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Ingenio Las Palmas del Chaco Austral

“Primera luz de la patria”

“Allí quedaba ese hachero, personaje de una historia escrita en su propia sangre” (Luis Landriscina)

De noche, tal vez, se oyen desde el interior de la “casa grande” el bullicio de las bailantas y los gritos de las reyertas de los peones que gastan todo su jornal en alcohol, imponiéndose una vez más al estrépito de la maquinaria del ingenio. Aquellas tierras del Este chaqueño arrebatadas al indio y entregadas al europeo que segó el monte nativo dejaron al fin más de lo uno que de lo otro. 

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Al fin del siglo XIX chocaron dos modos de producción y dos concepciones del mundo que cruzan la historia chaqueña hasta hoy, la de los nativos de la región y la del capital colonial de la empresa extranjera asociada al Estado. El ingenio azucarero Las Palmas fue la más grande incursión del capitalismo industrial en el Chaco, desde 1880 hasta bien pasada la mitad del siglo XX. La ocupación militar del territorio indígena quebró la economía de caza, pesca y recolección del aborigen, lo "redujo", lo disciplinó y lo entrenó para ser mano de obra sometida al trabajo asalariado. De la amable subsistencia milenaria se pasó para siempre a la explotación desmedida del monte, a la intensidad del cultivo recurrente, al ritmo febril y machacón de la industria; del terreno abierto, común y sin frontera, al latifundio voraz de la propiedad privada.

Richard y Charles Hardy, "Patrón Chico" y "Patrón Largo", se hicieron con cientos de miles de hectáreas que incluían antiguos asentamientos qom en 1880. Los irlandeses levantaron una maquinaria industrial poderosa que llegó a ser “faro de civilización”, que dio vida a un pueblo, creó riqueza y expandió económicamente la región, pero sin transformar nunca la estructura social: tras un siglo de explotación de la tierra y de la gente, nada queda del ingenio, de sus 100.000 hectáreas solo una décima parte llegó a manos de colonos, y todavía está por verse qué quedará para los originarios.

Estado dentro del Estado

Las Palmas del Chaco Austral estuvo dirigida por los Hardy hasta 1913. Después, el industrial azucarero tucumano Juan Nougues, patrón de la industria a nivel nacional, puso la empresa en manos de argentinos, sin que variara en nada su carácter de enclave colonial: siguió siendo un territorio administrativo que solo rendía cuentas y enviaba utilidades a un centro situado a miles de kilómetros. Aunque propició asentamientos poblacionales a su alrededor, a ninguno le era posible estar ni trabajar sin su autorización; más aún, controlaba gran parte de la vida de sus trabajadores.

Además de su maquinaria extractiva, el Ingenio contenía las casas de los administradores y del personal jerárquico, el club, la iglesia, el cine, el hospital, el hotel, los almacenes. Las bailantas y los prostíbulos los dejaba a los testaferros del gobernador. Dado el tamaño del territorio que dominaba, en el Ingenio cabían también oficinas de la administración pública, escuelas con miles de alumnos, un correo, un juzgado de paz, una comisaría y el Escuadrón 14 de la Gendarmería. El Ingenio controlaba también a los representantes del Estado, a los que subsidiaba y les daba casa, oficina y mercadería de sus propios almacenes. Por si fuera poco, tenía una fuerza parapolicial, la “guardia blanca”, que muchas veces no se distinguía de la policía estatal, persiguiendo a cualquiera que tuviese “problema” con la compañía.

Tenía su propio dinero, “Palmas”, riéndose de la ley 1.130 que desde 1881 pretendía imponer una moneda única en el país. Imprimía sus billetes en Inglaterra y acuñaba sus monedas en Rosario, con las que empleados y jornaleros estaban obligados a comprar solo en sus almacenes. “En Las Palmas circula moneda falsa, y ni el gobernador ni el comisario se interesan en tomar medidas al respecto” (“La Verdad”, diario del partido socialista, 1915).

Como La Forestal en el chaco santafesino, el Ingenio tenía aserraderos, fundiciones, destilerías, explotaba caña de azúcar, producía alcohol, cortaba guayacanes, lapachos y sobre todo quebrachos, con los que hacía postes, madera de obra, durmientes ferroviarios y tanino. Casi todo iba a mercados extranjeros. Criaba además ganado en estancias propias como San Carlos, Las Rosas y Guaycurú, después sumó producción algodonera, con su propia desmotadora, aceitera, curtiembre y papelera.

