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Sebastián Latashen
Por: Sebastián Latashen

Mitos del empresario Pyme

Un mito es un relato tradicional que se refiere en general acontecimientos prodigiosos protagonizados por seres sobrenaturales o extraordinarios, tales como dioses, semidioses, héroes, monstruos o personajes fantásticos, que busca dar una explicación a un hecho o un fenómeno. Así, la mitología forma parte del sistema de creencias de una comunidad, determinando muchas veces las acciones de sus integrantes.

En el NEA existen mitos originados de la cultura guaraní que todavía prevalecen en el inconsciente colectivo, tales como el pombero, el yasý yateré, el kurupí o el lobizón. Su función es, comúnmente, mantener a los infantes resguardados en el horario de la siesta.

Asimismo, en el mundo pyme existen historias y personajes míticos que configuran el imaginario acerca de las compañías y sus dueños quienes, lejos de ser superhombres o bestias fantásticas, son seres de carne y hueso que día a día lidian batallas contra realidades diversas. Por ello, este artículo intentará refutar algunos de los mitos existentes acerca de las pequeñas firmas, a fin de reflexionar sobre nuestros propios sesgos en relación con el universo empresarial.

De este modo, es usual la idea de que los propietarios de negocios pequeños o incipientes no analizan lo que hacen, sino que van actuando de manera intuitiva o impulsiva en la medida en que surge la necesidad. Sin embargo, aun cuando constantemente estos actúan como bomberos, apagando incendios urgentes, también toman decisiones deliberadas a diario. Así, todo lo que realizan en el día a día tiene un propósito declarado que, si bien puede no estar colgado en las paredes de su oficina, de seguro está en su mente.

 

Igualmente, es recurrente el convencimiento de que empresario se nace, no se hace. Esta fábula está alimentada por el hecho de que no son pocos los emprendedores sin títulos ni diplomas que logran impulsar sus proyectos. No obstante, la realidad demuestra que las disposiciones innatas no son suficientes para alcanzar el éxito en los negocios. Se precisa de cierta formación, ya sea formal o autodidacta, acudiendo a webinars, asistiendo a conferencias y congresos, educándose en universidades, en carreras de grado o posgrado, o leyendo artículos especializados, como este mismo en Diario Norte. Pues, que alguien no haya pasado por el sistema tradicional de educación no significa que no se prepare por otros medios para gestionar organizaciones.

Continuando con esta lógica, las biografías errantes de los empresarios muchas veces llevan a pensar que son “parias del sistema”, dado que los caminos elegidos por ellos no siempre son los prefijados. Su historia suele estar marcada por despidos, bajo rendimiento o abandono académico, fracasos, etc. Ahora bien, otro punto de vista de estas actitudes conduce al convencimiento de que más bien son revolucionarios, persistentes y resilientes, ya que no ceden ante los obstáculos ni se resignan frente a lo establecido, sino que generan nuevas realidades, más afines a sus ideas y deseos.

Al mismo tiempo, es frecuente la certidumbre de que lo único que se necesita para fundar una empresa es tener dinero, y que si no se cuenta con liquidez de antemano esta misión será imposible. Esta noción contrasta con el dato de que 4 de las 5 principales corporaciones que cotizan en la bolsa valores de Buenos Aires en la actualidad, surgieron del empuje de inmigrantes extranjeros que vinieron al país con las manos vacías. Por tanto, más relevante que los capitales previos de los emprendedores es su capacidad de conseguir recursos. En el mismo tono, existe otra conjetura que entiende que para alcanzar buenos resultados todo lo que se necesita es suerte. En contraposición con este juicio, lo que caracteriza a quienes consiguen notoriedad con sus iniciativas es su capacidad de ver oportunidades antes que otros. Esta cualidad muchas veces es confundida con la fortuna, generando desconciertos que terminan desmereciendo las habilidades visionarias de sus gestores.

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Cabe destacar una de las afirmaciones más infiltradas en nuestra sociedad y es la que sostiene que “la situación del país no permite emprender”. Al respecto, el Ministerio de Producción de la Nación indica que cada año nacen alrededor de 70 mil emprendimientos en Argentina. Se erige entonces otra noción que asevera que ante el contexto actual toda empresa indefectiblemente quebrará. Pese a que la expectativa de vida de una compañía en nuestra nación no es muy alta, no hay que confundir lo difícil con lo imposible. Además, en el universo de los negocios, cada caída es una oportunidad de aprendizaje que permite reinventarse y hacer mejor las cosas la próxima vez.

Y es justamente este temor de fallar lo que lleva a la especulación de que el empleo en relación de dependencia es seguro, mientras que los negocios independientes no lo son. Este dogma se sostiene desde la falsa convicción de que tener un trabajo “estable” te asegurara previsibilidad en tu economía personal. En este sentido, basta citar a las altas tasas de desempleo, las inevitables reformas laborales, la fragilidad de las relaciones contractuales y la inseguridad de poner el propio destino en las manos de otro.

Finalmente, otro axioma muy establecido en las últimas décadas es el que reza que, para fundar una empresa, hay que ser inventor, trabajar en tecnología o ser joven y sin obligaciones. Ejemplos de ello sobran: Bill Gates, Steve Jobs o Marck Zuckerberg eran veinteañeros cuando fundaron Microsoft, Apple y Facebook, respectivamente. Con todo, una investigación realizada en el año 2018 por el instituto tecnológico de Massachusetts (MIT), reveló que la edad promedio de un emprendedor exitoso que funda una organización en ese país es de 45 años. Más aun, en nuestras latitudes es corriente encontrarse con empresarios que todavía se manejan con la popular libretita, o que no tienen conocimientos mínimos sobre innovación, pero que tienen el tino o la experiencia necesaria para contratar a quienes puedan asistirles en aquello que desconocen.

En conclusión, los mitos nos ayudan a entender el mundo, pero si la lectura que nos dan de él no es favorable, es dable cuestionarlos, transformarlos, modelando la realidad a nuestra imagen y semejanza. Como dijo el gran cuentista Horacio Quiroga: “Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas”, es que lo fundamental no es no tropezar, sino volver a levantarse siempre.

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