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Un obsequio del espacio para el Chaco

La primera división departamental del territorio del Chaco, realizada en 1915, determinó la existencia de un departamento denominado Campo del Cielo, en la zona oeste, en el límite con Santiago del Estero.

La medida parecía derivar de hechos inexplicables ocurridos en el pasado, que habían sido rodeados de historias legendarias y en algunos casos mitológicas: la caída de una lluvia de meteoritos, única reconocida hasta entonces en el mundo.

Durante el período de la dominación española, el Chaco era recorrido por aborígenes nómades de diferentes etnias que conocían el terreno y se hacían eco de ideas transmitidas ancestralmente .

Así llegó a los españoles la noticia de la existencia de grandes moles rocosas que contenían metal, caídas del cielo, según referencia de los aborígenes.. Esta última característica era comprobada con la existencia de puntas de flechas de metal en las armas utilizadas por ellos.

Estudios científicos posteriores estiman que los trozos aludidos eran producto de impactos que provocaron la dispersión meteórica hacía más de 5000 años. En reiteradas ocasiones los conquistadores españoles enviaron expediciones con el objetivo de hallar los meteoritos que fueron siendo bautizados en la jerga coloquial con nombres diversos.

Pero el de mayor tamaño de acuerdo con las versiones indígenas que describían, tal vez en base a testimonios de antepasados, era una inmensa bola de fuego de extraordinario fulgor y tamaño, meteorito al que denominaron Mesón de Fierro. Este meteorito fue fragmentándose y se hundió definitivamente.

La infructuosa búsqueda de los españoles se repitió muchas veces durante los cuales hallaron numerosos cráteres producidos por la caída de los meteoritos Era la marca que indicaba el sitio en donde cavar para desenterrar el resto. La noticia acerca de esta curiosidad celeste, en tierra chaqueña atrajo la atención de científicos extranjeros que se llevaban, a veces comprados, los trozos que se hallaban. El sentido que los indígenas daban a este hecho rozaba lo mitológico.

Según estudios de especialistas, estimaban que lo caído eran pedazos del sol, elemento que veneraban, proyectando su devoción a los trozos del material hallado. Otros sostenían la existencia de radiaciones solares que habían logrado una extraña transfiguración, convirtiendo en piedra a la vegetación. Extraños poderes se adjudicaban a los restos que hallaban.

Fue creándose en torno de los trozos que hallaban un culto indefinido e insustancial, evidenciado en los senderos de peregrinaje. Las ingenuidades de los aborígenes, también se produjeron mucho tiempo más tarde en seres con mayor instrucción.

En la década del sesenta un meteorito de gran tamaño fue emplazado en el hall de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste. Entre los alumnos se divulgó la idea de que la posesión de un trozo del meteorito otorgaba la facilidad de aprobar los exámenes. Cabe aclarar que había cierta facilidad de lograr un pedacito por medio de un pellizco.

Se implementaron algunos estudios locales, especialmente en el ámbito de la Asociación Chaqueña de Aficionados a la Astronomía y con posterioridad en cátedras afines de la Facultad de Humanidades. Asimismo, conjeturas elaboradas por historiadores a nivel nacional atribuían al metal que se hallaba entre las rocas el haber servido para la fabricación de armas usadas en campañas de la independencia, idea destruida en base a estudios científicos.

Pero el creciente interés de especialistas extranjeros, a la larga despertó la curiosidad y los interrogantes de los chaqueños y a nivel nacional. Hace cinco años fue creado el Centro de Interpretación de Campo del Cielo que cuenta hoy con edificio propio y un museo en formación.