Diez años y una herida que aún duele
Eran cerca de las 10 y media de la noche del martes 10 de junio de 2008. Había tensión en la ruta 16 cerca de la rotonda de Sáenz Peña, luego de varias noches frías, de días de sol y de lluvias. Había una extraña sensación en el aire, “era como que todos estábamos esperando una noticia pero no se dé que tipo”, definió un memorioso de esas jornadas de lucha.
“Amigos…amigos… se nos fue Raúl…Se nos fue Raúl”, gritó a viva voz un agricultor parado en el guardabarros de un tractor que estaba atravesado a la ruta. El silencio fue estruendoso. Y comenzaron las lágrimas, y los pésames.
Ese hombre bajito, que llevaba en sus fibras más íntimas las virtudes del cooperativismo, don Raúl Vega, había fallecido en Resistencia, donde estaba internado luego de sufrir, el domingo 8 por la tarde una descompensación producto de la hipertensión y el estress, mientras lideraba uno de los piquetes a favor del campo en Sáenz Peña.
Eran días de lucha del campo contra las decisiones que había resuelto aplicar la entonces presidente de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, subiendo las retenciones a las exportaciones de soja. Eso irritó a los productores que salieron a las rutas para hacer oír sus voces de protestas, con cortes por tiempo indeterminados, en uno de los conflictos más largos de la historia argentina.
Luego, vino el voto el decreto por el cual la Presidente derogó la resolución 125, retrotrayendo el esquema de las retenciones móviles al 11 de marzo de ese año. El Ministerio de Economía emitió tres resoluciones que dieron marco legal a esas instrucciones, por lo que la soja volvió a tener una retención del 35 por ciento, el girasol 32, el trigo 28 y el maíz 25.
¿Que aprendimos?
La sociedad argentina y en particular la del Chaco, poco parece entender cual es la gravitación que tiene el campo en la vida económica de los pueblos y ciudades. Muchos de nosotros estamos recién comprendiendo el enorme esfuerzo y las luchas que tienen nuestros productores por producir la tierra, sin importar la escala de producción, sea mediano, pequeño o grande, y si hace agricultura, ganadería y explotación forestal, o huerta o granja. Lo importante es que produce para generar alimentos, y es lógico que luche por tener rentabilidad.
Llegará, muy pronto, y como una necesidad que proviene de una situación de asfixia, que todos tendremos que unificar criterios en la búsqueda de darle valor agregado a nuestra materia, y el gobierno, como nexo de unión entre la inversión pública y privada, debe marcar cuales son las herramientas con las que cuenta.
Un clara muestra de ello, son las jornadas de trabajo que vienen manteniendo el grupo Agroperfiles del que forman parte productores, empresarios y técnicos del sector privado y del INTA, que ya avanzó con un profundo análisis de la matriz FODA de Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas de las tres patas de la producción primaria, y se las presentó al gobernador del Chaco y a sus ministros. Luego avanzó con un encuentro con el titular regional del Plan Belgrano, Victor Zimmermann, y en todo caso se presenta una carta diferente, con propuestas, lejos de la actitud reaccionaria y de protesta permanente, pero marcando de cerca que se ejecutan las medidas sobre todo para potenciar a los sectores más vulnerables de la producción primaria.
Pero si no hay acciones, no se ven cambios en la práctica, de nada servirán ni las reuniones ni las charlas técnicas ni las convocatorias que se hagan, porque hay una población demandante de trabajo genuino y que tiene que entender que el empleador del Estado ya no tiene más lugar para sumar a nadie más a su plantilla.

Pipita, de familia cooperativista y nieto metalúrgico
Lo encontré, el viernes cuando ya caía la tarde, caminando por la calle 22 entre 3 y 1. Iba junto a sus dos hijos, uno de 6 años y el otro de 8. Me llamó la atención que fuera charlando con sus hijos de manera amena y distendida. Tiraba un carro cargado de cartón, telgopor y retazos de durlock.
Maestro, que tal?. ¿A descansar ya?, le pregunté. “Sí, y contento porque hoy tuvimos mucho trabajo y acá juntamos unos pesos para comprar unas cositas para la escuela de ellos que empiezan el lunes”, respondió.
Le dicen “Pipita”, vaya a saber por qué. Es joven, y saca a sus hijos que lo acompañen en el trabajo “así aprenden el oficio, que es muy poco lo que se gana, pero no le robamos a nadie”, dice.
Pipita es hijo de un viejo socio cooperativista que falleció hace unos diez años, nieto de un obrero que trabajó en una metalúrgica de renombre, décadas atras. Ahora, vive en el Barrio Mitre y de allí sale “a buscar el pan”, pidiendo trabajo a la gente, “corto los pastos, retiro cartones, hago planteros y macetas, lo que sea, y si usted me consigue un trabajito efectivo, le vamos a agradecer”, aprovechó para pedir.
“La calle está dura”, dice, expresión que hoy la tienen muchos argentinos, realidad que debe mover a dejar el individualismo ciego, y es un toque de atención para los que gobiernan.
El marco del 106 aniversario de la fundación de esta ciudad que lleva el título de capital nacional del algodón (¿?), nos hizo recordar algunos datos, que surgen de una radiografía de lo que fuimos.
En 1933, ciudad que por entonces era el corazón de la zona productora de algodón, tenía once desmotadoras y una fábrica de aceite, fábricas de mosaicos, de alambre tejido, de carruajes, de soda, hielo, fideos; y cuenta con talleres mecánicos, carpinterías, herrerías, usina eléctrica y central telefónica. En ese entonces, la ciudad tenía 10.000 habitantes.










