Basta de estafas
La semana pasada, cuando preparamos esta página, ignorábamos que nos quedábamos cortos en pedir la intervención del famoso Chapulín Colorado para defender el “derecho humano Nº1 de los niños a tener clases” ante el conflicto no solucionado entre el gobierno y los docentes. Ahora, ante los hechos que son del dominio público relacionados con una especie de pandemia de corrupción en varios estamentos del Estado provincial tenemos que pedir auxilio y preguntarnos otra vez: ¿Y ahora, quién podrá ayudarnos si los que teóricamente deben defendernos, ayudarnos, protegernos, aparecen como los principales saqueadores de las arcas públicas?
Resulta paradójico que todo esto sucediera cuando la máxima autoridad de la provincia, acompañado por una serie de selectos funcionarios, estaba en uno de los centros mundiales de la política y las finanzas dando cátedra sobre transparencia y gestionando dinero para realizar obras y, además, dentro del círculo más íntimo del primer mandatario, de sus más estrechos colaboradores y, por ende, merecedores de su mayor confianza.
Si al menos parte de lo que se dice --y que seguirá aumentando si no se lo sabe a aclarar sin eufemismos ni tapujos-- llega a ser verdad, los ciudadanos estamos perdidos y caemos en la cuenta de que nos han estado mintiendo desde hace mucho, magnificando lo poco que hacen con mucha propaganda, para favorecer a un círculo de amigos que solo buscan el beneficio y el enriquecimiento propio y ni idea tienen de donde están parados.
Servidores públicos
Y esto lo decimos porque uno supone que los que detentan lugares de poder deberían ser “servidores públicos” que han jurado ante los libros sagrados de la Biblia o de la Constitución, que si no cumplían con su deber que Dios y la Patria los llevaran a juicio. Y lo decimos cuando en los últimos días se cansaron de decir que los aumentos otorgados en 2017 a los docentes y a los empleados públicos fueron los mejores de la región y que superaron con amplitud al índice de inflación. Se dijo que la provincia “no tiene la máquina de hacer billetes” y que no se va a otorgar aumentos que no se puedan pagar. Y eso es muy cierto, pero si se obrara con consecuencia y no hubiera -repetimos- desde el círculo más íntimo del gobernador, una orgía de uso del dinero público en beneficio personal, además de estar integrado por un equipo de familiares y amigos.
No es consuelo decir que en todos los lugares pasa eso y que hace rato que la política está corrupta y que los anteriores fueron peores. Justamente por eso debemos afirmar que la organización de la política ha tocado fondo y que necesita un cambio más que urgente. Y la política organizada la conforman los partidos políticos que se presentan a elecciones con candidatos que luego vota la gente y los empodera para que gobiernen en nombre de todos, los representen, cuiden sus derechos y sus bienes, sean, en una palabra, servidores públicos... servidores, no agentes de retención del dinero de todos en beneficio de sus familiares y amigos.
Es cierto que muchos de los funcionarios que son ahora cuestionados no fueron votados por la gente. Pero la gente sí votó a aquel que designó a esos colaboradores, que por lo que se aprecia son verdaderos analfabetos políticos, que creen que llegar a los cargos representan una lotería que los salvará para toda la vida a ellos, a sus parientes y amigos.
Los partidos políticos
Y los principales responsables de esto son los partidos políticos, que en vez de ser Escuelas donde se preparan los futuros gobernantes, son guaridas de desocupados que esperan el turno de alcanzar un puestito que los posesione para ver si se pueden salvar de por vida. El partido político debería ser un centro de formación, de alta formación, donde lo primero que se enseñe sea lo que significa ser servidor público, su conducta y sus obligaciones. Y que el ejercicio de la política y del gobierno en sus tres poderes no es un medio para hacer fortuna y acumular dinero y propiedades.
Es tiempo de servicio y sacrificio y que no es para llegar a ser un potentado.
Hoy, los partidos políticos, en ese sentido, no existen. Son locales vacíos que se llenan de vez en cuando para hacer actos vacíos de contenido o recordar tiempos y hombres pasados que de alguna manera honraron a la política, pero que ahora son puro bronce que a lo sumo sirven para citar sus frases y arrancar aplausos, mientras ellos se dedican a saquear las arcas del Estado, cada vez más vacías del dinero que ponen todos los ciudadanos.
Algo está claro: así como están los partidos políticos no cumplen con su misión de preparar los futuros gobernantes. Los que llegan son ilustres improvisados que buscan llenarse de dinero. Los ciudadanos tenemos que tomar conciencia por todo esto que nos pasa. Cualesquiera que sean las decisiones a tomar para estos días, este bochorno no podrá quedar en el olvido. Tendría que ser un punto de inflexión para iniciar un camino nuevo. Los verdaderos militantes de la política están heridos y se sienten estafados, como nos sentimos todos los ciudadanos. Y sentimos la necesidad de decir BASTA... basta de estafas.










