La competitividad un problema sin resolver
El Foro Económico Mundial define a la competitividad como el conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan el nivel de productividad de un país. Según este espacio, donde se debate sobre la marcha de la economía global, para ser competitiva una economía debe cumplir los siguientes requisitos básicos: contar con instituciones sólidas, adecuada infraestructura, entorno macroeconómico, amplia cobertura de salud y educación primaria. Además de esos requisitos, considerados “básicos”, es decir que no deben faltar en una economía que aspire a ser competitiva, deben agregarse otros como el buen funcionamiento de los mercados financieros, laborales o de bienes, sin dejar de lado la capacitación y educación superior, la preparación tecnológica que mide qué tan bien las economías están preparadas para la transición a economías basadas en conocimientos, más avanzadas.
Las críticas que días atrás lanzó el gobierno nacional contra dirigentes del sector industrial, a quienes la administración Macri califició de “llorones” y la inmediata respuesta de representantes de la Unión Industrial Argentina (UIA) que reclamaron una apertura inteligente de la economía, vuelve a poner en el centro de la agenda el problema argentino de la competitividad, que en el fondo esconde un problema de vieja data, que es la alta carga impositiva que deben enfrentar la mayoría, por no decir todas, las empresas cuando salen a competir al mercado. Eso es lo que, palabras más, palabras menos, plantearon los representantes de uno de los grupos exportadores de productos alimenticios más grandes del país, el grupo Arcor, que cuenta con fábricas equipadas para competir con cualquier producto de cualquier país del mundo, pero que sin embargo enfrenta el grave problema de la pesada mochila tributaria. Cabe preguntarse aquí si este grupo industrial, que es uno de los más grandes de la Argentina, reconoce que tiene ese problema, qué se podrá decir de las pequeñas y medianas empresas del interior profundo, que vienen sufriendo la agonía de las economías regionales en medio de una economía nacional que no termina de arrancar.
Acaso valga la pena prestar atención al último ranking de competitividad que publicó la Confederación Nacional de Industria de Brasil donde se compara el desempeño del gigante sudamericano frente a un conjunto de economías similares. El estudio tomó como muestra las economías de 18 países, considera semejantes, con desarrollo relativo mayor o menor que Brasil, y distribuidos en Latinoamérica (6), Asia (6), Europa (3), Australia, Sudáfrica y Canadá. Según este trabajo, Brasil ocupa el penúltimo lugar en el ranking, y Argentina el último y, de los últimos seis lugares, cinco están ocupados por países latinoamericanos. Vale aclarar que Chile se destaca por figurar en el grupo de naciones con economías más competitivas.
El ranking contempla nueve puntos y clasifica a los países en tres categorías (más favorable, intermedia e inferior). En esta clasificación, Argentina ocupa el último lugar en los rubros Peso de los impuestos y Competencia y Tamaño de Mercado y en la categoría inferior, además de los dos rubros mencionados, en Disponibilidad y Costo del Capital, Ambiente Macroeconómico, Ambiente de Negocios y Tecnología e innovación. Los ítems Infraestructura y Educación, en tanto, se encuentran en la categoría intermedia. Estos indicadores deben ser un llamado a la reflexión para comprender por qué los dos principales países del Mercosur, Brasil y Argentina, están tan rezagados en esta materia. Los economistas del Foro Económico Mundial sostienen que una economía competitiva es una economía productiva, y remarcan que la productividad conduce al crecimiento, que permite niveles de ingresos más altos, y se supone a un mayor bienestar. En la Argentina, el gobierno de Cabiemos hizo de la competitividad uno de sus banderas favoritas, pero a juzgar por las medidas económicas adoptadas, no se advierte que esas medidas hayan tenido un impacto positivo en la competitividad de las empresas y tampoco la supuesta competencia que iba a generar la apertura de importaciones hizo que bajaran los precios al consumidor, como se puede observar con claridad en las confecciones textiles que ingresan desde otros países, que mantienen un alto precio al igual de los productos de manufactura local.
El gobierno nacional cree, erróneamente, que el problema está en las empresas locales que, asegura, no están preparadas para competir. Sin embargo, el ejempla de la empresa Arcor, que desarrolla productos de alta calidad y exporta a más de 120 países de los cinco continentes, desmiente ese planteo. Más bien, lo que se necesita es una apertura inteligente que debe ser acordada con los distintos sectores involucrados para que brinde los mejores resultados.










