Julio Ramírez: “La música me entró por los ojos”
Acaba de lanzar su primer disco solista, “En Dos Hileras”. Acompañó y acompaña a grandes artistas. En esta charla desentrañamos su vida de fuelles.
Él nos salva de que todos los días sean iguales. De sus fuelles salen soles. Lo que provoca un sacudón aquí no es el cuadro, un músico ejecutando el acordeón, sino la forma que va pintando el litoral con dos hileras. Estas impresiones movieron esta charla con Julio Ramírez.
Nos citamos en un bar. Llegamos tan puntuales que nos encontramos en la puerta. El cielo estaba ensanchado entre blanco y azul. Hacía calor. Julio Ramírez es acordeonista y bandoneonista. Tiene los ojos claros, el pelo negro muy corto, barba de una semana, es de tez blanca y cuando arquea sus labios todo su rostro sonríe. Estamos con Miguel Romero quien hace las fotos mientras nos movemos y buscamos un lugar para sentarnos a charlar. Pedimos algo frío. Jugos. Pasaba media mañana y el grabador registra las primeras preguntas.

-Vamos a partir de la génesis, ¿te acordás dónde comenzó tu gusto por la música y el acordeón?
Comencé cuando ya estaba por cumplir cinco años. Fue tras el accidente donde perdieron la vida varios músicos en Bellas Vista, Corrientes. Habían fallecido Daniel “Yacaré” Aguirre, Joaquín “Gringo” Sheridan, Miguel Ángel “Michel” Sheridan, “Chango” Paniagua, Zitto Segovia y Jhonhy Behr. Recuerdo que pasaban los videos por la tele. Aquel hecho me impresionó mucho”.
Quedé muy impactado por el bandoneonista que perdió la vida en ese accidente, Joaquín Gringo Sheridan. Estaba muy enfocado en ese hecho y en esos tiempo un tío apareció con un acordeón de dos hileras. El me lo obsequió para que juegue y me entretenga. En mi casa siempre se escuchó chamamé, mi viejo tenía cassette.
Pienso en esa época y en casa surgen los sonidos de Imaguaré, grupo Reencuentro, era lo que más sonaba en mi casa. Entre juegos, porque así tomé en los inicios, así comencé a practicar. Entre el esparcimiento y la música que venía de los cassette fui sacando los primeros sonidos chamameceros”.
-Eras muy chico cuando fue el accidente. ¿Qué te movilizó de aquel hecho?
Del accidente no me acuerdo. La música me entró por los ojos. Lo primera que recuerdo es al Gringo y esa manera tan particular de tocar. Además era un músico muy bueno a quien después cuando fui grande y más consciente admiré por su forma de tocar. Él se movía con el instrumento, lo abría hasta más no poder y esos sonidos eran únicos. Después en los cassette escuchaba chamamé que había en la casa. Cuando comencé a tocar la verdulera no hacía un análisis, jugaba a tocar y así me iba saliendo los sonidos. En realidad se fue dando casi naturalmente.
-¿Cómo pasaste después del juego a una academia de música?
Al comienzo eran los sonidos del juego. Mientras iban saliendo esos acordes me escuchaban mis viejos y otras personas. Hasta que un día le recomendaron a mi viejo que me envíe a estudiar. Entonces comencé a estudiar con cinco años en la Academia de Raúl Alonso. Mamá me llevaba los días martes y jueves a Corrientes, estudiaba una hora por día.
La academia era un salón grande, estábamos diez o doce chicos más o menos de la misma edad. Raúl Alonso nos mostraba lo que teníamos que hacer y nos poníamos a ensayar. A los tres meses que estaba estudiando con el me llevó a Canal 9 al programa de Alfredo Norniella. Ahí toqué un tema, Laguna Totora. Después Raúl cerró la academia y yo durante ese tiempo comencé a mezclarme con algunos músicos de Resistencia. Además siempre andaba con mi viejo en guitarreadas, había un grupo muy lindo que teníamos todos los viernes donde todos pasaban los 50 años. En ese ambiente había muchos guitarreros. A los viernes culturales me sumé desde chico. No recuerdo cuantos años tenía pero después toqué en el Festival del Chivo en Pampa del Infierno, después en el Festival de Mburucuya, así me fui haciendo en distintos festivales. Me fui haciendo y sin darme cuenta fui creciendo.
-Además de tocar el acordeón tocas el bandoneón, ¿cómo llegaste a este instrumento?
