Sobre el rol y la importancia de la lectura en la escuela
La sociedad legó a la escuela la misión ineludible de enseñar a leer y escribir a las nuevas generaciones.
Por Oscar Yaniselli
En ella la infancia inicia su proceso de alfabetización y es desde esta misma etapa fundacional (y con el libro de texto) desde donde se comienza a usufructuar de la lectura como método pedagógico prescriptivo para transmitir saberes y consolidar aprendizajes.
Esta representación de la lectura como práctica escolarizada/obligatoria, lamentablemente, se impone también sobre los textos literarios que por su naturaleza estética requieren siempre ser sustento y ocasión de experiencias lectoras autónomas, libres y re-creativas, alejadas de cualquier motivación impuesta, ya sean éstas ideologizantes, didactizantes o moralizantes.
Por supuesto que no podemos obviar que leer es uno de los mejores recursos para aprender. Lo que no podemos eludir ni relegar –especialmente entre los niños y aunque no sólo con ellos- es que leer es también -y sobre todo- una de las más hermosas y singulares experiencias humanas –cognitiva, estética y social- que nos permite pensar, asimilar, reflexionar, descubrir, imaginar, ingeniar, proyectar, evocar, fantasear, poetizar y gozar libremente a través de las palabras.
Esta es la diferencia que no se debe soslayar al momento de esbozar o desplegar cualquier proceso educativo y cultural que aliente la formación de auténticas y progresivas comunidades lectoras.

La desnaturalización de la lectura termina configurando en el imaginario infantil, de manera perniciosa, un creciente y desmoralizador rechazo hacia los libros; motivo que les impide sostener, además, el vínculo voluntario, constante y gratificante que se requiere construir desde la infancia para optar y solazarse con la lectura durante el resto de su vida.
Es notable cómo la misma institución que se presenta exitosa para alfabetizar, se muestra a la vez incapaz de generar o regenerar en ellos el ineluctable deseo de leer y de seguir leyendo literatura, más allá de las exigencias formativas. El gran desafío que tenemos todos los educadores es, entonces, hacer que nuestros estudiantes trasmuten su errática y menguada valoración de la lectura escolar o escolarizada hasta que logren vislumbrarla y aceptarla como a una experiencia social necesaria, consentida y complaciente.
Al respecto, el escritor norteamericano Jim Trelease, en su famoso “Manual de la Lectura en Voz Alta”, arguye lo siguiente: “Uno de los objetivos de la escuela debería ser formar lectores para toda la vida, es decir, egresados que sigan leyendo y educándose a lo largo de su vida adulta. Pero la realidad es que formamos lectores para la escuela, estudiantes que saben leer lo suficientemente bien para graduarse. Y en este punto, la mayoría hace un voto silencioso: que llegue pronto el momento en que no tenga que leer obligadamente un libro más.”
Y esto sucede, según mi experiencia docente, porque desde los diferentes ciclos y niveles del Sistema Educativo o se carece, o se desatienden o se desfiguran algunas de las condiciones pedagógicas y sociales más decisivas para la formación de lectores: la urgencia de disponer de un nuevo paradigma lector sustentado en los postulados de la Educación Literaria y de la Nueva Pedagogía de la Lectura, la existencia de un amplio colectivo de adultos dispuestos y preparados para ejercer procesos de mediación, la inclusión de una diversidad de soportes y prácticas, la actualización y diversificación del canon escolar de lecturas, la persistencia, diseminación y socialización de la actividad lectora y, primordialmente, la defensa irrestricta de la gratuidad de la experiencia literaria durante todo el proceso educativo.
Claramente formar lectores es muy distinto de enseñar a leer. Adquirir la habilidad para decodificar textos no augura ni crea lectores; y como no nacemos lectores, por el contrario, nos hacemos –o en su defecto, nos deshacemos- es preciso que los responsables directos del hecho educativo conozcan e impulsen prácticas y estrategias concretas y sistemáticas (como la lectura en voz alta, diaria y compartida) para acercar y vincular amorosa y desinteresadamente al niño con el libro.
Además de “enseñar” la lectura como práctica y contenido transversal en la escuela es imperioso impulsar en la infancia las ganas y la necesidad de adentrarse voluntariamente en los libros. Y para lograrlo es preciso que directivos, maestros y bibliotecarios estén convencidos y preparados para leer, para leer-les y para hacer-les leer literatura a todos los niños y jóvenes de nuestras comunidades educativas.
Y leer, de modo prioritario, obras y textos de reconocida calidad literaria porque es de esa vertiente – sublime, diversa e inagotable- de donde abrevan y crecen esos lectores activos e inteligentes, perseverantes e imaginativos, que ambiciona la escuela y que la sociedad requiere.










