Un alivio tributario que nunca llega
Fueron numerosos los anuncios que hizo el gobierno nacional reconociendo la necesidad de aflojar la presión fiscal que asfixia a los sectores productivos. La promesa de adoptar alguna medida que alivie la pesada mochila tributaria, sin embargo, sigue siendo eso, una promesa, pese a que ya transcurrió más de la mitad del mandato del presidente, Mauricio Macri.
El modelo importador que impulsa el equipo económico de Cambiemos sumado a la alta presión tributaria local se ha vuelto un combo que corroe los cimientos de cualquier economía productiva. En este preocupante escenario, las pequeñas y medianas empresas (que son las mayores generadoras de empleo genuino en todo el país y motores de las economías regionales) son las grandes perdedoras con el actual esquema, con el que es más negocio instalar una oficina importadora cerca del puerto de Buenos Aires que sostener una fábrica con más de 100 empleados, con todas las obligaciones que eso demanda. Para comprender la magnitud del ingreso de importaciones, basta con algunos ejemplos: en el último año ingresaron al país 7.000 toneladas de manzanas, lo que representa más de un 300 por ciento comparado el período anterior, poniendo en jaque a pequeños y medianos productores de la fruta; mientras que en el rubro textil, las importaciones de toda la cadena de valor durante 2017 alcanzaron los 1.477 millones de dólares, un 4,9 por ciento más que en 2016, y aumentaron a 264.000 toneladas, un 1,3 por ciento más que el año anterior, según informó la Fundación Pro Tejer en su el Boletín de Importaciones, donde se observa que los rubros con mayor valor agregado son los que registraron las mayores compras al exterior. En otras palabras, la Argentina está importando valor y mano de obra, mientras se debilitan las cadenas locales y empresas que con semejante viento en contra cada vez se les hace más difícil hacer frente a la fuerte presión tributaria, las altas tasas de interés, el alto costo de los fletes y los combustibles, que duplican lo que se paga en los países de donde provienen los productos importados. En el actual escenario global, todas estas desventajas restan competitividad a los productos argentinos y de ahí la necesidad de corregir el rumbo del modelo económico.
El caso de la industria automotriz es paradigmático, porque se trata de un sector preparado para competir y exportar pero que sobrelleva el peso de la mochila tributaria: en el precio de cada auto que llega al público, el 54 por ciento corresponde a impuestos, tanto nacionales, como provinciales o municipales. En México, que tiene la industria automotriz más competitiva de la región, fabricar un auto cuesta un 65 por ciento más barato que en la Argentina, y es por eso que crece la preocupación en las empresas locales del sector, que entienden que la Casa Rosada no avanza con la decisión y velocidad necesarias para aliviar la presión fiscal del sistema productivo. Es que esa demora se traduce en una pérdida de competitividad de la mayoría de las casi 800.000 pymes que hay en el país y que generan el 70 por ciento del empleo formal, según datos del Ministerio de Producción. En el olvido parecen haber quedado las promesas de menor presión tributaria, créditos blandos e incentivos fiscales a la inversión que se escucharon en las últimas campañas electorales del oficialismo cada vez que se planteó el problema de la pesada carga impositiva. Los gobiernos nacionales se suceden pero, lamentablemente, se mantiene a lo largo del tiempo una voraz política fiscal que en nada ayuda al despegue de la economía, y que solo sirve para asfixiar a las empresas más pequeñas y mantener a la Argentina en el grupo de países con mayor presión impositiva.










