Casi una década de bloqueo político
El triunfo relativamente holgado del gobernante PSOE y la entrada en el Parlamento de la ultraderecha franquista por primera vez en 42 años no alcanzan a ocultar que las causas fundantes del bloqueo político persistirán, independientemente de qué alianzas de gobierno puedan hacerse.
La crisis mundial de 2008 iniciada en EEUU por el quiebre de los bancos hipotecarios más grandes del globo sacudió especialmente a España, donde la especulación con la construcción había llegado a una hipertrofia. La decisión de los gobiernos de Zapatero, primero, y de Rajoy, después, de rescatar a los bancos con dinero público unió a los socialdemócratas (PSOE) y a los conservadores (PP) en una vorágine de corrupción desatada y de ajustes severísimos. La población sufre hasta hoy el índice de desempleo más alto de la Unión Europea después de Grecia, y es el país con mayor cantidad de desalojos y de viviendas vacías, la mayoría en manos de fondos especulativos.

Contra ese marco político-económico reaccionaron los jóvenes el 15 de mayo de 2011, con la multitudinaria ocupación de las plazas públicas de Madrid, Barcelona, Bilbao y todas las ciudades importantes de España durante semanas. Fue una protesta que no alcanzó para terminar con el estado de cosas, pero marcó el fin del bipartidismo PP-PSOE que había dominado por más de tres décadas la transición española.
A la sombra de esa tormenta progresaron Podemos y Ciudadanos, dos partidos, de izquierda el primero, de derecha el segundo, que se proclamaban diferentes y se ofrecían como alternativa a los imperantes hasta entonces. Sus programas políticos, sin embargo, no lograron trascender los avatares de la crisis, y en cada caso terminaron asociándose con sus antecesores, cada uno por su flanco, con el incontestable argumento de la “gobernabilidad”
Eso llevó a un desgaste acelerado a Podemos y Ciudadanos, que en menos de una década, a pesar del constante declive del PP-PSOE, les quitó ilusión y perspectiva. Así las cosas, la gran novedad en estas elecciones era el regreso de la ultraderecha, de la mano del insepulto franquismo, esta vez sin ocultar sus banderas. Xenofobia, declarada hostilidad contra los movimientos de mujeres y belicosidad rampante contra catalanes y vascos, amenazaban con sacudir otra vez el mapa político.
Pero al fin no fue para tanto. Parece que Sánchez seguirá gobernando un tiempo indeterminado con algún tipo de frágil alianza, y la mayoría de sus proyectos deberán atravesar marañas de bloqueo y oposición. Los graves problemas económico-sociales de España seguirán a la sombra del nuevo parlamento. Hasta el próximo estallido.










