las casas del Ayuntamiento a sujetos no citados por el Cabildo o porque los conocían de la parcialidad o porque los ganaban con dinero, así es que en una ciudad de más de tres mil vecinos de distinción y nombre solamente concurrieron doscientos [...] Un considerable número de incógnitos, que envueltos en sus capotes y armados de pistolas y sables, paseaban en tomo a la plaza arredrando al vecindario, que temiendo los insultos, la burla y aun la violencia, rehusó asistir, a pesar de las citaciones del Cabildo. Bajo el pretexto de fidelidad, de patriotismo y de entera unión entre americanos y europeos, se descubrían sin disimulo los designios de independencia y de odio a todos los buenos vasallos de S.M.

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Cabildo de Buenos Aires. La desintegración del régimen monárquico potenció las instituciones municipales y llevó a la constitución de gobiernos locales (Acuarela de Carlos E. Pellegrini).

También los miembros de la Audiencia dirían lo suyo:

Se celebró la Junta del 22 notándose en ella la falta de muchos vecinos europeos de distinción, y cabezas de familia, al paso que era mucho mayor la concurrencia de los Patricios, y entre ellos un considerable número de oficiales de este cuerpo e hijos de familia que aun no tenían calidad de vecinos. Multitud de conferencias y especies subversivas precedieron la votación.

Pero los «puIperos» y demás colados en el Cabildo no podían emitir sufragios, ya que se votaba estrictamente según el padrón y a viva voz, siguiendo la lista. Sí impidieron que algunos vecinos que hubiesen votado por la continuidad del virrey no pasaran el «derecho de admisión» de la Legión Infernal. Poco después de las nueve de la mañana dio comienzo el cabildo abierto (…) El primero en hablar fue el más enérgico defensor de los derechos de España sobre estas tierras, el obispo asturiano don Benito de Lué y Riega,55 quien sostuvo:

No solamente no hay por qué hacer novedad con el virrey, sino que aun cuando no quedase parte alguna de la España que no estuviese sojuzgada, los españoles que se encontrasen en la América deben tomar y reasumir el mando de ellas y que este solo podría venir a manos de los hijos del país cuando ya no hubiese un español en él. Aunque hubiese quedado un solo vocal de la Junta Central de Sevilla y arribase a nuestras playas, lo deberíamos recibir como al Soberano.

Le salió al cruce Castelli (…) “El señor Lué nos trae una singular novedad. Los hijos no heredan a sus padres. Los extraños, los prójimos, los mercaderes que no han hecho jamás otra cosa que chupar el jugo de nuestra tierra, esos son los herederos. Nadie ha dicho jamás un absurdo más ridículo ni más falso, y ahí atrás tiene el obispo las leyes que lo desmienten. Esas leyes declaran que los hijos legítimos son los herederos forzosos y únicos de los padres; y como aquí no hay más que herederos, ni conquistadores o pobladores que nosotros, es falso que el derecho de disponer de nuestra herencia, hoy que la madre patria ha sucumbido, pertenezca a los españoles de Europa y no a los americanos. [...] Pero el señor Lué ha dirigido otro grande ataque contra el legitimo derecho de las naciones; ha sostenido, sin sospecharlo, que debemos someternos a Napoleón, por el sagrado e inajenable derecho de conquista. ¿Quién ha conquistado España? ¿Quién ocupa todas sus provincias y quién manda a la gran mayoría de los españoles? El obispo no nos negará que es Napoleón. Luego, si el derecho de conquista pertenece, por origen y por jurisdicción privativa, al país que conquista, justo sería que España comenzase por darle la razón al reverendo obispo abandonando la resistencia que hace a los franceses y sometiéndose por los mismos principios con que se pretende que los americanos se sometan a las aldeas de Pontevedra. La razón y la regla tienen que ser iguales para todos. Pero hay desatinos que no se discuten.

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El cabildo abierto del 22 de mayo mostró la decisión de constituir una Junta de Gobierno elegida por los vecinos de Buenos Aires (óleo de Pedro Subercaseaux).

“Aquí no hay conquistados ni conquistadores, aquí no hay sino españoles. Los españoles de España han perdido su tierra. Los españoles de América tratan de salvar la suya. Los de España que se entiendan allá como puedan y que no se preocupen, los americanos sabemos lo que queremos y adónde vamos, aunque el señor obispo no lo sepa ni quiera seguirnos”.