Llevaba cinco años estudiando acordeón y decidí probar con otro instrumento. En el caso del bandoneón empecé a estudiar con Aldo Berón aquí en Resistencia, en la escuela Huellas Argentinas. Estuve cuatro años y participé en diferentes movimientos, fuimos a un certamen en Córdoba, entre otros lugares.
-Después comenzaste a tocar con diferentes músicos, sin embargo no te dedicaste por completo a la música, ¿por qué?
Sucede que cuesta vivir de la música. Un músico sesionista o quien toca con un artista importante vive fuera de la casa. Yo les doy importancia a la familia y a los amigos. Entonces prioricé estas cosas y después se dio la posibilidad de abrir un supermercado. Me dedico a eso me dedico y es lo que hago día tras día. Cuando pienso en lo musical me siento un privilegiado porque no me dedico de forma exclusiva a la música y sin embargo toqué con artistas muy importantes.

-Nini Flores.
Totalmente, tocar con el me marcó la vida y tengo recuerdos que no se borran. Debo confesar que nunca me gustó estudiar, ni en la escuela. No soy un tipo estudioso. Además cuando era chico quería jugar y aprendí a tocar porque para mí era un juego. No me considero un músico de estudio, aunque hace un buen tiempo que toco profesionalmente. Sin embargo nunca me dediqué al estudio del instrumento.
-A pesar de que no te dedicas profesionalmente llegaste a este primer disco, “Dos hileras”. ¿Cómo fue todo este proceso?
El disco lo comenzamos a grabar en diciembre del 2017 en Paraguay. Me cuesta tomar solo el instrumento. A pesar de los avances que hice con el bandoneón me doy cuenta que mi instrumento es el acordeón de dos hileras. Es el instrumento con el cual empecé y es al que más le saco el jugo. Además es el instrumento con el cual más cómodo me siento a la hora de tocar. Tocar solo no es lo mismo, con Gabriel Cocomarola tocamos cosas complejas pero cada uno tiene su parte y la situación es distinta. Es un trabajo en equipo y por contagio vos confías en tu compañero por un resultado que esta por fuera de lo que estás haciendo.
Había hecho dos o tres temas de Roque González. Se los mostré a Pedro Topo Zubieta y él me dijo “hay que grabar esto urgente”. El Topo es un ansioso desmedido. Después también Coqui Ortiz impulsó la grabación del disco. Cuando la cosa comenzó a tomar forma hablé con Facundo y Samuel Rodríguez con quienes compartimos grupo con Gabriel Cocomarola. Ellos se sumaron y el Topo pidió estudio y consiguió en Asunción, Paraguay.
Todo se fue dando, terminé grabando solo un tema de Roque. Además adapté temas de Nini Flores al acordeón de dos hileras. Cuando teníamos fecha de estudio me junto con los hermanos Rodríguez y fuimos armando los temas.
Le mostré un pedacito de una polca que había hecho a Facundo Rodríguez y él la completó. Así tuvimos nuestro primer tema para el disco. A los pocos días Facundo viene con otro y ahí ya teníamos dos temas nuestros. Le hablé Néstor Ferreyra para tener temas cantados. Lo que hacía Rudi y Nini Flores es fuera de serie, hay versiones de ellos que son difíciles de enfardar en el acordeón de dos hileras. Grabamos un tema de Coqui, Despenadero, nos gusta en la versión que ha quedado para el disco.
-Un párrafo se merece el Topo Zubieta, esto de ansioso desmedido es una gran definición.
Para grabar un disco muchas cosas tienen que encontrarse. Ese empuje del Topo hizo posible la grabación del disco. Él también fue el motor para que Gabriel Cocomarola grabara su disco. Él tiene mucho empuje y yo no soy de esa forma. Hoy con el disco grabado y presentado en sociedad estoy más que feliz, más que conforme. Estoy feliz con el disco y con la presentación que hicimos en el Teatro Vera de Corrientes. Hoy puedo ser consciente de la magnitud de lo que significa tener un disco.
La definición del Topo es que este material, Dos Hileras, es un disco antropológico. Creo que es así porque es el instrumento que le da el origen al género chamamecero. Hoy los chicos ya arrancan con acordeones grandes o bandoneones, tiene más información. En otra época era el músico en el medio del monte escudriñando el instrumento para que salieran sonidos. Mi abuelo era acordeonista, era policía y tocó el acordeón a piano porque compró lo que había. Después tenés ejemplos como Pedro Montenegro quien fue autodidacta y no te explicas cómo un tipo puede salir del medio de la nada sin que nadie le muestre un acorde. Pedro no sabía escribir. Roque González es otro referente quien también arrancó con un acordeón de dos hileras. Tocar el acordeón de dos hileras es volver a mi origen y al origen del género. Trate de buscar y no dejar ningún recurso por utilizar en el instrumento. Así se hizo este disco. Ahora quiero que estos temas estén en todos lados.
