Camboya: sonrisas eternas en el corazón del dolor
“Una construcción extraordinaria que no es posible describir por escrito”. Fray Antonio da Madalena, 1586.
Camboya fue hace unos mil años la sede del imperio Jemer, cuyos arquitectos y constructores erigieron el complejo templario de Angkor Vat, que por primera vez para occidente describiera el capuchino portugués da Madalena. El gigantesco santuario está rodeado por un gran foso de agua, de casi 200 metros de ancho y 3,6 kilómetros de perímetro. Esa ingeniería hidráulica, de donde partía una red de cientos de canales, alimentaba los arrozales. Pero además neutralizaba el movimiento del suelo durante el periodo de contraste entre la estación seca y la de los monzones, cuando las masas de agua socavaban cimientos y hundían estructuras.

Los bajorrelieves que cubren los muros de la enhiesta ciudadela documentan en piedra el combate mítico entre dioses y demonios en el que Vishnú intervino triunfal para facilitar la victoria de los dioses al entregarles el néctar batido del océano de leche, elixir de inmortalidad. Angkor exhibe para siempre esos episodios del Mahabharata, con las seductoras apsaras ejecutando los pasos de la elegantísima danza camboyana, una de las más hermosas del mundo. Es un reflejo del palacio celestial de Indra, por eso el rostro bonachón de Avalokiteshvara preside cada punto cardinal transmitiendo su paz al mundo, con su sonrisa inescrutable que en el arte occidental solo Leonardo conseguiría imitar.
En el siglo XX, Camboya fue sede de una de las aventuras más demenciales, sangrientas e infructuosas de un tiempo en el que estallaron las reprimidas contradicciones de dos siglos de capitalismo occidental asentados sobre la sometida base del oriente legendario. El Jemer Rojo fue un movimiento político-militar que se pretendía heredero de la grandeza del imperio de Angkor, libertador de la Camboya sometida por franceses, japoneses, estadounidenses, tailandeses y vietnamitas, y fundador de un nuevo mundo inspirado en el comunismo primitivo anterior a la modernidad. Los combatientes del Jemer, sometidos a persecución y muerte, se entrenaron y se formaron en las prisiones de la monarquía prooccidental, en las húmedas galerías de la selva y bajo los bombardeos estadounidenses presuntamente destinados solo a Vietnam.

Cuando tomaron el poder, en 1975, intentaron refundar por la fuerza la comunidad pastoral sin ciudades ni dinero que, creían, iba a permitirles retornar a la pasada grandeza de los jemeres. La afiebrada teoría se transfiguró de inmediato en férreo control militar sobre el conjunto de la población, trabajos forzados, delación, detención, tortura y asesinatos en masa. Los cuatro años de gobierno del Jemer Rojo han quedado en la historia con el nombre de Genocidio Camboyano, que diezmó a una cuarta parte de la población. Esta retorcida historia tiene más vueltas de tuerca aún: los jemeres rojos fueron expulsados del gobierno en 1979 por las tropas del Vietnam comunista, pero no terminó entonces su historia. Siguieron controlando vastos territorios de la selva camboyana, y fueron protegidos y reconocidos como gobierno oficial del país por EEUU y las Naciones Unidas hasta 1991, cuando se restableció la monarquía.

Desde fines del siglo pasado, en Reino de Camboya está gobernado por una alianza de Estado entre la monarquía anterior a 1975 y el Partido Popular, que dirigió el país y el ejército a partir de 1979. La actual sociedad no es ajena a los dolores de su alumbramiento: recién en 2007, y luego de larga lucha de organismos de derechos humanos locales e internacionales, y a través de una maraña de intereses políticos y geopolíticos, comenzaron los primeros juicios a los genocidas sobrevivientes del Jemer Rojo. El tribunal está conformado por jueces, fiscales y abogados designados por el gobierno de Camboya y por las Naciones Unidas. Las investigaciones, arrestos y procesos se deciden entre ambas partes, y su presupuesto depende de las Naciones Unidas.
En este siglo, la economía de Camboya ha crecido a tasas ‘chinas’, y el turismo provee al gobierno más ingresos que todo el resto de su recaudación impositiva. Todo ese progreso no alcanza a la mayoría de la población, que en su mayor parte no está escolarizada ni tiene accesos a infraestructuras básicas. La pobreza, el desempleo, las epidemias, la prostitución infantil son algunos derivados de la superexplotación laboral, piedra angular de la nueva economía. El horror del genocidio solo fue otro escalón en la cuesta del martirio camboyano, pueblo que sigue ajeno a las glorias materiales y espirituales del pasado y del presente.