Es muy interesante leer el informe posterior de la Audiencia, leal al virrey, sobre el brillante alegato del revolucionario Castelli:

[...] puso empeño en demostrar que el Superior Gobierno de España había caducado, deduciendo de aquí su ilegitimidad y la reversión de los derechos de la Soberanía al pueblo de Buenos Aires y su libre ejercicio en la instalación de un nuevo gobierno.

Castelli hacía gala de una exquisita cultura política y ponía claramente en aprietos a los partidarios del virrey. Los patriotas habían montado un dispositivo, descripto de esta manera años más tarde por Belgrano, con cierta nostalgia:

[...] es preciso, hablando verdad, hacer justicia a don Cornelio Saavedra. El congreso celebrado para discernir nuestra situación y tomar un partido en aquellas circunstancias debe servir eternamente de modelo a cuantos se celebren en todo el mundo. Allí presidió el orden; una porción de hombres estaban preparados para, a la señal de un pañuelo blanco, atacar a los que quisieran violentarnos; otros muchos vinieron a ofrecérseme, acaso de los más acérrimos contrarios, después, por intereses particulares; pero nada fue preciso, porque todo caminó con la mayor circunspección y decoro. iAh, y qué buenos augurios! Casi se hace increíble nuestro estado actual. (…)

La sesión continuó calentita hasta que se impuso la fórmula de votación:

Si se ha de subrogar otra autoridad a la superior que obtiene el Excelentísimo Señor Virrey dependiente de la soberanía, que se ejerza legítimamente en nombre del Señor Don Fernando VII y en quién. (…)

¿Pero cómo se componían esos dos grupos de votantes? Del lado de los continuistas había dos fracciones: los extremistas, liderados por el obispo Lué, aportaron 59 votos y los «moderados», encabezados por los sacerdotes Calvo y Colina, que querían esperar la opinión de las provincias para tomar una resolución, solo ocho.

Del lado contrario se dio una alianza entre los liberales españoles y los patriotas. Entre los primeros se destacaba Ruiz Huidobro, quien propuso formar una junta elegida por el Cabildo y subordinada a la autoridad que representara a Fernando en la Península. Fue apoyado por Chiclana, Vieytes, Viamonte, Rodríguez Peña y Balcarce y obtuvo 32 votos. La propuesta de consultar al resto de las provincias antes de formar una junta de gobierno, planteada por Cervino, solo obtuvo dos votos, mientras que 125 votaron por instalar una junta de gobierno; entre estos, 120 apoyaron la moción de que fuera el Cabildo el encargado de formar esa junta y nombrar a sus integrantes, mientras que otros cinco, entre ellos Ramón Vieytes, Juan José Castelli y Matías Irigoyen, se pronunciaron porque esa junta fuese electa directamente por el voto popular, desconfiando absolutamente del Cabildo manejado por los sectores más reaccionarios de la ciudad.

Lo votado el 22 puede resumirse en cuatro puntos:

1. Que el Excmo. Sr. Virrey debe cesar en el mando,

2. y recaer este provisionalmente en el Excmo. Cabildo, 

3. hasta la erección de una Junta que ha de formar el Excmo. Cabildo en la persona que estime conveniente,

4. la cual [Junta] haya de encargarse del mando mientras se congregan los diputados que se han de convocar de las provincias interiores para establecer la forma de gobierno que corresponda.

Miércoles 23 de mayo

Al día siguiente la contrarrevolución se puso en marcha. Los hombres del virrey habían desvirtuado lo votado y habían volcado en el acta lo siguiente:

[...] de haber a pluralidad de votos cesado en el mando el Exmo. Sr. Virrey, no sea separado absolutamente, sino que se le nombren acompañados, con quienes haya de gobernar hasta la congregación de los diputados del virreinato: lo cual sea, y se entienda, por una Junta compuesta de aquellos, que deberá presidir, en clase de vocal, dicho Señor Exmo [...]  

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El presidente de la primera junta, Cornelio Saavedra, fue el jefe del cuerpo de Patricios, la fuerza político-militar que condujo todo el proceso.

Inexplicablemente se demoró la difusión del acta y contará Saavedra:

La noche se acercaba y el Cabildo permanecía aun en la sala capitular a puerta cerrada, sin dar el bando por escrito para su publicación. El pueblo, reunido en la plaza y calles inmediatas, principió a entrar en sospecha con esta demora. En precaución de resultas, don Manuel Belgrano y yo nos entramos a dicha sala capitular. Hicimos presente el desabrimiento del pueblo [...]. Entonces nos manifestaron que la demora era porque acababan de acordar que, al mismo tiempo, se publicase la creación de la junta de gobierno y los individuos que para ella habían sido nombrados. El mismo virrey Cisneros era nombrado presidente de ella y los vocales europeos españoles, excepto el mismo don Manuel Belgrano y yo, que también entrábamos en ella.

