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El aumento de la desigualdad

Las políticas económicas de los últimos años dejan a la Argentina con un aumento en los niveles de desigualdad de ingresos y riqueza. De esa manera, el país se ha ido pareciendo más a otras naciones de América Latina, una región que no es la más pobre del mundo, pero sí la más desigual.

No es casual que dos especialistas en el estudio de la desigualdad hayan visitado el país en las últimas semanas. Se trata del sociólogo británico Mike Savage, director del Instituto Internacional de las Desigualdades, y del economista serbio Branko Milanovic, autor del libro “Desigualdad mundial. Un nuevo enfoque para la era de la globalización”. El primero vino para participar en un seminario de la Universidad de Buenos Aires y a brindar conferencias en el Instituto Gino Germani y en el Centro Interdisciplinario de Metodología de las Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de La Plata, mientras que Milanovic llegó invitado por la empresa Techint para dar una charla en un seminario que organizó la semana pasada la multinacional sobre desigualdad en la economía global.

Entrevistado por medios locales, Savage puso bajo la lupa el concepto de “meritocracia” sobre el que se apoyan las políticas de ajuste en América Latina y Europa que, dicho sea de paso, no han hecho otra cosa que acentuar la inequidad. También observó que la mayoría de las veces las elecciones de las personas están condicionadas por el contexto social, económico y cultural en el que viven. En ese sentido, plantea el caso de mujeres que deciden dejar su trabajo para dedicarse al hogar y a la crianza de los hijos, y se pregunta hasta qué punto se trata de una elección que es ajena a la injusta distribución de las tareas de cuidado y a los valores con los que esas mujeres se formaron ya desde la infancia.

Por su parte, Milanovic observa que la desigualdad se ha convertido en uno de los principales problemas a resolver en las naciones de Occidente y advierte que el fenómeno de la concentración de la riqueza en muy pocas manos terminará siendo una amenaza para la democracia, ya que lo que se puede comprobar en los países con altos niveles de desigualdad es que la concentración del ingreso refuerza el poder político de los que más tienen, y eso hace que los cambios a favor de los sectores más postergados en política tributaria, en el financiamiento de la educación pública y en el gasto en infraestructura sea menos probable.

Pero Savage y Milanovic no son los únicos investigadores que alertan sobre el peligro de políticas que profundizan las desigualdades en las sociedades. En el año 2013 el economista francés Thomas Piketty advirtió en su libro “El capital en el Siglo XXI” que la falta de equidad está creciendo en el mundo hasta niveles que son comparables con sociedades de hace más de 200 años, cuando la riqueza y la posición social heredadas predominaban por encima de las oportunidades universales. Cada uno de estos expertos, a su manera, plantea la paradoja del mundo actual que se caracteriza por haber logrado un progreso material como nunca antes visto en la historia de la humanidad, pero donde solo el uno por ciento de la población global disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, la mejor atención en servicios de salud y el mejor nivel de vida. En otras palabras, los jóvenes que nacen en familias de escasos recursos no tienen posibilidades de desarrollar todo su potencial, por carecer de los elementos básicos para llevar una vida digna.

También el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, autor entre otros libros de “El precio de la desigualdad”, sostiene que es necesario que ese pequeño uno por ciento de la población que goza de tantos privilegios comprenda que su destino está inexorablemente ligado a las condiciones de vida del otro 99 por ciento al que no le va tan bien. El economista, además, recuerda que las consecuencias de la desigualdad son conocidas: altos índices de criminalidad, problemas sanitarios, menores niveles de educación, de cohesión social y de esperanza de vida.

En nuestro país a medida que se profundizaron las políticas de exclusión, fue desapareciendo la movilidad social y así lo confirmó un documento de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que señala que un niño argentino que nace hoy en un hogar pobre necesitará al menos seis generaciones para mejorar sus condiciones de vida.

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