Fabriciano Sigampa, el monseñor
Hace un tiempo, por circunstancias que no vienen al caso, entablé una relación profesional con el arzobispo emérito de Resistencia, Fabriciano Sigampa. Un sacerdote que, por encima de los cargos jerárquicos de la Iglesia, es cura. Un cura de alma. Dedicado a tender la mano, silenciosa, pero justa a quien se le acerca en busca de un mensaje que alivie su dolor.
Es el cura que le dice que sí, a quien solicita la confesión o su participación a un acto litúrgico. “Solo quería ser cura”, me dijo en reiteradas ocasiones. Es entendible, lo demás vino por añadidura.
Sigampa es un riojano de hablar pausado, de buena memoria de un humor muy especial, que quizás si no lo conociera, tomaría de sorpresa a su interlocutor.

Sin embargo, es un ser que atesora en su interior un mundo de espiritualidad, de humildad, con un caudal de fe, inmensamente rico. Nacido en la zona de Chilecito, en el seno de una familia muy humilde - eran ocho hermanos- y su mamá, Rosa, fue el puntal de la familia. Una mujer que despreciaba las habladurías y los comentarios malintencionados, muy trabajadora y piadosa, a quien cuidó hasta el fin de sus días. De ella aprendió el amor al prójimo y la práctica de la oración.
Cursó las escuelas primaria y secundaria, en la ciudad de La Rioja. Tiene un gran recuerdo de su primera maestra de quien dice que en ella se entremezclaban la maestra y la madre. Ya siendo obispo, informado que su salud declinaba, la llamó preguntando si podía visitarla. La respuesta fue “cómo no voy a querer que mi exalumno obispo me visite”. Hablaron mucho durante ese encuentro, y al poco tiempo ella falleció.
EN LA DOCENCIA
Ejerció la docencia durante dos años, su segundo año lo realizó en una escuela rural.
Allí comprobó que, a media mañana, los chicos se dormían. Entendió que lo hacían por hambre y tomó una decisión. Habló con las madres y llegaron a un acuerdo, juntaría alguna gallina y otras cosas del campo para canjearlos por mercaderías.
Así luego ellas, con la harina, podrían amasar y cocer el pan y con la yerba y la leche darían a los niños un tentempié a media mañana. Pensó también que a los niños le daban el conocimiento que figuraba en los planes de estudio, los alimentaban, pero les faltaba el alimento espiritual.
En un viaje a la capital, habló con el obispo, quien le proporcionó el material necesario y, meses después, envió a un sacerdote para comprobar la eficacia de la enseñanza. Conclusión: los alumnos durante esta visita tomaron su primera comunión. Luego de esta experiencia y tras un diálogo con su obispo, ingresó al seminario de Córdoba, donde fue recibido por monseñor Enrique Angelelli.
Fue ordenado sacerdote en Chilecito y a partir de entonces fue un pescador de almas incansable.
El arzobispo es un conocedor de la música clásica y típica. Cuenta un allegado riojano, que conduce el vehículo en el que viajan a su provincia, que cuando escuchan algún tango,
inmediatamente cita los nombres de los autores, intérprete y año de grabación.
SU DIÁLOGO CON DIOS
No solo de música habla monseñor, sino de su diálogo permanente con Dios, y señala que “Dios no espera que lo vayamos a buscar, él sale a nuestro encuentro”. Además, destaca lo importante que es abrazar la opción por los pobres, como reitera el Papa. Esto es una constante en su vida, que se repite a cada momento.
También afirma que la misión del obispo es salir a buscar a los fieles, al evocar que, en una ocasión, había llegado a un paraje de nuestra provincia y debió administrar numerosos
bautismos.
Una pareja que tenía ya varios hijos, pidió casarse. El cura primero solicitó hablar con la mujer. Su inquietud estaba en conocer si era víctima de malos tratos por parte de su pareja. Ante la respuesta negativa, sin más vueltas ni burocracia procedió a administrarle el sacramento. Eso era lo importante. La constancia debían buscarla más adelante en la iglesia del pueblo cercano.
Acompaña anualmente la Cabalgata de la Fe en honor a San Pantaleón, patrono de los enfermos y de La Virgen Inmaculada, patrona del Chaco. La peregrinación surgió de una decisión del exgobernador Ángel Rozas. La iniciativa de Sigampa de participar surgió de la necesidad de darle al acto, el sentido religioso que carecía. Faltaba la presencia oficial de la Iglesia. A su entender, esta ausencia ameritaba ser subsanada y para eso el arzobispo estaba dispuesto a acompañar, entiende, una buena iniciativa espiritual nacida en el seno mismo de la política.
Recuerda el reclamo del Papa que quiere una iglesia de puertas abiertas y concluye compartiendo el pensamiento de Francisco “cómo me gustaría una iglesia pobre”. Sigampa es modelo de austeridad, que se refleja en la sencillez de la casa que habita en Fontana, sin lujos, rodeada de plantas. En su entrada se encuentra una capillita, donde reza la misa diaria y realiza sus oraciones. Es, diríamos una manera simbólica de mostrar que el Rey de la casa, acompaña a su morador, y bendice al visitante.
Opina que el Pastor tiene que estar muy cerca del pueblo.
A menudo asiste a los lugares que reclaman su presencia para rezar una misa. Pero antes transcurre largo tiempo escuchando confesiones, prestando su oído a los problemas de quien necesita la sabia palabra de este cura, enviado de Dios. Recuerda que su consejo para los matrimonios es “mírense
con los ojos de Dios. Es importante que cada uno descubra los talentos del otro. No los defectos, que esos salen solos”. Reflexiona que “el trabajo, no es una sanción.
Un castigo de Dios. Señala que cuando se elige bien la profesión ésta se realiza con alegría, con placer. De lo contrario, se vivirá refunfuñando, toda la vida acota Monseñor Sigampa, arzobispo emérito de Resistencia, es un pastor incansable, que, con mucho respeto a la autoridad eclesiástica
actual, encara su tarea de hombre consagrado, en silencio y humildad, pero siempre con la firme convicción de que la palabra de Dios debiera llegar a todos.