Conscientes del peligro que se avecinaba, las autoridades del Cabildo ordenaron al jefe de correos que no permitiera la salida de ninguna carta hasta nuevo aviso, para evitar que se conociera en el resto del virreinato lo resuelto el 22 de mayo, para evitar el efecto contagio.

Jueves 24 de mayo

La Junta contrarrevolucionaria estaba presidida por el virrey e integrada por cuatro vocales: los españoles Juan Nepomuceno Sola, cura rector de la parroquia de Nuestra Señora de Monserrat, y José de los Santos Incháurregui, comerciante, y los criollos Juan José Castelli y Cornelio Saavedra. El acta capitular establecía una de las cosas que más le importaban a Cisneros:

[...] cuya corporación o Junta ha de presidir el referido Sr. Exmo. Virrey con voto en ella; conservando en lo demás su renta y altas prerrogativas de su dignidad, mientras se erige la Junta general del virreinato. [...]

Esto provocó la reacción de las milicias y el pueblo. Castelli y Saavedra, que no habían sido siquiera consultados, renunciaron a integrar el engendro. Dirá Saavedra:

Nos opusimos seriamente a aquel proyecto; dijimos que antes de anochecer convenía el pueblo se retirase a sus casas, impuesto solamente de que el virrey ya no mandaba y que el Cabildo quedaba encargado de aquella autoridad; que el nombramiento de las personas de que había de componer aquella junta de gobierno debía diferirse para el día siguiente, advirtiéndoles no recayese dicho nombramiento en ninguno de los que veíamos electos en aquel acto, porque no eran del agrado del pueblo, a quien era conveniente evitar toda ocasión de inquietud y desabrimiento porque podía traer resultados desagradables.

Eso que llaman pueblo

(…) la cosa se ponía cada hora más caliente. Los muchachos sediciosos volvieron a reunirse en lo de Rodríguez Pena y a pedido de French y de Beruti redactaron una representación dirigida al Cabildo, diciendo que

[...] habiendo el Cabildo excedido las facultades que el pueblo le había dado en la elección de la Junta y el nombramiento del señor Cisneros para presidente con el mando de las armas, ya no era bastante que a este se lo separase del mando. El pueblo había reasumido las facultades que confería al Cabildo el día 22 por el hecho mismo de haber sido violado su encargo: no quería ya que subsistiese la junta nombrada, y en remplazo de ella, quería que se constituyese otra en esta forma: presidente y comandante de armas: Cornelio Saavedra; vocales Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Alberti, Matheu y Larrea; secretarios, Moreno y Paso. [...]

El petitorio fue firmado por 400 vecinos, de los más «sanos y principales». Por la noche una delegación encabezada por Castelli y Saavedra se presentó en el Fuerte para entregarle sus renuncias a la junta «trucha» y comunicarle el grave estado de conmoción que se vivía en las calles y en los cuarteles. (…) El virrey fue obligado a emitir el siguiente comunicado al Cabildo:

“En el primer acto que ejerce esta Junta gubernativa, ha sido informada por dos de sus vocales de la agitación en que se halla alguna parte del pueblo, por razón de no haberse excluido al Exmo. Señor Vocal Presidente del mando de las armas: lo que no puede ni debe ser, por muchas razones de la mayor consideración. Esto le causa imponderable sentimiento y motiva a trasladarlo a su conocimiento para que proceda a otra elección en sujetos que puedan merecer la confianza del pueblo, supuesto que no se la merecen los que constituyen la presente Junta; creyendo que será el medio de calmar la agitación y efervescencia que se ha renovado entre las gentes”.

Eran las doce de la noche de aquel 24 de mayo de 1810 cuando el peón de Cisneros en el Cabildo, el principal operador de la contrarrevolución, fue despertado a los gritos por una delegación que exigía verlo para entregarle la renuncia que acababan de obtener de Cisneros y el petitorio dirigido al Cabildo. En un primer momento, Leiva se quiso hacer el guapo y se negó a aceptar los papeles, argumentando que no eran horas. Pero cuando con su candil pudo alumbrar las caras de sus visitantes, se calmó y prometió convocar al Cabildo para el día que comenzaba y que se trataría el petitorio.

Cisneros dice: [...] los comandantes anduvieron en la misma noche por sus respectivos cuarteles juntando a viva diligencia firmas de sus oficiales, sargentos y cabos para pedir mi entera separación a nombre del pueblo. Aunque varios oficiales resistieron prestar su firma, la arrancaron a los más e introdujeron su solicitud aquella misma noche al Cabildo, inspirando a los capitulares nuevos motivos de temor con diferentes amenazas.

