Trabajadores, gremios, comunidad
El miércoles de esta semana se conmemora el Día Internacional del Trabajador en homenaje a los ‘Mártires de Chicago‘, como se denomina al grupo de sindicalistas que fueron ejecutados en 1886 en Estados Unidos por realizar un reclamo laboral. Esos trabajadores demandaban la reducción de la jornada laboral a 8 horas, ya que solían trabajar hasta 16 horas diarias. Ante la presión de los paros el presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, promulgó una ley que establecía las 8 horas de trabajo diario.
Desde aquellos sucesos ha pasado mucha agua bajo los puentes, incluso el General Belgrano entre las capitales del Chaco y Corrientes y mucho camino se ha andado. Desde el surgimiento de los sindicatos de todos los sectores hasta la legislación que consagró sus derechos. Todo ello dio origen al nacimiento de los gremios de todos los sectores, cada uno con su particularidad.
En un principio “nuestros gremios” tuvieron sus dirigencias que cumplían con sus trabajos y, en los tiempos libres se dedicaban a la organización del sindicato para hacer respetar sus derechos, así como cumplir con sus obligaciones. Salarios justos, aguinaldo, vacaciones pagas, licencias por maternidad, obra social, jubilaciones y tantos otros propios de los tiempos y de las necesidades. Ese proceso organizativo abarcó varias décadas.
Pero hubo un tiempo en el que los dirigentes gremiales dejaron de ejercer su oficio o trabajo propio para dedicarse tiempo completo a las tareas sindicales. Dejaron el campo de todos los días, pero siguieron vigilantes para que no hubiera abusos. Estaban solícitos para la solución de los conflictos y aplicaban como nadie el arte de la negociación. Cuando esta entraba en un callejón sin salida, recién entonces, se apelaba a las medidas de fuerza, que siempre eran graduales hasta llegar a las más drásticas, si era necesario, como el cese de actividades, la huelga por horas y excepcionalmente por tiempo indeterminado y cuando toda negociación era imposible.
La burocracia sindical
Los que vivimos la década del 70 con todas sus implicancias recordamos algunos eslóganes de los “jóvenes imberbes”, así catalogados por su máximo líder apodado “el primer trabajador” Juan Domingo Perón, que repetían en sus movilizaciones: “Se va a acabar, se va a acabar, la burocracia sindical”. Es que habían advertido que, en algunos de los sindicatos de ese entonces, existían dirigentes que se habían convertido en verdaderos burócratas, lejos de sus inicios, apegados al escritorio y al lucro que eso les producía, muchas veces más condescendientes con los “patrones” que con los trabajadores.
Esa burocracia sindical tuvo el impasse de los años de la dictadura, cuando algunos dirigentes se “borraron”, otros se amoldaron a los tiempos y llegaron a ser colaboracionistas y otros no resignaron sus ideales de justicia social, que luego recuperaron después de la noche negra.
El retorno de la democracia devolvió al gremialismo su primitivo rol, pero ya había sido arrojada la semilla de lo que hoy tenemos. Muchos de los gremios se han convertido en reales dinastías, hasta de familiares, con dirigentes eternos, todopoderosos, con residencias espectaculares, negocios ajenos a su actividad, con edad de sobra para jubilarse y con una ignorancia supina de lo que pasa en el campo de la acción, dejado hace décadas. Además, con aparatos bien armados para perpetuarse en la función, haciendo ingresar a miembros de la familia y preparados para impugnar a quien se quiera postular para la dirigencia, con el uso de la violencia, si fuera necesario.
Ahora la defensa de los privilegios
Los gremios de hoy día, más que defender derechos, defienden privilegios y en algunos casos algunos de sus dirigentes están de los dos lados del mostrador, desde el patronal y el laboral. Como están en manos de dirigentes que hace dos, tres o cuatro décadas están en el puesto de comando, son ajenos a los cambios producidos por el paso del tiempo y los adelantos tecnológicos, muchas veces atrasan en sus decisiones. Y han perdido la verdadera capacidad de negociación y de diálogo. Han convertido el último recurso el paro por tiempo indeterminado y la movilización en la primera instancia, quedándose sin otra alternativa. Por eso se empantanan en verdaderos callejones sin salida como ha pasado este y otros años con los gremios de la Educación.
Estos son algunos de los motivos por los que, en este 1º de mayo, vale la pena reflexionar en la necesidad de la renovación auténtica de la democracia sindical, enquistada y desvirtuada por monarquías que se olvidaron de su origen y de la razón de ser del sindicalismo. Que piensen que los sindicatos son miembros de una comunidad política y que sus reclamos, aunque sean justos, no pueden perjudicar al resto de la sociedad en aspectos tan sensibles como la Educación y la Salud. No pueden ser abanderados del “sálvese quien pueda” o “nos salvamos nosotros y que los demás se embromen”. Es imprescindible que también los gremios realicen una autocrítica junto al listado de reivindicaciones.
La copla de Aledo
Qué tentación la de estar
al frente de un sindicato:
Es vox pópuli que muchos
le sacan jugo al mandato.
(Aledo Luis Meloni, La copla del lunes, 2001)
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