Pascua, oportunidad para reflexionar
La Argentina atraviesa una difícil coyuntura social y económica que influye en forma notable en el humor de los ciudadanos. Abstraerse de las agudas contradicciones que presentan los intereses de los distintos sectores de la comunidad parece ser hoy una tarea casi imposible. Sin embargo, esta celebración de la Pascua se presenta, una vez más, como una oportunidad de reflexión, que debe servir para meditar sobre la necesidad de superar la división política y social que ha dominado los últimos años el corazón y la mente de los argentinos.
No se trata, por cierto, de exigir que se dejen de lado las convicciones que cada uno puede tener respecto a cómo se construye una sociedad o a cómo se resuelven los problemas distributivos de un país que arrastra, nada más ni nada menos, el peso de tener hoy a casi el 32 por ciento de sus ciudadanos en condiciones de pobreza, porcentaje que, claro está, vuelve más compleja y difícil la organización de cualquier comunidad. De lo que se trata es de animarse a suplantar viejas antinomias por nuevos diálogos, a dejar atrás los discursos que alientan posiciones irreconciliables para reemplazarlos por un lenguaje que ayude a encontrar puntos en común entre los que piensan diferente. No es una tarea imposible. Por supuesto que no todos tienen las mismas responsabilidades a la hora de llevar adelante esa labor: la dirigencia de los distintos sectores tiene, en este momento difícil de la Argentina, un especial compromiso, que pasa necesariamente por construir relaciones de confianza en el seno de la comunidad. Debe recordarse la experiencia de la Mesa del Diálogo Argentino que se puso en marcha para encontrar una salida pacífica a la dramática crisis política, económica y social que sufrió el país durante los años 2001 y 2002. Fue, sin dudas, un paso muy importante que se atrevió a dar la sociedad civil en el convencimiento de que era necesario salir de los esquemas rígidos, abandonar las anteojeras ideológicas y dejar de lado las ambiciones políticas, para avanzar en un camino más razonable que asegurara la paz y el bienestar para todos los argentinos.
Desde el regreso de la democracia, en 1983, la Argentina ha pasado por diversas etapas, con avances y retrocesos, donde lamentablemente no faltaron figuras de relevancia pública que mostraron tener una dosis muy alta de intransigencia y poca predisposición de diálogo con el otro, con el que pensaba distinto. Así, en los últimos años se pusieron de moda términos como “la vereda de enfrente”, “la grieta” o “la brecha” que, en rigor, no hicieron más que volver a poner sobre la mesa viejas antinomias que históricamente dividieron a los argentinos.
Pero en este sinuoso recorrido democrático también se lograron avances que fueron y son fundamentales, como el acuerdo para respetar las reglas de sucesión pacífica del poder que sirvió, entre otras cosas, para legitimar el proceso democrático. Es probable que el respeto mayoritario a esas reglas sea un salto cualitativo que ha dado la sociedad, al que debiera agregarse otro paso, clave, que son nuevos consensos básicos que garanticen un marco de respeto a la pluralidad de ideas y pensamientos. Es que, en las sociedades actuales, que son cada vez más complejas, hay que aprender a convivir con las diferencias. Debe aprovecharse esta jornada de Pascua, con todo lo que la celebración representa para la comunidad cristiana, para hacer un nuevo llamado a la convivencia de todos los argentinos, especialmente en estas horas que son muy difíciles para el país en lo económico y social.
La lucha contra la pobreza, la construcción de una sociedad con menos injusticia social, el reclamo por una mayor transparencia o la erradicación de la corrupción, por citar solo algunos temas que son de gran interés para la opinión pública, deben plantearse desde una perspectiva que sirva enriquecer los debates en la comunidad. El respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias ayuda a afianzar la idea de bien común, que es clave para la vida en comunidad y que está relacionada con la posibilidad y el real ejercicio de un diálogo público respetuoso de las diferencias. Es necesario que quienes aspiran a ocupar los más altos cargos públicos estén imbuidos de un espíritu de conciliación que sea capaz de entusiasmar a los distintos sectores en un proyecto de Nación que incluya a todos, para iniciar un período de progreso, en paz, con justicia social, como se merece la sociedad argentina.