En 1885 el Ingenio puso una usina eléctrica propia, con lo que Las Palmas fue la única localidad en la Argentina y la segunda en Sudamérica que tenía luz eléctrica, la “Primera Luz de la Patria”. Desde 1886 tenía una línea férrea de trocha angosta (decauville) con 250 km de ramales que recorrían su imperio: obrajes, chacras y puerto sobre el riacho Quiá. También una red de agua corriente y un acueducto iban desde el río Paraguay a los cultivos. Todo, mientras la mayoría de sus trabajadores apenas llegaban al nivel de la subsistencia.

“El signo más sorprendente del progreso que constituía el establecimiento industrial Las Palmas (…) era la circunstancia de que la población se alumbraba con luz eléctrica. En una fisura del bosque inmenso, aquellas temblorosas lamparillas brillaban como un enjambre de luciérnagas fantásticas, aprisionadas por compacta noche de cientos de leguas de espesor (…) Quinientos ochenta indios mansos que convivían con un número aproximado de 'cristianos' y se encargaban casi exclusivamente de la zafra, mirarían con estupor aquellas luces misteriosas, sintiéndolas penetrar en sus almas con el filo implacable de la voluntad de reducir la naturaleza que tenían los blancos” (Guido Miranda, sobre testimonio del cartógrafo Melitón González).

Dividir y reinar

A los qom, moqoit y piilaxa se sumaron al poco tiempo criollos y colonos europeos para entregar su fuerza de trabajo como obrajeros, cultivadores y cosecheros. Para 1915, los obreros del surco eran más de 3.000 en tiempo de zafra, la mitad indios. El ingenio establecía, cómo no, rigurosas diferencias salariales, que un poco dependían de la complejidad de la tarea y mucho de la posibilidad de defenderse de la explotación.

“Los indios” recién sometidos militarmente y que seguían sufriendo punición en forma regular, “tienen los peores salarios y condiciones de trabajo” (El estado de las Clases Obreras Argentinas, informe de Juan Bialet Masse a la presidencia de la Nación). Las jornadas eran de 12, 14, hasta 18 horas. No había seguridad ni higiene, y la empresa pagaba con “vales” canjeables solo en sus propios almacenes, igual que su moneda propia. Al cosechero y al colono que llevaban caña al Ingenio no se le pesaba lo entregado: el peso era "calculado" por el que recibía.

Los trabajadores vivían en casas o ranchos construidos por ellos mismos en las tierras del Ingenio, “cedidas” mediante un abusivo contrato avalado por el juez de paz. Así, podían ser desalojados arbitriariamente. El obrero no estaba libre nunca de la angustia de ser expulsado por la policía si entraba en conflicto con la empresa. Y si no, había cepo, látigo y hasta pena de muerte para castigar al rebelde, de lo que se encargaban los parapoliciales del Ingenio. “Cuando un obrero no se presentaba al trabajo, el inglés llamaba a la policía y el sargento iba a la casa y lo traían a la fuerza; lo ataban en un palo frente a la Administración y lo azotaban allí hasta que le venían las ganas de trabajar" (El Gran Chaco y su imperio Las Palmas, José García Pulido).

Correntinos y paraguayos

De Formosa, de Misiones, de Santa Fe y de Santiago llegaron criollos emigrantes al Chaco, donde encontraron una forma de subsistir a cambio de salario. Paraguayos y correntinos (“De Corrientes vengo yo, Barranqueras ya se ve… Un ranchito borracho de sueños y amor quiero yo”, Cosechero, Ramón Ayala) llegaban al territorio para la temporada y muchos se quedaban. Los vagones de la empresa los distribuían en obrajes y chacras; algunos al monte hacha en mano; otros con machete al cañaveral, o al algodonal, bolsa al cuello; otros a la taninera o a la desmotadora. Ellos entregaron a la empresa su fuerza de trabajo y al pueblo chaqueño una herencia cultural guaranítica que brilla en el acento del habla, en el sabor de la cocina, en la música, en las creencias.

Los gringos

Las Palmas completó su población con inmigrantes europeos asentados en las tierras de los Hardy. Para cumplir (apenas en parte) con lo que exigía la ley 817, el Ingenio debió asentar en sus tierras a unas 90 familias europeas (francesas, inglesas, alemanas, italianas). A principios del siglo XX se fundó La Leonesa, con inmigrantes que provenían de León, España. Estos europeos cultivaban el 30% de la superficie cañera, la que estaban obligados a vender al Ingenio; el resto era directamente de la empresa, que lo trabajaba empleando indígenas que también servían a los colonos.

Sindicalistas

No había sindicatos para defender a los trabajadores, que sufrían jornadas extensas, salarios bajísimos y de difícil cobranza, entre otros abusos. En 1918 la Federación Obrera de Oficios Varios, con militantes sobre todo anarquistas y socialistas, comenzó a organizar a los obreros y a enfrentar las imposiciones empresariales y del Estado. Además de su actividad gremial, tenían especial preocupación por la educación: donde abría sindicato, la Federación adosaba una biblioteca, centro cultural y aula escolar, daba clases a los niños de día y a los adultos de noche. En la biblioteca se leían y se comentaban libros y folletos, e incluso se practicaba la oratoria, para mejorar el castellano, y para que los trabajadores pudieran defenderse y progresar.

