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Muchas incógnitas tras el triunfo de Bolsonaro

El triunfo de Jair Bolsonaro plantea muchos interrogantes no sólo dentro de Brasil, sino también en América Latina y el resto del mundo. ¿Este excapitán del ejército, que cree que el principal error de la dictadura brasileña fue no matar a más personas, representa una amenaza para la democracia de su país y la estabilidad en la región?

Para algunos observadores políticos europeos todavía es muy prematuro para responder a ese interrogante aunque reconocen que se trata de un líder imprevisible e incómodo para el viejo continente. En la Argentina, en tanto, el temor también está puesto en el futuro de los lazos comerciales entre ambos países y por la suerte que podría correr el Mercosur.

En ese sentido, hicieron mucho ruido las declaraciones del futuro ministro de Economía brasileño, Paulo Guedes, quien adelantó que el bloque regional no será una prioridad para el nuevo gobierno. Pero en Brasil, quienes conocen la trayectoria del exmilitar recuerdan que en los comienzos de su carrera política, allá por los años 80, fue un ferviente defensor del nacionalismo y de la intervención del Estado en la economía, pero luego fue acomodándose a los tiempos y se convirtió en un promotor del neoliberalismo.

El hecho de haber cambiado de partido una docena de veces muestra también el camino que eligió Bolsonaro para posicionarse ante una sociedad que todavía no sale de su estupor frente a las denuncias de corrupción que destaparon las investigaciones de la justicia. Muchos analistas de la compleja realidad brasileña creen que la gran oportunidad del polémico dirigente llegó cuando la mayoría de los partidos políticos comenzaron a pagar el costo de haber quedado en medio de la investigación de corrupción más importante de Brasil, el Lava Jato, en la que la justicia puso la lupa sobre los estrechos vínculos entre las grandes empresas y las figuras más prominentes de las principales fuerzas políticas.

Bolsonaro aprovechó hábilmente ese vacío, a lo que añadió un mensaje de mano dura que no pasó desapercibido en una sociedad que registra un aumento de la violencia y una de las tasas de homicidios más alta del mundo, con más de 62.000 asesinatos en lo que va de este año, según revela un informe del Foro Brasileño de Seguridad Pública.

En el 55 por ciento de los votos que Bolsonaro cosechó en la segunda vuelta debe anotarse el apoyo de activistas de extrema derecha que añoran el regreso de la dictadura, de los fieles de iglesias cristianas evangélicas que apoyaron al ex militar que prometía defender los “valores familiares tradicionales” y también el interés de grupos empresarios que buscan sacar ventajas de las políticas económicas neoliberales que se aplicarán en la nueva gestión.

Un dato que llama la atención es que, según distintas encuestas, muchos votantes que apoyaron en las urnas al polémico candidato del Partido Social Liberal (PSL) reconocen que dudan de su capacidad para resolver los problemas profundos de la sociedad brasileña, pero coinciden en que después de los escándalos de corrupción, el Partido de los Trabajadores (PT) no podía continuar en el gobierno y que la figura de Bolsonaro, que fue electo diputado siete veces consecutivas, surgía como la figura más nítida en un escenario de desencanto generalizado.

Otro dato que revela la imprevisibilidad del ultraderechista y su predisposición al cambio de piel, es que en los comienzos de su carrera política profesaba la fe católica, pero hace unos años se convirtió al culto evangélico sabiendo que es el credo que podía aportarle un mayor apoyo electoral.

El domingo pasado en su primera aparición en la TV, tras la victoria, cuando acaba de resultar electo presidente, Bolsonaro se paró ante las cámaras que habían llegado a su casa y tomó las manos de los miembros de su equipo de campaña que lo acompañaban. Luego, cerró los ojos y comenzó a rezar con sus colaboradores.

Apenas unos días antes había ratificado sus posturas en defensa de la dictadura militar que asoló Brasil durante 1964 y 1985, y nunca se retractó de sus expresiones con las que justificó el uso de tormentos y torturas. Tampoco se arrepintió de sus comentarios denigrantes contra las mujeres, los homosexuales y los negros. Muchas preguntas plantea la irrupción de su figura en el escenario latinoamericano.

En Brasil, los más optimistas consideran que el gigante sudamericano tiene instituciones lo suficientemente sólidas como para resistir cualquier medida que ponga en peligro a la democracia. Otros, más prudentes, aconsejan esperar y evaluar los primeros meses de su gestión para sacar conclusiones.

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