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No mentirás

El octavo mandamiento en la moral cristiana dice: No mentirás , lo cual exige en conciencia a quienes profesamos la fe en Cristo y sus enseñanzas honrar siempre y en toda circunstancia la verdad.

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“Antes bien dice otro pasaje evangélico- que vuestro hablar sea: “Sí, cuando es sí” o “No, cuando es no”; ya que “lo demás procede del mal”. Es fácil comprender porqué nos va mal cuando mentimos, porque del mal no puede sino proceder el mal. Podemos hacer miles de análisis sobre la realidad argentina y con otros tantos argumentos explicar la razón de nuestros males, lo cierto es que la causa matriz del caos en el orden social e institucional, tiene que ver con el colapso moral que permea todos los estamentos de la sociedad.

Especialmente la dirigencia ha caído en este colapso moral y debe comprender que no basta con solo ‘dirigir’, sino que también deben dar ejemplo de moralidad a todo el conjunto social. Es obvio, como lo constatamos lamentablemente en la Argentina, que uno puede dirigir en uno y otro sentido, en orden a la verdad, para que de este modo la sociedad progrese humana, social y culturalmente; o vivir en la mentira, para que suceda exactamente lo contrario, es decir, para que la sociedad se degrade, humana, social y culturalmente que es lo que nos está pasando a los argentinos desde hace ya muchas décadas.

Antes bien dice otro pasaje evangélico- que vuestro hablar sea: “Sí, cuando es sí” o “No, cuando es no”; ya que “lo demás procede del mal

Esto es inobjetable, porque son datos certeros de la realidad, ya que, como pueblo, paulatinamente, y a un ritmo sostenido, nuestro país se ha ido degradando. Se ha degradado la república y ninguno de los tres poderes del Estado es, en el presente, confiable para la ciudadanía. Es más, sobre los tres poderes, existen serias sospechas de inmoralidad de parte de todo el colectivo social que descree de la honorabilidad y rectitud de los miembros que representan a cada uno de esos tres poderes.

Y la sospecha madre de todas las sospechas es que, en su inmensa mayoría, con raras excepciones, la dirigencia miente al pueblo, a veces de manera obscena y descarada para sostenerse en sus rangos de poder y privilegios. La mentira es un gran signo de inmadurez humana y en un nivel más ‘espiritual’, un signo evidente del apartamiento del mentiroso de lo que se llama “santo temor de Dios”.

De algún modo este principio, religiosa y culturalmente expresa un estado de conciencia sujeto a esos valores objetivos, valores, que regulan el comportamiento moral del individuo en orden a esos principios, tal como nuestros funcionarios juran o sobre la biblia o sobre sus conciencias: “Si así no lo hiciere, Dios y la patria me lo demanden”.

Hay un texto bíblico que puede iluminar el ideal de un liderazgo que, aunque es dirigida en un tono pastoral, podría bien aplicarse a cualquier dirigente que desee servir a la comunidad con un hondo sentido espiritual y moral: “Querido hijo permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido, tu sabes de quienes las has recibido. Recuerda que, desde la niñez, conoces las sagradas escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la escritura está inspirada por Dios es útil para enseñar y argumentar, para corregir y educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer el bien. Yo te ordeno delante de Dios y de Cristo que ha de juzgar a vivos y muertos, y en nombre de la venida de su reino: proclama la palabra de Dios, insiste en toda ocasión o sin ella, argumenta, reprende exhorta, con paciencia incansable y siempre con el fin de enseñar”.

Veamos, los valores que han de destacarse entonces en un dirigente es en primer lugar la fidelidad y la convicción a la vocación que abraza. En este tiempo presente los ciudadanos, tenemos serias dudas acerca de la fidelidad y las convicciones de nuestra dirigencia, es más, hay como una desesperanza general en relación a liderazgos que para nada expresan fidelidad y convicción.

No hablamos en términos de fe en este caso, ojalá también lo fuera desde ese sentido de trascendencia, hablamos de fidelidad a los principios republicanos y las convicciones innegociables relacionadas a la sagrada vocación de servir al prójimo. La buena política como tal, está sustentada en estos valores de idoneidad moral sujeta a principios republicanos y democráticos a los que hay que permanecer fieles e incorruptibles.

Al mismo tiempo, la función es solo un rol en el que se sostiene lo más importante y sagrado que es la vocación de servicio al pueblo. Hay muchos dirigentes que se esfuerzan solo por obtener el cargo y llegar a la función. Si en nuestros dirigentes no hay ni fidelidad ni convicciones en orden a la buena política vivida como una vocación, podemos comprender, perfectamente, donde está la raíz de nuestros males.

El verdadero dirigente es gestado en un núcleo de principios que le da el fundamento doctrinal para actuar de manera concorde a es ideal y a esa convicción. Cambiarse de bando por intereses espurios es corromper la convicción y el ideal y perderse en los caminos intrincados de la mentira, la justificación, la manipulación y la demagogia.

Perder los principios por dinero o por poder es corromper la política y degradarla a su nivel más ruin que es servirse de ella para el beneficio personal y no para el beneficio de los ciudadanos. El dirigente fiel a sus convicciones y su vocación prefiere morir con los laureles de la honorabilidad que da la fidelidad a los principios, que vivir bajo los oropeles ficticios de la dignidad vendida por un poco de dinero y por un poco de poder.

Un dirigente camaleón será siempre un dirigente mediocre y sin credibilidad y merecerá para siempre el desprecio del pueblo. La fidelidad a las convicciones y la integridad moral del líder son las herramientas convincentes para enseñar, argumentar, corregir y educar para la justicia; sin esos valores, lo que resulta es un diletante o charlatán que no es creíble para nadie y que al contrario se transforma en un ser ridículo, por lo insostenible de sus acciones y palabras.

Cuando una dirigencia no honra la verdad y cuando sus discursos están sospechados de falsedad, todo el cuerpo social es arrastrado a la confusión. Las redes sociales son el fiel reflejo de esa confusión. Los comentarios a pie de página luego de cada noticia despiertan de lado y lado los comentarios más burdos, confusos, ofensivos y subjetivos que uno se pueda imaginar.

¿Son las personas responsables de tales comentarios?, en parte sí, pero en mi opinión creo que la gran mayoría es víctima de esa maquinaria infernal de mentiras en la que vive nuestra dirigencia, que crea deliberadamente en la conciencia colectiva verdades falsas. Basta ver la pasión y la convicción como la gente defiende esas supuestas verdades que instala la dirigencia y que no resisten archivos ni de la memoria ni de los medios de comunicación.

La mentira es nociva, no solo porque en algún momento cada uno deberá rendir cuenta por esas mentiras, sino porque las sociedades se degradan humana, social y culturalmente, como consecuencia de esas mentiras, y, lo sabemos, el fruto de la mentira es muy amargo, aquí, allá, y más allá. No mentirás dice el octavo mandamiento y la verdad es que escuchando los debates y los discursos de campañas, lo que emerge con mayor preponderancia en todas partes, es un olor nauseabundo a mentiras.

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