Entre 1919 y 1923, la época de la Revolución Rusa, de la “Semana Trágica” en Buenos Aires y de las huelgas en La Forestal, estallaron las “Grandes Huelgas”, una de ellas de casi un año duración, acompañada de enfrentamientos y hambrunas. Una de esas huelgas había logrado el pago en moneda nacional y jornadas de 10 horas. En 1920 la empresa expulsó a un millar de obreros y los huelguistas se atrincheraron en el Ingenio. Aprovechándose de viejas rivalidades entre los qom y los paraguayos, la empresa mandó al choque a los aborígenes asentados en el Ingenio, para lo que les dio armas y los azuzó contra “los extranjeros” de la Federación Obrera. El Ingenio, para reprimir a los obreros, recibió además el apoyo del gobernador Enrique Cáceres, que movilizó a unos mil fascistas de la “Liga Patriótica” armados con rifles, y el Ministerio del Interior mandó al Regimiento 9 de Infantería.

El ocaso

Para 1950, el Ingenio era el núcleo laboral de Bermejo. Pero, desde entonces la empresa empezó a ser deficitaria, eliminando puestos constantemente durante toda esa década y la del '60; la crisis agrícola-forestal mundial terminó con el 25% de su población emigrando hacia los años 70. El ciclo algodonero surgido en los 20, primero ligado al mercado externo y después centralizado en la industria nacional, cambió dramáticamente con la “crisis del algodón”, marcada por las inundaciones del 66/67; la saturación del mercado nacional; la baja calidad de la fibra y la invasión del sintético, liquidaron el “frente algodonero”, en el que estaba Las Palmas.

El sector azucarero fue de crisis en crisis por superproducción, lo que no fue remediado con largos años de intervención del Estado, y terminó herido por la ineficiencia y la falta de competitividad. La cosecha récord de 1965 no pudo ser absorbida en el mercado local ni exportada, y pocos meses la caída de precios arruinó el sistema. Tras el cierre de la taninera en 1950, en 1963 se levantaron el ferrocarril, luego la desmotadora, la fábrica de aceite, la carpintería, y aunque se siguió produciendo azúcar, alcohol y papel unos años más, al final el negocio se limitó al Noroeste.

El final

En 1969 se había expropiado el Ingenio, intervenido durante 22 años. La dictadura de Onganía lo estatizó cuando ya se acercaba a la quiebra, y después la administración del Ministerio de Bienestar Social profundizó el deterioro. En 1989, con la Ley de Reforma del Estado (parte de un proceso de desindustrialización sistemático), el presidente Menem lo privatizó. En 1991 cerró para siempre la fábrica y 1.200 obreros sufrieron el mayor despido masivo de la historia de la provincia. En 1993 se remataron los bienes de la máxima expresión industrial que conoció el Chaco.

Siempre bien servidos por los favores del Estado, los Hardy acumularon ese gran tesoro del cual se alimentaba un diablo apoltronado a miles de kilómetros. A su lado se cocía el caldo espeso de una golpeada humanidad, indios, criollos, europeos, obreros, campesinos, anarquistas. Ese circo máximo del capital quebró un día, dejando sus espectros persistentes entre las ruinas del Ingenio que fue “Primera luz de la patria”.  

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La ruta y el puerto

En 2018, el gobierno de la provincia, el FonPlata, la Dirección de Vialidad Provincial y la Subsecretaria de Ambiente avanzaron en el trámite del financiamiento externo para pavimentar la ruta 13 y el acceso al puerto Las Palmas. El ministro de Hacienda de la Nación apoyó el pedido de financiamiento por u$s 59 millones, sujetos a la resolución de aspectos ambientales y sociales y a la autorización de endeudamiento del Poder Legislativo provincial. Se podrían construir así los 43 km de la sección 1 de la Ruta Provincial 13, desde el empalme de la 11 y hasta Cote Lai (u$s 45,7 millones); y los 15 km de circunvalación y acceso, desde el empalme con la 56 hasta el mismo Puerto Las Palmas a orillas del Río Paraguay (u$s 13,3 millones). En enero de este año, en su primera visita al Chaco, el presidente Alberto Fernández recorrió el puerto Las Palmas en compañía del gobernador Jorge Capitanich y se interesó por la iniciativa provincial que pretende fortalecer la capacidad exportadora del Chaco, la que hace más de un sigo ya conoció esa tierra.

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