Dramas ocultos de la pobreza
La ausencia de políticas de bienestar de alcance nacional se hace sentir con dureza en los sectores más vulnerables de la población. Así lo confirma un nuevo estudio del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) que advierte sobre el elevado número de personas pobres que, además de sufrir privaciones materiales de todo tipo, también padecen un fuerte malestar psicológico.
El trabajo de investigación del Observatorio de la Deuda Social se titula “Pobreza y desigualdad escondidas”, y en él se emplean nuevos modelos y herramientas de medición de pobreza, como las denominadas “Dimensiones Faltantes” que aportan un análisis más integral del flagelo social que castiga a cada vez más amplios sectores de la población argentina, dando cuenta de aquello que no se mide en los tradicionales sondeos que toman en cuenta los índices de ingresos o viviendas precarias, para lo cual esta novedosa investigación centra la atención en las carencias propias de la vida cotidiana o el fuerte impacto que tiene la marginalidad en la mente humana.
Se trata de la “pobreza escondida” que no es otra cosa que una sumatoria de lacerantes deudas sociales relacionadas con “privaciones injustas que afectan el pleno ejercicio de las capacidades de desarrollo humano y de integración social”. El informe explica que estas carencias se consideran “injustas” en tanto que implican una violación a los derechos humanos fijados por las normas internacionales.
El documento de la UCA advierte que el 63,9 por ciento de los pobres indigentes de la Argentina (34,3 por ciento) y de los pobres no indigentes (29,6 por ciento) presenta un malestar psicológico; es decir un estado en el que se experimentan síntomas de ansiedad y depresión con un riesgo moderado. Por otra parte, el 22,8 por ciento de los pobres y pobres indigentes sostiene que siente “infelicidad” en su vida.
Se trata -explican los expertos- de una percepción de la vida y que está vinculada con el espacio en que se vive.Vale rescatar aquí una reflexión del doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale, el portugués Boaventura de Sousa Santos, quien (citando a Spinoza) observa que las dos emociones básicas de los seres humanos son el miedo y la esperanza.
“La incertidumbre es la vivencia de las posibilidades que emergen de las múltiples relaciones que pueden existir entre el miedo y la esperanza. Siendo diferentes esas relaciones, diferentes son los tipos de incertidumbre. El miedo y la esperanza no están igualmente distribuidos entre todos los grupos sociales o épocas históricas. Existentes grupos sociales en los que el miedo desplaza de tal modo a la esperanza que el mundo les sucede sin que ellos puedan hacer suceder al mundo.
Viven en espera, pero sin esperanza. Están vivos hoy, pero viven en condiciones tales que pueden estar muertos mañana. Alimentan a sus hijos hoy pero no saben si los podrán alimentar mañana. Existen, por otro lado, grupos sociales en los que la esperanza desplaza de tal forma al miedo que el mundo se les ofrece como un campo de posibilidades que pueden administrar a su propio antojo”.
No hace falta ser científico social para ver en qué grupo están la mayoría de los argentinos que hoy sufren las consecuencias de una transferencia brutal de ingresos, y en qué grupo están quienes ocupan lugares de privilegio y viven el mundo como “un campo de posibilidades”.
El informe de la UCA revela, además, que un 73,6 por ciento de los argentinos que viven en la pobreza perciben un sentimiento de “afrontamiento negativo”. En este sentido, se aclara que esto implica el “predominio de conductas destinadas a evadir ocasiones para pensar en la situación problemática sin realizar intentos activos por afrontar o tratar de resolver la situación”.
Otro dato del informe complementa la reflexión de Boaventura de Souza Santos: el 37,4 por ciento de los argentinos pobres presentan un síntoma de “creencia de control externo”, es decir, que sienten que están a merced del destino y consideran que sus conductas están exteriormente dirigidas.
Estas variables de la pobreza que hasta ahora permanecían invisibles deben ser un llamado de atención para quienes tienen en sus manos el diseño de políticas públicas.
Es necesario que se adopten medidas para reducir la enorme desigualdad social que pone en situación de riesgo a amplios sectores de la población donde cada vez más la incertidumbre gana terreno frente a la esperanza.
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