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7 otoños

La memoria hecha poesía escénica

Por Mario Quinteros- Pocas obras escénicas tienen esa extraña capacidad de arrasar con la mirada racional y cimbrar las emociones como 7 Otoños. Esta pieza dirigida por Marilyn Granada y Toño López, que esta noche se repondrá en Galatea -Mendoza y Echeverría- de esta ciudad de Resistencia.

Su potencia radica no en su historia -pequeña en sí desde lo dramático, pero enorme en significados históricos- sino en la profundidad del relato que lejos de golpes bajos, desvela la pasión y las utopías de dos jóvenes atravesados por la última dictadura militar.

Lejos de pretensiones fútiles y el uso de recetas listas para manipular, esta producción adquiere un enorme valor por la ternura con la que revive el pasado desde sus personajes proyectándolos como la memoria de todo un pueblo.

La dramaturgia parte de una serie interminable de cartas que compartieron la misma Granada, toda una referente en la danza chaqueña y especialmente la contemporánea.

Por su parte el periodista Luis Alarcón, hijo de dos monstruos sagrados del teatro chaqueño: Poen Alarcón y Aída Bertoni.

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Emilia Romero y Toño López ponen su cuerpo, voz y almas en esta obra que apela a la memoria y los sentimientos.
Crédito: Isí Sosa

El título alude a los siete años en que esos papeles cruzaron fronteras, burlaron la censura y alimentaron las esperanzas de Luis, encarcelado y torturado, y de Marilyn que, desde la libertad, aportó sus versos y su baile para iluminar una de las noches más largas que sufrió nuestro país.

La pieza está protagonizada por Toño López, conocido en nuestro medio por aquel memorable unipersonal titulado ‘Huachos‘, y por Emilia Romero, más conocida como bailarina, que demuestra una enorme capacidad de hacer orgánicos los textos epistolares. Más allá de la oralidad, es reveladora la comunicación de sus cuerpos, sincronizados en una sensible secuencia de movimientos cargados de plasticidad, tanto erótica como dramática, y en perfecta función con cada tramo de la obra.

Cuando se habla de cartas y correos se habla de correspondencia. Y aquí la palabra adquiere un significado que cierra círculos y sublima sus propósitos, porque hubo correspondencia entre aquellos jóvenes y hay correspondencia entre la historia y el presente artístico.

Hay correspondencia entre los actores y sus cuerpos, entre sus movimientos y sus palabras. Hay correspondencia entre la luz y el vestuario, entre el clima escénico y el discurso compartido.

Sin embargo, nada de ello explica la magia que se produce al momento de enfrentarse, desde la butaca, con una historia que nos sacude desde sus pliegues más honestos, desde la sensibilidad de sus hacedores, desde un pasado que, no por oscuro, merezca la luz de la creación artística para recordar lo que somos y, por tanto, lo que vivimos

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