Una pandemia financiera
En el año 2007, antes de que el estallido de la burbuja de las hipotecas desatara la crisis mundial, la deuda soberana con bancos y fondos de inversión era de menos de u$s 200 billones, lo que representaba el 280% del producto global. A fines de 2019, era de u$s 320 billones y superaba el 320% del producto.
Además del obvio y sostenido empeoramiento de la situación, anotemos su significado profundo: por cada dólar producido hay acreedores que podrían reclamar u$s 3,2 en concepto de deuda, en todo el mundo. En el caso de EEUU, su déficit presupuestario crónico es cubierto sistemáticamente con emisión de deuda, la que a fines de 2019 superaba el 100% de su producto (en 2007 era del 63%), según el balance de la Reserva Federal.

Petróleo, el primer infectado
Desde que se conoció el brote de Coronavirus, el precio del petróleo se había derrumbado 35%, intuyendo la profundidad de la desaceleración económica que sobrevendría. Eso solo ya preanunciaba el default de numerosas empresas petroleras muy endeudadas y la paralización de yacimientos poco rentables en todos los países, con el resto de yacimientos desvalorizándose en proporción. El previsible impacto de todo esto sobre los balances y las acciones de las empresas produjo caídas en las bolsas de todo el mundo.
Pero el 6 de marzo los precios del crudo cayeron otro 10%, esta vez en un solo día, algo inédito desde la Guerra del Golfo hace 30 años. La causa fue el fracaso de la reunión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) con su hasta entonces aliada Rusia (segundo productor mundial, petróleo y gas son su principal ingreso por exportación).
Los delegados de la OPEP, liderada por Arabia Saudita, preocupados por la caída de la cotización, proponían recortar drásticamente la producción para sostener los precios, como ambas socias ya habían hecho en 2016. Los delegados de Putin rechazaron la pretensión, porque justamente por ese acuerdo Rusia tiene mucha capacidad extractiva ociosa, y además su economía no había recibido el volumen de inversiones prometido por los sauditas en aquel año.

Rusia tiene otra aspiración: como la producción de shale en EEUU pierde rentabilidad aceleradamente con la caída de precios, y muchas petroleras estadounidenses tienen un nivel de endeudamiento muy alto, una nueva oleada de bajas en los precios las llevará a la quiebra, dejando espacio en el mercado.
Conocida la negativa rusa, los sauditas anunciaron que ahora no solo aumentarán la producción, sino que ofrecerán su petróleo hasta 20% por debajo del precio estándar. Roto el acuerdo de reducción de la extracción, esta puede aumentar enormemente, porque los estados y empresas productoras que necesiten efectivo producirían mayor volumen para equilibrar los menores precios.
Turismo y suministros
Las masivas cancelaciones de pasajes aéreos, marítimos, reservas hoteleras y servicios turísticos en general hacia y desde las zonas afectadas por el virus están hundiendo a aerolíneas y agencias de turismo. La parálisis de actividad industrial en China viene produciendo interrupciones en la cadena de suministros metalúrgicos, ensamblajes industriales, partes de alta tecnología, etc. La caída del consumo golpea a empresas que tienen su principal mercado en China, donde las pérdidas se estiman en u$s 200.000 millones solo entre enero y febrero. La industria automotriz, la tecnológica y el turismo encabezan los quebrantos.
Desplome de Bolsas y guerras comerciales
Tal situación presiona hacia la venta y la baja de cotizaciones en las bolsas de China, Japón, Corea del Sur, Europa y Latinoamérica. Wall Street apenas reacciona a la nueva baja de impuestos prometida por Trump, y a los estímulos de baja de tasas y más emisión ejecutada por la Reserva Federal.

De todas formas, la reducción de tasas de interés de la FED produjo una devaluación del dólar con respecto a las monedas de sus socios comerciales más importantes. Esto facilitará las exportaciones estadounidenses y restringirá sus compras, con lo que se agrega un nuevo elemento de guerra comercial en un mercado global extremadamente tenso. El gobierno chino, por su parte, lanzó créditos para que las propias empresas y agencias de bolsa recompraran acciones y suavizaran bajas. Al principio logró contener la caída de precios, pero la masividad de las ventas inutilizó pronto el recurso.
Las bolsas vienen con rendimiento negativo desde el principio del año, y los derrumbes de estos diez días evaporaron las ganancias de los últimos seis meses. Según el FMI, la valuación de las empresas que ofertan en bolsa subió 24% el año pasado, cuando el PBI global solo creció 3,2%, la producción industrial global menos que 2%, y el intercambio comercial disminuyó. Es decir que la valuación de las empresas no estaba relacionada con el crecimiento económico, la industria, ni el comercio; más bien parece relacionada con negocios de capital artificial como las megafusiones (por ejemplo, Bayer-Monsanto). Sin embargo, reclama sus derechos al cobro de deudas y reclamará los ajustes que deberán compensar las actuales pérdidas.
Esto está golpeando especialmente a los bancos que tramitaron los créditos y participaron de la “ingeniería financiera” necesaria para aquellos negocios. El Wall Street Journal publicó a principios de febrero dos informes sobre “carteras de deuda de baja calidad que anuncian morosidad y default”. En marzo, los que encabezaron el derrumbe de acciones fueron el Citigroup, Goldman Sachs, JP Morgan y Morgan Stanley, sin ir más lejos.
Un virus en el corazón
El prestigioso economista Nouriel Roubini, que el año pasado identificó como posibles disparadores de una nueva crisis global al Brexit, a la guerra económica EEUU-China, a una eventual guerra de EEUU contra Irán y a otro eventual default argentino, jamás pudo haber pensado en una pandemia que supera y a la vez potencia todos esos factores. El volumen de pérdidas producto del actual derrumbe de las bolsas podría ser mayor que el de 2008. La crisis, por segunda vez consecutiva, surge del centro hiperdesarrollado del sistema global, donde sus Estados, sus empresas y sus consumidores tienen ya más deudas que nunca.
Otra diferencia con la crisis de 2008 es que está en desarrollo una rebelión global, una respuesta más o menos directamente relacionada con los daños causados por aquel hundimiento. Desde Hong Kong a Chile, desde Francia a Irak, desde Ecuador a Irán, los trabajadores vienen advirtiendo hace años que las condiciones son insoportables. Una nueva crisis los obligará levantarse nuevamente para defender sus derechos más elementales.
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