Las acciones de agitación se prolongaron hasta la madrugada e incluyeron la recorrida de French, Beruti, Melián, Martínez y Chiclana por los suburbios, convocando a la gente a la plaza para la mañana del 25. Las consignas eran mueras al virrey y a los traidores regidores del Cabildo (…).

Viernes 25 de mayo

Todo parece indicar que contradiciendo a la famosa canción que hablaba del sol del 25 que venía asomando, aquel día de mayo de 1810 amaneció lluvioso y frío aunque, claro, la «sensación térmica» de la gente era otra. Grupos de vecinos y milicianos encabezados por Domingo French y Antonio Beruti se fueron juntando frente al Cabildo a la espera de definiciones. (…) Cuando los hombres de la Legión Infernal se percataron de que agentes de Cisneros se estaban infiltrando en la muchedumbre, French y Beruti pidieron a su gente que llevaran en los pechos distintivos. Cuenta un testigo anónimo: «En dicho día se vio que en lugar de las cintas blancas del primer día, y ramo de olivo del segundo que se pusieron los de la turba en el sombrero, gastaron cintas encarnadas». Es decir: cintas hubo, pero ni celestes ni blancas, y si las queremos comparar con algo actual, no pensemos en actos escolares, sino más bien en los brazaletes de quienes se encargan de evitar colados indeseables en una marcha de protesta o un piquete.

(…) El cuartel general de los patriotas se estableció en la casa de Azcuénaga, situada en la esquina de las actuales Hipólito Yrigoyen y Defensa, con excelente vista a la propia Plaza Mayor. Siempre se quiso envolver en misterio lo que pasó aquel histórico 25 de mayo, pero vamos a recordarlo paso a paso.

El Cabildo se reunió a las 9 y trato en primer lugar la renuncia de Cisneros. Los recalcitrantes que todavía dominaban la institución intentaron resistir y, a través de Leiva, argumentaron que el Cabildo no estaba en condiciones para delegar la autoridad. Con su habitual espíritu «democrático», opinaron que el petitorio presentado por el pueblo no debía influir en las decisiones. Seguidamente, aunque usted no lo crea, propusieron que la finada junta trucha presidida por Cisneros reasumiera sus funciones y que los comandantes se dispusieran a reprimir el descontado desborde popular a sangre y fuego y a fusilar a algunos cabecillas como escarmiento.

Los muchachos reunidos en lo de Azcuénaga tenían sus informantes, que comunicaron las barbaridades que se estaban planteando en el Cabildo. Esto inmediatamente provocó una especie de avalancha sobre el edificio y un grupo compacto y bien pertrechado, encabezado por Chiclana y French, logró copar la galería de la planta alta. 

Dice el Acta del Cabildo: «Estando en esa sesión, la gente que cubría los corredores dieron golpes por varias ocasiones a la puerta de la sala capitular, oyéndose las voces de que querían saber lo que se trataba». 

En esos momentos entraron a la sala capitular Saavedra y Beruti. El jefe de los Patricios aclaró que sus tropas no moverían un dedo para reprimir al pueblo. Sí accedieron a que se retirase parte de la gente. Cuando la plaza se fue vaciando, el desubicado de Leiva no tuvo mejor idea que asomarse otra vez al balcón de sus desgracias y preguntar: «¿Dónde está el pueblo?» Le contestó Antonio Luis Beruti, escoltado por algunos «infernales»:

Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete; no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y efusión de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz para venir aquí. iQuieren ustedes verlo? (…) si volvemos con las armas en la mano, no responderemos de nada”.

Ahora sí, el actuario del Cabildo se decidió a leer el petitorio presentado la noche del 24 y los integrantes del cuerpo aprobaron su contenido. El virrey quedaba finalmente destituido de todo tipo de mando y se nombraba a una nueva Junta de Gobierno que asumiría a las tres de la tarde de aquel mismo día 25. En una de sus piezas teatrales, Juan Bautista Alberdi imaginará el siguiente parlamento:

French. -Demos gracias a los franceses que, en el otro continente, han probado la impotencia de nuestros tiranos, y a los ingleses que en el nuestro han probado el poder de los americanos; la conquista en ambos mundos ha ocasionado nuestra libertad; de la injusticia ha nacido la independencia.

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*Fragmentos de “¿Qué sucedió en la semana?”, último capítulo de “Mayo de 1810, la otra historia de nuestra Revolución fundadora”, de Felipe Pigna. 

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