El desafío de renovar la escuela secundaria
Las provincias deberán presentar en noviembre próximo ante el Consejo Federal de Educación sus respectivos planes para poner en marcha la nueva escuela secundaria, en el marco de la iniciativa Secundaria Federal 2030, que es como se bautizó a la política pública con la que se buscará transformar la enseñanza en el nivel medio de todo el país.
La idea es que el proceso de cambio comience con el ciclo lectivo del año que viene, con la gradualidad que cada jurisdicción considere más adecuada. Se espera que este nuevo intento por transformar la escuela secundaria permita, entre otras cosas, vincular los estudios de ese nivel educativo con el ámbito universitario y el mundo laboral y, lo que es más importante, reducir los preocupantes índices de fracaso y deserción escolar. El desafío, por supuesto, es enorme. Se estima que en todo el país alrededor de 400.000 alumnos dejan de concurrir a la secundaria cada año, mientras que un alto porcentaje de quienes logran concluir sus estudios en este nivel egresan con serias deficiencias en campos del conocimiento como matemáticas o comprensión de textos y, en ese sentido, la ministra de Educación del Chaco, Marcela Mosqueda, dijo esta semana que en la última reunión del Consejo Federal de Educación (encuentro que reúne a los máximos responsables de las carteras educativas de todo el país), se volvieron a analizar los resultados de la evaluación Aprender de 2017, que se conocieron a principio de año, y que esos resultados “alarmaron a todos los ministros”, por lo que se acordó conformar un grupo de trabajo para avanzar con los cambios que necesita este nivel educativo. Para avanzar en un nuevo tipo de organización de la escuela media se propuso que los equipos docentes de cada establecimiento educativo tengan un proyecto que, de alguna manera, aporte sentido a la escuela y motive especialmente a los alumnos. Se espera que cada escuela, además, planifique las actividades a desarrollar a lo largo del año especificando cuáles serán los indicadores de mejora que se tomarán como referencia. Se buscará que ya no haya más materias en compartimentos estancos, sino que estén integradas dentro de “áreas de conocimiento” que consoliden los aprendizajes y se integren mejor con aplicaciones prácticas. De esta manera, los docentes tendrán que trabajar por proyectos con sus colegas, porque uno de los grandes cambios que se proponen es salir de la lógica de trabajo por asignatura y empezar a trabajar por proyectos integrados.
Por otra parte, se quiere evitar que existan profesores que se vean obligados a trabajar pocas horas en distintas escuelas, con poco contacto con los estudiantes, como ocurre actualmente. En lugar de eso, se propone que los docentes sean designados con cargo y jornada completa para una misma escuela. Otro de los cambios que se quieren introducir tiene que ver con la forma de acreditar los conocimientos, es decir cómo se van a evaluar y acreditar los saberes de los jóvenes, que pasarán a trabajar, como se dijo, por proyectos interdiscplinarios, transversales, que permitan trabajar en la resolución de problemas reales.
No caben dudas que la escuela secundaria, tal como la conocemos hoy, necesita cambios profundos. La transformación que se propone debe ayudar a erradicar el fracaso escolar y a despertar el interés de los estudiantes por lograr aprendizajes que serán fundamentales para la vida en las sociedades de este siglo XXI. La comunidad educativa debe asumir el desafío de generar las condiciones para que las aulas sean el mejor lugar para aprender a aprender, donde se fomente la responsabilidad y el compromiso social, donde se aprenda a resolver problemas, a trabajar con otros, a desarrollar el sentido de equidad y a cultivar un pensamiento crítico. Claro que esta ambiciosa reforma demandará, necesariamente, un mayor esfuerzo y una mejor inversión por parte del Estado, dos requisitos fundamentales que en la actual coyuntura de crisis, ajustes y recetas del FMI, se presentan como muy difíciles de cumplir.