“Tipos grandes”
Para muchos Julio Ramírez era Julito. Desde su perspectiva los demás eran tipos grandes. “Era muy joven todavía y viajábamos con algunos músicos al interior del Chaco. Por ese tiempo ya me había hablado de Coqui Ortiz pero no lo conocía personalmente, en ese viaje transamos amistad. La primera impresión que tuve fue que era un tipo grande, Coqui ya tenía 27 años”, cuenta y sonríe, se rostro se vuelve por un segundo rojo ante la confesión.
“Lo primero que supe de Coqui era que hacía sus temas”, continúa. “Comenzamos a tocar juntos y él se iba a mi casa en bicicleta. Me mostraba los temas y desde el principio había una conexión a través de la música. Me adapté rápido a pesar de que era un estilo que no venía tocando. Coqui hacía sus temas. Me iba pasando nota por nota, por ahí yo le mostraba cosas del instrumento que podían aportar al tema y así nos fuimos haciendo. Comenzamos a viajar muy y después grabamos su primer disco. Junto a Coqui aprendí a sacarle el jugo al acordeón de dos hileras”, subraya.
Junto a Coqui Ortiz Julio Ramírez estuvo por espacio de nueve años, grabaron discos y recorrieron ciudades y provincias del país. Además Julio hizo lazos con diferentes músicos y compartió escenarios con artistas de la talla de Raúl Barboza, Chango Spasiuk, entre otros. Además participó en grabaciones de discos junto a Liliana Herrero, Jorge Fandermole, Juan Quintero, Carlos Negro Aguirre, Horacio Castillo y la lista sigue.
Dentro de sus últimas actividades está la vuelta a los Cocomarola. “Desde los comienzo Cocomarola viene conmigo. Ahora además toco con su nieto, con Gabriel Cocomarola. Tengo con él una amistad muy grande y nos conocemos desde chiquitos. Recuerdo cuando lo conocí, fue en un festival: yo tenía seis y él tenía 4 años. Siempre hubo algo ahí en el medio hasta que después nos comenzamos a cruzar y a tocar juntos, me invito a una gira por Buenos Aires. Ahora hace ocho años que estamos tocando juntos”.
Hoy desafiando a ese poema chamamecero que dice no importar el nombre del chamamecero. Aquí sí importa el nombre. Ya no da igual si toca Pedro o Juan. Cuando está tocando Julio Ramírez se percibe el litoral vibrando en su fuelle y en el ambiente. Pueden existir varias definiciones del chamamé, no me quedo con ninguna, sólo sé que cuando Julio está tocando hay chamamé.
Dos hileras
Por Chango Spasiuk
Cuando pensamos en el mundo sonoro del nordeste argentino aparece una tradición y una música inmensa llamada chamamé. Hoy es un lenguaje con infinitos rostros, infinitas formas instrumentales, poéticas, grupales, sonidos simples o estéticas muy complejas y contrapuntísticas.
Sin detenernos mucho en tratar de hablar de los orígenes del chamamé y de su historia, no puede faltar un instrumento clave e imprescindible en la definición de su sonido actual, el acordeón diatónico o popularmente llamado la verdulera.
Veintiún botones en la mano derecha, ocho en la mano izquierda, con un sonido y un color muy original y poderoso. El chamamé ya era una música, un lenguaje en desarrollo antes de la inmigración europea de fines del 1800. Esta inmigración es quien trajo este instrumento a la Argentina y es donde se termina de definir la forma de lo que hoy llamamos la tradición del chamamé. Julio Ramírez es un acordeonista y bandoneonista nacido en la provincia de Chaco. Talentoso en todo lo que emprende, trae este hermoso disco, grabado enteramente con este acordeón verdulera, guitarras, cantores e invitados.
Todo de tan buen gusto, dinámico, acústico y una virtuosa manera de tocar que cuesta creer que con tan pocas notas y con un instrumento limitado se pueda crear y decir tanto.
Es un disco necesario en estos tiempos de nuestra música popular, para mostrar al mundo tan original manera de tocar el acordeón y para dejar testimonio de esta escuela que nos dejaron grandes maestros y pioneros. Esta música es un alimento imprescindible para nosotros ahora y para el porvenir.















