“En muchas cosas que creés imposible las limitaciones están en tu cabeza”
Desmontando el mito del ‘no se puede’ dos jóvenes cumplieron sus sueños.
Para Verónica Latorre y Gabriel Martínez luna de miel y prueba de convivencia confluyeron en un mismo viaje que duró once meses y los aventuró a conocer nuevas geografías.
“Hay muchas cosas en tu cabeza que creés imposible y no son así, después te das cuenta de que se relacionan más con limitaciones mentales”, resume Gabriel.
Verónica habla del amor que recibieron de la gente que fueron conociendo en el camino y de cómo lo veían en cuanto lugar visitaban.
Vendían unos llaveritos a tres dólares, más algún otro trabajo que iban consiguiendo para reunir unos 200 dólares mensuales. “Con eso vivíamos perfectamente bien. Felices”, sintetiza Gabriel que instala lo que en el catolicismo se conoce como la divina providencia.
“A nosotros nunca nos faltó ni nos sobró nada. Sin tener la mejor moto teníamos lo que queríamos”. Y cuando se requirió una reparación de importancia, asegura que esa certeza volvió a confirmarse: “Necesitábamos 200 dólares extra para seguir, o sea lo mismo que en un mes, y en cuatro días vendimos 50 dólares diarios. Para al día ocho vendimos el equivalente a 50 centavos de dólar. ¡Creer o reventar!” (risas). “Pensé en seguir vendiendo y en cambiar la moto. Y no. Dios te da lo que vos realmente necesitás. Y guarda que lo necesario no siempre es poco, ni chico, pero en esas circunstancias nosotros necesitábamos resolver eso.



Es mucho tiempo un año
Gabriel: -Un año para un matrimonio no es tanto. Igual sentimos que vivimos el equivalente a cinco.
Verónica: -Los primeros dos meses fueron una locura. Porque pasábamos las 24 horas juntos y tomábamos muchas decisiones con mucha adrenalina y en poco tiempo.
G.: Ella trabajaba de lunes a sábado y yo de lunes a domingo (a la mañana en la municipalidad, a la tarde en el estudio contable y los fines de semana en un emprendimiento con amigos).
¿Cómo se dio el cambio?
G.: El viaje fue una excusa para renunciar a un tipo de trabajo. En realidad la decisión estaba tomada antes de viajar. Muchas personas me dijeron de todo, que era un irresponsable, un inconsciente. El único apoyo que me importaba era el de mis padres y de mi esposa.
V.: Yo trabajaba en una empresa en relación de dependencia y me habían pasado a un área que me gustaba, en un horario más conveniente. Pero en un momento le dije a él qué estamos haciendo, había algo que sentía que no encajaba.
G.: Lo difícil fue decirle a mis socios del emprendimiento, que en ese momento íbamos a abrir una sucursal (que después no funcionó), porque ese emprendimiento era lago mío, es lo que más me costó. En la chipacería Ale y Luchi son mis amigos de toda la vida, como los del estudio contable. Cuando les hablé les pedí comprensión y les pedí casi con lágrimas en los ojos que cuando vuelva me dejen un lugar, no el mismo, pero la posibilidad de regresar. Ellos lejos de enojarse o ponerse tristes, se alegraron y me dijeron que ser parte de mis sueños era para ellos un privilegio. Saben que siempre dije lo mismo, que los cansé de repetirlo toda la vida (carcajadas). Igual con el emprendimiento pasó que mantuve la registración, entradas, salidas, pagos de sueldos, más reuniones virtuales. Y en el estudio contable pasó lo mismo, al comienzo creí me iba por completo, pero después vi que podía seguir con un cliente, con algunas planillas, cuando había Internet.

Tus amigos ya sabían que la decisión estaba tomada, faltaba que le pongas fecha
G.: Claro. En realidad me sorprendió esa respuesta. Mi mamá igual. Ella sabía pero pensó que cuando me puse de novio no iba a pasar, menos después, ya casado. Y cuando se lo dijimos, llorando nos dijo: ‘Yo sabía que este momento iba a llegar’ (más risas).
V.: Con mis papás la respuesta fue parecida. Me dijeron que era algo que ellos no pudieron hacer pero que se alegraban de que nosotros sí. Y nos apoyaron incondicionalmente. Fue muy fuerte la emoción de ese momento.
Entre los percances, ¿influyeron las condiciones del tiempo?, que llueva por ejemplo
G.: No tanto. Eran percances más por el mantenimiento de la moto, porque había un desgaste. Por ejemplo cambiamos las pastillas y las cintas de freno, los discos de embrague varias veces, también hubo que reemplazar las luces, los amortiguadores. Las ruedas no tienen cámara entonces ante una pinchadura aguantaba un tramo más hasta llegar a una gomería, cambiar y seguir. En todas esas situaciones la moto nunca nos dejó a pata gracias a Dios.


V.: Una vez se salió la cadena con el piñón, algo que en velocidad puede ser peligroso. Pero a nosotros se nos trabó, como íbamos despacito nos dimos cuenta y pudimos bajar a la banquina a esperar, porque no teníamos herramientas. Gabriel, como buen argentino, con una trincheta y un alambre hizo un arreglo provisorio que nos permitió llegar a destino.
G.: Fue un poco arriesgado y a mí me pareció súper normal.
El afecto, las transformaciones
Verónica destaca que siempre nombran a una familia que

conocieron en Tamillo, Ecuador, donde tuvieron el inconveniente más grande con la moto. “Esperábamos resolver el tema e irnos y terminamos quedándonos tres semanas más, por el cariño y el amor que nos dieron los integrantes de esa familia”, dice. Nombra a cada uno como un vínculo: papá Braulio, mamá Anita y los hermanos Macarena, Belén y Santiago. “En un primer momento la prioridad era seguir el viaje, sin darnos cuenta de la rutina y los problemas de ellos. Nos conocimos en una misa, donde les preguntamos por un hotel económico. Ellos nos invitaron a su casa y nos sacaban a pasear para desenchufarnos del problema”, continúa Vero.
“Al final, en la despedida, nos agradecieron haber ido. Nos contaron que estaban viviendo una situación difícil y delicada y nuestra presencia los sacó de ese tema. Compartiendo momentos y haciendo chistes nos dijeron que uno se fue a cortar el cabello después de mucho tiempo sin hacerlo, otra se empezó a maquillar, otra empezó a salir y a tener una vida social. Tomaron nuestras palabras y seguimos manteniendo el contacto. Nos dimos cuenta de que estábamos dando una mano sin saberlo. Que estábamos misionando de otra manera, sin una Biblia”, cierra Gabriel.











