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Luis Darío Molodezky
Por: Luis Darío Molodezky

El daño invisible de la dictadura tras el golpe de 1976

Mucho se escribió sobre el daño irreparable que causó la dictadura que se instaló en la Argentina en 1976. Hoy quiero recordar a mi querido padre, quien desde ese 24 de marzo de ese año, ya no fue el mismo. El despertar del Mal de Párkinson lo fue deteriorando de tal manera que cuando falleció en 1993, era un ancianito con solo 71 años.

Mi padre era hijo de inmigrantes ucranianos o bielorrusos, según el mapa que se mire. Hijo de Bernardo Molodezky y Juana Alperín. Era el menor de seis hermanos (Berta, Benjamín, Fanny, Moisés y Pascual). Nació en Macachín, La Pampa, un 25 de enero de 1922, y con solo dos años se trasladaron al Chaco y capitaneados por el marido de Berta, Aron Weschler se dedicaban a trabajar la tierra en la Colonia Necochea, allí cerca de Las Breñas, donde terminaron instalando una panadería, como lo describe el periodista e historiador Omar Zenoff.

La familia de laburantes siempre luchó por los derechos de los explotados, pequeños productores, siendo en la década del 30 perseguidos, encarcelados y algunos torturados, testimonio que nos dejaron nuestros abuelos y tíos, con grandes represiones a quienes luchaban por los precios del algodón y la tenencia de la tierra. Con la presión de las multinacionales que ya se llevaban la riqueza en este caso del Chaco.

En 1941 mi padre hizo el servicio militar en Mercedes, Corrientes, y a su regreso se instaló con sus hermanos que ya habían montado una panadería en Barranqueras. En 1945 alquilaron el local de calle Obligado 676 de Resistencia (ex Espiga de Oro que se trasladó a su moderno local).

En 1947 se casó con Sofía Goldberg y de esa unión llegan Fito, Jorge, Luis y Gloria. Eugenio y Sofía con su hermana y cuñado llevaron adelante su emprendimiento, que como mi padre decía, “no te vas a hacer rico, pero vas a vivir”.

Todos los avatares, buenos y malos, son propios de la vida. Llegamos a 1976, con los hijos trabajando y estudiando. Yo y Jorge lo hacíamos en el Diario Norte, como periodista y corrector respectivamente. El golpe se veía venir, la Triple A empezó a hacer estragos, y las amenazas comenzaron a hacerse realidad. Como había ocurrido con otros militantes de las causas justas, fueron voladas varias casas en Resistencia., entre ellas la panadería “La Europea” de la calle Obligado. La mano ejecutora el Teniente Nacarato, quien murió cuando en su auto explotó una de las bombas que trasladaba en la avenida Castelli y calle 20 tras dejar a su amante.

Dicen que el destinatario de ese “bomboncito” era el escenario en que iba a hablar esa noche el luego presidente Héctor Cámpora. La explosión se escuchó en toda Resistencia y la ciudad quedó sin luz.

El director de NORTE describió en la edición del domingo los hechos que impidieron la salida del diario a la calle tras los condicionamientos impuestos por los usurpadores del poder el 24 de marzo.

Nuestra familia y centenares de chaqueños fueron detenidos esa madrugada. A mi casa llegaron a las 4, tras una noche agitada por los llamados telefónicos de amigos que intercambiaban información de lo que ocurría y a quienes levantaban. Buscaban llevarse a Fito, mi hermano mayor, un militante de aquellos, pero rápido de reflejos se había marchado.

El Unimog se instaló frente a mi domicilio, y en la parte trasera llevaba varios detenidos. Los oficiales del Ejército no derribaron la puerta porque mi madre la abrió con rapidez. Se lo iban a llevar a papá, hasta que preguntaron si era Adolfo Raúl. “No, soy el padre”. Nosotros lo queremos a Fito, dijeron y se marcharon. La madrugada y la mañana siguieron siendo calientes. Jorge Videla, Jefe del Ejército, con sus cómplices ya se había hecho del poder. Al mediodía asumía como gobernador el titular del Regimiento La Liguria Oscar Zucconi. No había tantos medios pero las noticias corrían como pólvora.

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A las 11, cuando había regresado del diario, donde me enteré que habían secuestrado la edición en la vieja casona de Pirovano 359 (hoy Don Bosco), aparecieron en mi casa una decena de integrantes de Investigaciones de quienes recuerdo a Cardozo y Manader. Vestidos con boinas con pistolas en la cintura y portado ametralladoras, tres entraron a mi casa, varios se apostaron detrás de los árboles.

