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Sebastián Latashen
Por: Sebastián Latashen

Cultura en las pymes: de la orden al ejemplo

“El ojo del amo engorda al ganado” o “Cuando el gato no está los ratones se divierten” son frases usuales en los empresarios pyme, quienes tienden a percibir su presencia física en cada aspecto de su negocio como imprescindible e irremplazable. Esta idea muchas veces se corrobora en la realidad, ya que, ante la ausencia del dueño, las labores empiezan a fallar: el público se queja, las ventas bajan, la mercadería falta, la atención empeora y nadie logra resolver ciertas situaciones sin el visto bueno del jefe.

No obstante, puede que sean los mismos líderes los que estén generando un tipo de cultura empresarial personalista. La misma que luego no saben cómo evitar.

Es que en el mundo pyme, habitualmente, los emprendedores se dedican a organizar y a optimizar los procesos de control para que las tareas se realicen según sus reglas. Sin embargo, no desarrollan con el ejemplo una cultura que promueva el espíritu empresarial. Es decir, se dedican poco a que estos modos estén incorporados por sus colaboradores, que terminan actuando más por coerción que por convicción.

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Allá por el siglo IV a.C., el pensador asiático Confucio propugnó el gran valor del ejemplo para el liderazgo. Los gobernantes, decía, solo pueden ser grandes si llevan vidas imitables y se guían por principios morales. De esta forma, los ciudadanos de sus Estados tienen el necesario estímulo para alcanzar la prosperidad y la felicidad. El ejemplo vivido del que hablaba Confucio está muy relacionado a lo que se llama cultura empresarial.

Pero ¿qué es una cultura empresarial?

En la actualidad, se dice que todo lo que el humano haga, es cultura. En específico, se denomina cultura a la manera de hacer las cosas propia de una comunidad humana, comúnmente, determinada por sus características singulares de tiempo, espacio y tradición. Se puede decir que, en una empresa, la cultura es el agua de la pecera, mientras que sus miembros son los peces que en ella nadan.

Así, en una cultura autoritaria, las ideas son coartadas antes siquiera de poder surgir, ya que el miedo anula la creatividad y los esfuerzos se destinan más bien a la supervivencia o el escape. 

Entonces, para no caer en un estilo de liderazgo negativo (como el personalista o autoritario), se deben tener en cuenta los rasgos principales de las culturas que promueven el espíritu emprendedor en una organización.

El primero y tal vez más importante es la fuerza vital del líder, esa energía para sacar adelante cualquier buena iniciativa procedente del interior de su equipo, sin importar si este ímpetu proviene de un gerente o de un operario. Pues, si los empleados entienden que sus contribuciones cuentan y que también ellos pueden sumar al éxito común y ser reconocidos por esto, se sentirán motivados a invertir lo mejor de sí. De lo contrario, se reservará sus aportes. “Las cosas se hacen, haciendo” señala habitualmente un empresario del NEA, y con este lema, invita a quienes forman parte de sus empresas a animarse a realizar propuestas y a llevarlas a cabo.

En segundo lugar, se destaca el permanente deseo de superación y progreso. Este tipo de cultura anima a todos a alinear sus ambiciones con las de la compañía y a entender al crecimiento de esta como su posibilidad de desarrollo personal. Por ejemplo, si un empleado de mostrador entiende que  sus comisiones aumentarán si las unidades vendidas de un producto llegan a cierto número, se esforzará por cerrar acuerdos aunque no esté siendo observado por sus superiores.

Si a esto le sumamos la capacidad de identificar oportunidades del contexto, incitando que se lea permanentemente el entorno, la cultura se torna aún más provechosa.  Es el caso del propietario de una pyme que incita a sus subordinados a que participen en las reuniones que mantiene con grandes clientes, proveedores, competidores y funcionarios de gobierno. Este dirigente comprende que la información es un capital que, al ser compartido, puede ser mejor explotado.

La cuarta particularidad de una cultura empresarial innovadora es promover una visión a futuro. Esto es, tener la facultad de estar siempre actualizado sobre las tendencias de su industria, ya sea con relación a la cadena de valor o a la tecnología, dado que gana más el que, en lugar de esforzarse por resistirse a lo nuevo, invierte en ser parte del avance.

Por último, la habilidad creadora e innovadora es una característica elemental de una cultura eficiente. En ella, el jefe se ocupa de transmitir su destreza para encontrar múltiples alternativas de solución a los problemas. A su vez, confía en sus trabajadores sin castigar el error ajeno, promoviendo el aprendizaje a partir de él y premiando el empuje. Además, no pretende ser él quien resuelva siempre cada circunstancia, sin que se evalúen las opciones de acción.

En síntesis, un negocio con iniciativa, deseo de superación, lectura del entorno, visión a futuro y habilidades de innovación, será una con una cultura con espíritu emprendedor, que desarrollará ventajas competitivas sostenibles y una propuesta de valor que el mercado apreciará.

Por tanto, a los emprendedores que lean estas líneas invito a seguir la enseñanza del sabio Confucio: “Dime y olvidaré, muéstrame y recordaré, déjame participar y entenderé”.

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