Otra vez lo buscaban a Fito, pero como no estaba, hicieron dos por uno, y nos levantaron a Jorge y a mí. Me llevaron en mi propio auto, un viejo Chevrolet 400 que se caía a pedazos, todo picado. El asiento delantero era sostenido por un palo de escoba y una sopapa. Los dos adelante, con dos “servidores” atrás apuntándonos con ametralladoras. Directo al Ejército, ingresamos por Linch Arribálzaga, y nos depositaron en una piecita, especie de calabozo donde ya estaba el doctor Jorge Yunes y Jorge Gait. Tras preguntar nombre y filiación política, estuvimos ahí hasta la tardecita, cuando nos cargaron en un Rastrojero rojo, fuimos hasta Investigaciones en la Juan B. Justo, donde sumaron 11 detenidos más en la caja trasera del vehículo y nos pasearon por el centro (Antártida Argentina y Tucumán). De ahí a la llegada de la Alcaidía pasaron unos quince minutos.

Llegar ahí nos alivió porque “éramos presos legales”. Nos encontramos con muchos amigos, políticos, camaradas y de casi todos los partidos. Fueron 22 días adentro. Una mañana que estaba medio bajoneado por estar ahí y sin saber de mi familia (tenía 22 años) se acercó Goyo Martínez (lo levantaron de una Escuela en Sáenz Peña donde era director), me dio un abrazo, y paternalmente me dijo: “Quedate tranquilo Luisito, 15 o 20 días y nos vamos”. A mí y me hermano nos largaron a los 22, Goyo estuvo siete años detenido en la U7, y conoció a su hija cuando salió, ya que su esposa estaba embarazada al momento de su detención.

Nada de ponerme en víctima, porque hubo miles de torturados, desaparecidos exiliados, familias destruidas. Para nada.

Mi madre, una leona, trasladándose como podía, formó una comisión de familiares de detenidos, fue a buscarnos por todos lados. En una ocasión pidió hablar en la Guarnición Resistencia con el Coronel Larrateguy (luego mi vecino en la calle Obligado), y como no la dejaban pasar, le dio un empujón al tristemente célebre Teniente Pateta (su secretario), quien se enganchó los borceguíes por el dintel inferior de la puerta y se fue de traste. No se amilanó y se mandó al despacho del Coronel para saber sus cachorros.

Bueno, el objetivo de hoy es mostrar algunos daños invisibles. Uno de esos fue el que le causó a mi padre el impacto de nuestras detenciones. Volvió a fumar, caminaba con la cabeza gacha, estaba soqueado. No hablaba con nadie. Lo cierto es que cuando salimos del encierro, nos juntamos en patio de la casa con amigos y familiares que estaban libres, para celebar el reencuentro con un vino. Papá, ubicado en una silla en un rincón, nos miraba, y nos dedicaba una sonrisa de satisfacción por estar ahí. Fumaba mientras nos miraba con ternura, tan dulce como era.

Nunca más fue el mismo. Se le desató con 54 años un Parkinson galopante que lo fue invalidando. Dificultades de todo tipo que provoca esa cruel enfermedad. Nadie sabe cuándo se le hubiese desatado, porque quizás ya estaba en su cuerpo, aunque los médicos aseguran que generalmente se da después de los 65. Ya nada fue igual, quería trabajar y no podía. Sentía vergüenza de los efectos visuales que provoca la enfermedad. La mente seguía siendo brillante pero su movimientos lentos y antojadizos. La sonrisa se convirtió en rigidez. Ya no podía disfrutar de los nietos que fueron llegando. En el tiempo ya no podía masticar para comer, así que era todo líquido o picado. En diciembre del ’92 un pedacito de pollo al no manejar los movimientos mientras comía se fue a las vías respiratorias, provocándole una infección generalizada, que lo llevó a la muerte el 2 de enero 1993.

Fue una víctima invisible de los asesinos de esa dictadura cívico militar. Papá fue un laburante como los millones de padres. Comprometido con la sociedad, fue presidente del Centro de Industriales Panaderos del Chaco, integrante de la Cámara de Comercio, presidente de la Cooperadora de la Escuela 383 donde iban sus hijos, colaborador de la Escuela 33 donde estudiaban los otros, integró la delegación de nuestra provincia que entrevistó al presidente Frondizi cuando el Chaco estaba desesperado por energía eléctrica. En fin, en Eugenio mi homenaje a toda la familia, que nos dejaron una legado de lucha, paz y trabajo.

Ex jefe de Deportes de Diario NORTE

Periodista deportivo